Una forma de amar
Hoy, solemnidad de la Santísima Trinidad, celebramos también la Jornada Pro orantibus. Este día la Iglesia nos invita a orar por todos los hombres y mujeres cuya vocación es la vida contemplativa. Ellos son un testimonio silencioso de amor a Dios y a los hermanos. En esta jornada recordamos con afecto a nuestros hermanos contemplativos. Ellos oran por nosotros durante todo el año.
A veces puede parecer que las personas que han consagrado su existencia a la oración tienen una “vida escondida”, desconectada del mundo. Nada más lejos de la realidad. Los contemplativos son para la Iglesia lo que la raíz para el árbol. La raíz del árbol no se ve, pero sin ella el árbol no podría tener vida, no daría flores ni frutos.
¿Qué nos pueden enseñar nuestros hermanos contemplativos? En primer lugar, nos enseñan con su testimonio que la oración es el corazón de la vida cristiana. Nos ayudan a hacer de nuestra vida oración y a encontrar a Dios en todas las cosas. Santa Catalina de Siena nos cuenta en sus escritos que la oración le ayudaba a hallar a Dios en la vida cotidiana. Así, la escalera de su casa le recordaba que debía ascender cada día un poco para conocer y amar más a Jesús, las flores de su jardín le hacían reflexionar sobre la belleza del alma…
Las personas consagradas a la oración nos ayudan también a vivir la belleza de la liturgia. Cuando compartimos con ellos la oración de la liturgia de las horas o celebramos alguna Eucaristía en un monasterio, empezamos a saborear en la tierra un poco de la “dulzura del cielo”. Los contemplativos nos hacen llevar a nuestra vida las palabras del salmo: “Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él” (Sal 34,9).
Nuestros hermanos contemplativos están en silencio la mayor parte del día. En un mundo en que parece que no podamos vivir sin ruido, el silencio puede llegar a incomodarnos. Ellos nos muestran con su vida que, para estar a solas con Dios, a veces solo hace falta estar presente y compartir un rato en silencio y escucha atenta con quien sabemos que nos ama. Así lo hacía Jesús, que a menudo se retiraba a un lugar solitario y oraba con confianza a Dios Padre (cf. Lc 5,16).
Queridos hermanos y hermanas, orar es una forma maravillosa de amar a los demás. Demos gracias a Dios por aquellos hermanos que oran todos los días a Dios Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Que su vida discreta nos ayude a ser un oasis de paz y de amor para nuestros hermanos. Recemos para que no falten monasterios en nuestra diócesis. Agradezcámosles su presencia y entrega generosa. Gracias, hermanos y hermanas contemplativos, por lo que sois y hacéis.
