"Dios también está. Cuando las penas nos ahoguen, nunca nos dejará naufragar. Siempre es y será a nuestro lado" Dios y el mar

Mar de Galilea
Mar de Galilea

"El corazón del hombre es como el mar, es profundo, sufre tormentas, pero también disfruta de días de sol y de calma; su misterio nos atrapa en cientos de preguntas que algún día encontrarán una respuesta"

"Pedimos a Dios que nos haga ver que lo importante no son los pasos que hacemos en la arena sino la huella de amor que dejamos en los demás"

No es casualidad que tantos poetas en el mundo hayan dedicado sus versos al mar. Esta sorprendente y ingente masa de agua despierta pasiones. La inmensidad del mar nos impresiona, nos emociona, nos encanta, nos conmueve, nos hipnotiza, nos abraza, nos relaja, y nos envuelve. La combinación de arena, agua, sol, cielo y nubes es vida, es alimento, es quietud, es bastante, es energía. Contemplar el mar es una experiencia preciosa que estimula todos los sentidos. Cuando nos invade el desasosiego, el mar nos da calma y nos relaja. Cuando lo contemplamos, experimentamos un momento trascendental.

Quien descubre el mar por primera vez se siente fascinado, como quien descubre a Dios. Nuestro amor hacia Él es como el mar. Puedes ver dónde empieza pero no dónde termina. Parece interminable. Su inmensidad, su majestuosidad y su belleza nos evocan la naturaleza infinita de Dios. Sólo Él pudo crear una maravilla como esta. Qué regalo tan bonito! El mar nos hace ver que cada gota de agua, aunque sea diminuta, es esencial en los planes de Dios. Como dijo la Madre Teresa de Calcuta: «A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el océano sería menos si faltara esa gota».

El mar también nos invita a mirar más lejos, hacia el horizonte; más allá de todo lo terreno. ¿Es casualidad que el océano se junte con el cielo, precisamente en el horizonte? Cuando sentimos que nos encontramos en un callejón sin salida, pensamos en el mar. Miramos atentamente; puede parecer que no hay nada más allá de esta línea, pero sabemos que Dios también está. Cuando las penas nos ahoguen, nunca nos dejará naufragar. Siempre es y será a nuestro lado.

Dios y el mar

Quien piensa en el mar siendo un rumor relajante en su interior. Sentir el roce del agua con la arena nos serena y nos evoca, en cierto modo, la paz que viene de Dios. El corazón del hombre es como el mar, es profundo, sufre tormentas, pero también disfruta de días de sol y de calma; su misterio nos atrapa en cientos de preguntas que algún día encontrarán una respuesta. A veces parece un espejo, el espejo del alma, donde nos podemos ver reflejados y encontrarnos a nosotros mismos.

Pedimos a Dios que nos enseñe a navegar por la vida. Que también nos enseñe a remar cuando las aguas sean turbulentas o cuando el viento sople en contra. Pedimos a Dios que nos dé el vigor de las olas del mar. Aunque chocan una y otra vez siempre encuentran fuerzas para volver a empezar. Pedimos a Dios que nos haga ver que lo importante no son los pasos que hacemos en la arena sino la huella de amor que dejamos en los demás.

Estimados hermanos y hermanas, en pleno verano, contemplamos el mar y adentrémonos en su grandeza. Dios lo creó para que todos en disfrutáramos. Eso sí, dejamos que Jesús sea el capitán de nuestro barco.

† Card. Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona

Volver arriba