"Misión posible"
Hoy celebramos con gran alegría el centenario del Domingo Mundial de las Misiones. Todos podemos participar en esta misión… posible. Como decía santa Teresa del Niño Jesús: "El corazón de la misión no está en la distancia recorrida, sino en el amor con que nos entregamos"
Hoy celebramos con gran alegría el centenario del Domingo Mundial de las Misiones, conocido como Domund. Hace cien años, el papa Pío XI quiso que toda la Iglesia dedicara una jornada especial a rezar por los misioneros. Desde entonces, esta celebración nos recuerda que la misión no pertenece solamente a unos pocos, sino que compromete a todo el Pueblo de Dios.
Para esta Jornada, el papa León XIV nos propone un lema muy significativo: «Uno en Cristo, unidos en la misión». Son palabras que nos conducen al corazón del Evangelio. Antes de su pasión, Jesús pidió al Padre que todos sus discípulos fueran uno para que el mundo creyera (cf. Jn 17,21).
Los materiales preparados para este Domund incluyen una sencilla dinámica infantil titulada «Misión imposible». El catequista propone a los niños una tarea que ninguno puede resolver por sí solo. Después les pregunta: «¿Y si lo hacemos entre todos?». Cuando se reparten el trabajo y unen sus capacidades, aquello que parecía imposible se hace posible.
Esta imagen nos ayuda a comprender la misión de la Iglesia. Evangelizar no es una aventura individual ni el proyecto de personas extraordinarias. Es una obra de Dios que realizamos juntos. Cada uno aporta el don recibido.
Ahora bien, para estar unidos entre nosotros debemos vivir unidos a Cristo. Él nos dice: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante» (Jn 15,5). Sin oración, sin escucha de la Palabra y sin Eucaristía, la misión se puede convertir fácilmente en activismo. En cambio, cuando dejamos que Cristo viva en nosotros, podemos hacer nuestras las palabras de san Pablo: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20). Entonces nuestras palabras y nuestras obras pueden transmitir la alegría del Evangelio.
Todos podemos participar en esta misión: el misionero que deja su tierra para servir a otros pueblos; la familia que transmite la fe con sencillez; el catequista que acompaña a niños y jóvenes; la persona enferma que ofrece su oración; la comunidad contemplativa que sostiene silenciosamente a la Iglesia; y también quien colabora económicamente para que el Evangelio sea anunciado y los más pobres reciban ayuda. Nadie es tan pequeño que no tenga algo que ofrecer, ni tan autosuficiente que no necesite de los demás.
El corazón de la misión no está en la distancia recorrida, sino en el amor con que nos entregamos
Santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones, nunca abandonó su monasterio para ir a tierras lejanas. Sin embargo, sostuvo a los misioneros con su oración y ofreció su vida por la evangelización. Su ejemplo nos enseña que el corazón de la misión no está en la distancia recorrida, sino en el amor con que nos entregamos.
Preguntémonos qué podemos hacer para extender la Buena Nueva y para que Jesús sea conocido y amado. Por ejemplo, muchos jóvenes de nuestra diócesis pertenecen a un grupo llamado Adsum, cuya misión es dinamizar la pastoral juvenil de las parroquias que lo necesiten. Queridos hermanos y hermanas, demos gracias a Dios por tantos misioneros y misioneras que anuncian a Jesucristo y sirven a los pueblos con generosidad. Recemos por ellos, colaboremos con la colecta y pidamos al Señor nuevas vocaciones misioneras. Unidos a Cristo y unidos entre nosotros, la misión que parece imposible se hace posible, porque es el Señor quien camina con nosotros y hace fecunda nuestra entrega.
