"Vida consagrada: una llamada clara y desbordante"
El 2 de febrero celebramos la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Este año el lema que nos acompaña es: 'Vida Consagrada, ¿para quién eres?'. Una pregunta que podemos responder claramente…
El próximo lunes 2 de febrero celebramos la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, que coincide con la fiesta de la Presentación del Señor. Este año el lema que nos acompaña es: «Vida Consagrada, ¿para quién eres?». Una pregunta que podemos responder claramente: es para Dios y para los demás. Muchos hermanos y hermanas han elegido esta opción de vida por vocación y por amor, amor a Dios. Una vida que, aunque es desconocida para muchas personas de hoy en día, despierta siempre un cierto interés.
La película Los domingos, estrenada recientemente con gran éxito de espectadores, retrata a una joven de 17 años que descubre un amor especial en sus visitas a un convento de monjas. Se da cuenta de que la alegría que transmiten las hermanas supera lo que ha podido encontrar en su entorno. Percibe que hay algo más que un grupo de personas que se quieren. Siente un amor desbordante que la lleva al encuentro personal con Dios. Este retrato en la ficción es un bello ejemplo y una aproximación a lo que les sucede a quienes consagran su vida al Señor. Ellos hacen suya la famosa frase de Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3,10).
Hoy, algunos analistas hablan de un cierto giro espiritual. Últimamente, el regreso de lo sagrado a la vida pública ha sido sorprendente. Vivimos en un mundo acelerado y excesivamente estimulado que provoca que a menudo nos quedemos en lo más superficial. La tecnología absorbe nuestra atención e incluso podemos llegar a refugiarnos en ella. A pesar de ello, aflora la dimensión espiritual del ser humano. Experimentamos la necesidad de dar un sentido a nuestra vida. Dios enciende estos deseos en nuestros corazones. Él quiere que lo busquemos y que descubramos que es un acompañante cercano, siempre accesible y siempre a nuestro lado. Cuando descubrimos a Dios, lo tenemos todo. Él da sentido a nuestra vida.
Este año celebramos el 800 aniversario de la muerte de san Francisco de Asís. Este santo creció en un entorno de comodidades y aspiraciones mundanas, pero un día fue tocado por Dios y transformó su vida radicalmente: lo dejó todo. ¿Cuál fue la razón para consagrarse totalmente a Dios y renunciar al lujo y al prestigio?
La respuesta es clara: el amor de Dios, que nos desborda y va más allá de nuestras aspiraciones. El amor del Señor es el único que puede satisfacer nuestra sed de felicidad. Nuestro corazón no descansa hasta que encuentra reposo en Dios, como ya decía san Agustín.
No es lo mismo creer en Dios que poner a Dios en el centro de nuestra vida. Millones de personas a lo largo de la historia han decidido dejarlo todo por Dios y consagrarse a Él. Así nos lo recuerda Jesús: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo; el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y lo compra» (Mt 13,44).
La vida consagrada es una vida comprometida que no olvida los sufrimientos del mundo, sino que los abraza. Es una llama generosa y acogedora que hace crecer la caridad. Nuestros hermanos consagrados intentan predicar el amor de Dios a través de una vida coherente. Lo hacen con paz, alegría y entusiasmo, con una palabra de consuelo.
Queridos hermanos y hermanas, que san Francisco de Asís interceda por todos aquellos que han consagrado su vida a Dios. «La mies es abundante y los obreros pocos» (Lc 10,2). Oremos por las nuevas vocaciones, para que la llamada de Dios llegue a muchos corazones. Y que la respuesta sea siempre alegre y generosa. Así lo expresaba san Francisco de Asís cuando decía: «Deus et omnia» (mi Dios y mi todo).
