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"Un sencillo gesto de amor, el secreto de la felicidad"

"Ciertamente, seremos felices si ayudamos a los demás con alegría, si actuamos como Jesús actuaba, si pasamos por la vida haciendo el bien a nuestros hermanos"

Pequeños gestos de amor
Pequeños gestos de amor

El texto del Evangelio que hemos proclamado este domingo recoge una frase de Jesús que impresiona por su sencillez y claridad. Jesús nos dice: “El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños […], no quedará sin recompensa” (Mt 10,42).

Ciertamente, hoy Jesús nos dice que Dios valora inmensamente cualquier pequeño gesto de ayuda que hagamos a uno de nuestros hermanos. Y es que, servir a los demás de manera desinteresada forma parte del ADN de los ciudadanos del Reino de Dios. Es uno de los signos distintivos de los discípulos de Cristo. Jesús nos invita a hacer el bien con naturalidad, discreción y sin esperar reconocimiento alguno. Así lo recoge una anécdota que llegó a mis oídos hace algún tiempo y que quería compartir con vosotros.

No llevo ningún peso, llevo a mi hermano

Cuenta un misionero que un día que se dirigía a una aldea muy aislada, encontró por un camino muy empinado a una niña de unos siete años que llevaba a cuestas a su hermanito, que tendría dos años menos que ella. El misionero, al verla, le preguntó si le costaba mucho caminar por allí con aquel peso. La niña lo miró y le contestó: “No llevo ningún peso, llevo a mi hermano”.

Tal como dijo la niña de esta bella anécdota, nuestro hermano “no pesa”, si nos hacemos cargo de él de corazón. Así lo recoge el Evangelio en la parábola del buen samaritano. El samaritano, al ver a aquel hombre herido y tendido en el camino, se acerca a él, le cura sus heridas y lo monta en su propia cabalgadura. El samaritano acepta, seguramente no sin cierto esfuerzo, deshacer sus planes e interrumpir su viaje unas horas. Lo hace por un bien mayor. No se fija en el peso de aquel hombre, sino que ve en él a un hermano que necesita ayuda.

Jesús nos dice en el texto del Evangelio de hoy que, si actuamos de manera gratuita, tendremos una gran recompensa. Esta “recompensa” queda recogida magníficamente en el episodio del lavatorio de los pies del Evangelio de Juan. Jesús, después de lavar los pies a sus discípulos les dice que serán felices si sirven a los demás. Ciertamente, seremos felices si ayudamos a los demás con alegría, si actuamos como Jesús actuaba, si pasamos por la vida haciendo el bien a nuestros hermanos. Este es el “secreto de la felicidad”. Como nos dice san Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles (20,35): «Hay más felicidad en dar que en recibir».

Queridos hermanos y hermanas, Jesús nos propone que recorramos junto a Él un nuevo camino. Él nos libera del pecado para que, ligeros de equipaje, aprendamos a vivir para Dios y para los demás. Pidamos al Señor que nos dé las fuerzas necesarias para seguir sus huellas. Pidamos a Jesús que nos conceda experimentar el gozo de darnos a los demás y aumente en nosotros el deseo de vivir en esa clave de amor.

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