¿No hay más conocimiento real que aquel que se basa en los hechos observados?


Esto es lo que nos quieren hacer creer los tecnócratas, “élite que se sirve de la técnica y de la racionalidad científica para sus fines, convirtiendo toda la realidad, también al ser humano, en un objeto de análisis de experimentación según criterios puramente marcados por la eficacia y la rentabilidad” (J. M. CAAMAÑO, La tecnocracia, Sal Terrae, Santander 2018, 35). No vamos a discutir el valor de la técnica, fruto de la Inteligencia Racional (IR), pero sería incompleta nuestra visión de la realidad si solo consideramos a la IR para su acceso y olvidáramos a la Inteligencia Emocional (IE) que nos hace conocer la realidad mediante la empatía y a la Inteligencia Espiritual (IES), que nos da el sentido real de las cosas, que vive del silencio y se expresa con el lenguaje simbólico. Este ambiente tecnocrático que nos envuelve arranca, entre otros de Auguste Comte (1798-1857) con su ‘ley de los tres estadios’ en el desarrollo de la inteligencia humana: el estado teológico o ficticio, el estado metafísico o abstracto, y el estado científico o positivo. “Son estas fases las que representan el paso de una religión primitiva (representada de forma sublime en el fetichismo) a la que debe ser la religión definitiva, que no es sino el positivismo” (o. c. 29-30). Un saber que instituye unas relaciones entre los hechos y renuncia a la explicación absoluta; no busca las esencias ni las causas de las cosas sino las leyes que las gobiernan. La ciencia positiva aspira a saber únicamente aquello que es posible saber; es una actitud de pensamiento que sustituye la pregunta "¿por qué?" por la pregunta "¿cómo?". En el fondo, “dicho paradigma no es sino la consecuencia de reducir la razón a su dimensión técnico-práctica, en donde, como es lógico, la ciencia experimental y los datos objetivo-experimentales ocupan un papel central” (o. c. 30). El problema no es de la técnica ni de la ciencia en sí mismas, “el problema reside en el papel que le damos en el desarrollo social y en nuestra propia vida” (o. c. 32), que configuran una ‘ideología tecnocrática’, cuando en realidad en el acto de conocer se deben integrar las tres inteligencias que tenemos en una unidad de conocimiento, siendo la IES la que debe orientar a las otras dos sin menoscabar su valor, ya que la IES es “una capacidad innata en el cerebro humano y de la manera en que el cerebro se relaciona con la realidad más amplia; la inteligencia con que afrontamos y resolvemos problemas de significados y valores, la inteligencia con que podemos poner nuestros actos y nuestras vidas en un contexto más amplio, más rico y significativo, la inteligencia con que podemos determinar que un curso de acción o un Camino vital es más valioso que otro” (D. ZOHARD/I. MARSHALL, Inteligencia espiritual, Plaza-Janes, Madrid 2001, 181 y 19).
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