“Señor, danos siempre de tu agua”

Sembrador
Sembrador

El agua es indispensable para vivir físicamente, y el agua para la vida del espíritu es la Palabra de Dios, como lo indica el profeta Isaías en la primera lectura: “La palabra que sale de mi boca no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión”

Aguiar
Aguiar

Nosotros somos la tierra que recibe la Palabra de Dios, que nos orienta y nos auxilia para crecer espiritualmente y ser fecundos. El profeta Isaías lo dice: “como bajan del cielo la lluvia y la nieve, que no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, fecundarla y hacerla germinar”. Así sucede con nosotros cuando somos esa tierra que recibe la Palabra. Descubrimos la voluntad de Dios, Padre de nuestra vida, y, sin duda, recibiremos su ayuda. 

Por su parte, san Pablo, en la segunda lectura, nos expresa que las adversidades debemos afrontarlas con la confianza en el auxilio divino, ya que “los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria que un día se manifestará en nosotros”.  

Y añade: “Los que poseemos las primicias del Espíritu gemimos interiormente, anhelando que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo”

Estas dos lecturas, sin duda, nos ayudan a comprender con mayor claridad la parábola que Jesús nos presenta en el Evangelio. Jesús advierte que no basta con entender; es decir, no basta la inteligencia. Hay que abrir nuestro corazón. Solo así aprenderemos a amar como Dios nos ama. 

Afirma efectivamente Jesús, que se cumple la profecía de Isaías en aquellos que se quedan solamente en la inteligencia: “Oirán una y otra vez, pero no entenderán. Este pueblo ha endurecido su corazón. Y el corazón no hay que endurecerlo; siempre debe ser misericordioso; por eso dice Jesús “porque no quieren convertirse, ni que yo los salve… En cambio, lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la Palabra, la entienden y dan fruto: unos el ciento por uno, otros el sesenta y otros el treinta”.  

Seamos, pues, tierra buena, escuchando la Palabra de Dios y poniéndola en práctica, como lo hizo nuestra Madre María, María de Guadalupe. Ella escuchó la Palabra del Padre, y vino a nuestras tierras para anunciarnos que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida.

Por eso, pidámosle a ella su auxilio, para abrir nuestro corazón, como ella lo hizo, y hacer la voluntad del Padre, caminando según el Espíritu de Dios. Nos ponemos de pie y le abrimos, no nuestra mente, sino nuestro corazón. 

Madre Nuestra, María de Guadalupe, al escuchar hoy que la creación entera gime y sufre dolores de parto, te pedimos tu auxilio para mantener una completa confianza en las enseñanzas de tu Hijo Jesús y continuar siendo fieles discípulos suyos. 

Ayúdanos a ser tierra buena, donde las semillas de la Palabra de Dios sean muy fecundas y, con la ayuda del Espíritu Santo, transformemos los ambientes familiares y sociales para propiciar la civilización del amor que tanto desea Dios Padre y que, por esa razón, nos envió, a través de ti, a Jesucristo, nuestro Salvador. 

En este domingo te encomendamos especialmente a nuestros hermanos de Venezuela para que, en medio de su aflicción y dolor, causados por el terremoto sientas cercano tu consuelo maternal. 

Todos los fieles aquí presentes este domingo nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. 

¡Oh clemente! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce Virgen María de Guadalupe! Amén.

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