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Cardenal Aguiar: "Dios salva al que cumple su voluntad"

"Agradecemos al Papa León, quien nos ha otorgado la gracia de un año jubilar a partir de este día"

Año jubilar guadalupano
Año jubilar guadalupano

La primera lectura del libro del Éxodo que hemos escuchado, expresa la manera como guió Dios a Moisés para conducir a su pueblo hacia la tierra prometida. 

Dice el texto: “La nube cubrió entonces la tienda del encuentro y la gloria del Señor llenó la morada…en todas las marchas, cuando la nube se elevaba de encima de la morada, los israelitas levantaban el campamento… Así sucedía en todas sus marchas”. 

Es decir, el pueblo de Israel, guiado por Moisés, seguía según la presencia del Señor. Mientras estaba la nube y bajaba, es que Dios quería que siguieran ahí. Y cuando la nube se levantaba y marchaba, entonces continuaban el camino. Así recorrieron la tierra del desierto hasta llegar a la tierra prometida. 

Por eso respondimos a esta lectura cantando: “Dios salva al que cumple su voluntad”. Moisés y el pueblo de Israel cumplían la voluntad de Dios. Por eso los llevó y cumplió su promesa de entregarles la tierra prometida. 

Por su parte, la segunda lectura del apóstol san Pablo, de manera semejante, indica que nosotros, los creyentes, somos guiados por el Espíritu Santo, no por nuestros deseos ni caprichos, sino por lo que en el corazón nos mueve el Espíritu de Dios para actuar, para realizar nuestra relación con los demás y nuestras responsabilidades y trabajos. 

Y es así, como dice el apóstol san Pablo: “Ustedes son la casa que Dios edifica”. Esta es la manera de ser una porción de la Iglesia. Es la forma como estaremos siempre dentro de la presencia del Señor, y bajo su cobijo, su ayuda. 

Por eso termina afirmando el apóstol san Pablo: “¿No saben acaso ustedes que son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?”. 

¿Verdad que somos hijos de Dios por el bautismo? Entonces, si somos hijos de Dios, estamos en comunión con Él. Solo que no queramos, como los hijos desobedientes que no desean ya permanecer en casa de sus padres, se alejan y dejan de ser favorecidos como miembros de la familia. Así es la Iglesia, dice San Pablo. 

Y nosotros, en torno a la aclamación del aleluya, escuchamos que lo confirma precisamente la aclamación: “El Señor me ha enviado para llevar a los pobres la buena nueva y a anunciar la liberación a los cautivos”. 

Siempre estaremos necesitados de algo. Por más dinerito que haya, por más capacidad de resolver situaciones extremas, siempre seremos pobres ante todo lo que Dios quiere darnos, entregarnos.

A lo mejor ustedes, los que están aquí, nunca han estado en prisión. Pero el cautiverio no se refiere solamente a cuando soy juzgado y condenado a estar encerrado, sino también al cautiverio de nuestras pasiones, de nuestros desórdenes. Eso es lo que tenemos que visualizar siempre y tratar de superar. 

En tanto, el Evangelio de san Lucas relata que: “Cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró por ella y exclamó: Si en este día comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz”. 

Después de haber predicado el camino de cómo lograr la paz interior, Jesús no fue más, que por una porción muy reducida seguido. Por más que algunos calculan que no eran solo los doce apóstoles, sino mucha gente más, como dicen los Evangelios, que se acumulaba en torno a Él, hay que ser constantes, siempre fieles. 

¿Por qué llamamos a ustedes que están aquí presentes, bautizados e invitados todos, hijos de Dios? Porque somos hermanos. Somos hechos por el mismo Creador del universo y creados por Él desde Adán y Eva. 

Por eso llora Jesús, porque Él quiere la salvación para todos, y termina diciendo: “Matarán a todos sus habitantes y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no aprovechaste la oportunidad que Dios te daba”. 

Hoy es una oportunidad, este día, para recordar que tenemos una Madre, que nos ha revelado “al verdadero Dios por quien se vive”, que está pendiente de nosotros y escucha nuestras plegarias. 

Hoy estamos aquí y, por eso, con plena confianza, nos dirigimos a ella. Así, nuestra misión la podremos cumplir cabalmente si nos comprometemos con el auxilio del Espíritu Santo y el de María de Guadalupe, quien precisamente a eso vino a nuestra patria. 

Los invito a ponernos de pie y abrir nuestro corazón para que, si tenemos por allí alguna prisión, algo que nos cautiva y no debe ser alcanzado, nos ayude a lograr la auténtica libertad de los hijos de Dios. 

Madre nuestra María de Guadalupe, como Isabel exclamó cuando la visitaste en casa de Zacarías, ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Así también los mexicanos, siempre agradecidos y sorprendidos gratamente por tu presencia en medio de nosotros, exclamamos: ¿Qué viste en estas tierras, que te ha hecho venir al Tepeyac?  

Sin duda, la fe de nuestros antepasados, y tu deseo permanente de seguir generación tras generación, dándonos a conocer a tu Hijo Jesús, para que nos convirtamos en sus enviados misioneros por todo el mundo. Por ello agradecemos al Papa León, quien nos ha otorgado la gracia de un año jubilar a partir de este día.

Hoy al cumplir 50 años de este nuevo recinto, te agradecemos todos los bienes, que a través de tí hemos recibido. Te encomendamos a todos los que hicieron posible la construcción de este sagrado recinto, y a todos los acudimos con fe y gratitud para implorar tu ayuda y experimentar tu amor. 

Todos los fieles aquí presentes este domingo nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.  

¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

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