La vida, una oración continua

La Cuaresma es un tiempo litúrgico que podemos aprovechar para orar con más intensidad. Oración y acción son como los dos platillos de una balanza. Si queremos ser auténticos seguidores de Jesús, deben estar equilibrados

Oración
Oración

La Cuaresma es un tiempo litúrgico que podemos aprovechar para orar con más intensidad. La oración no puede quedar nunca desligada de la vida de cada día. Oración y acción son como los dos platillos de una balanza. Si queremos ser auténticos seguidores de Jesús, deben estar equilibrados. Jesucristo siempre supo encontrar momentos para estar a solas con Dios Padre y compartir con Él alegrías, tristezas y esperanzas.

Hoy quisiera mostraros el testimonio de una mujer que supo unir de manera maravillosa oración y vida. Se trata de la venerable sierva de Dios Madeleine Delbrêl. Esta gran mujer nació a principios del siglo XX en un pequeño pueblo de Francia. Desde niña se mostró como una persona sensible, con una gran inquietud por aprender. Los terribles acontecimientos de la primera guerra mundial marcaron sus primeros años de vida. Cuando era adolescente se consideraba atea y solía decir que el mundo era “cada vez más absurdo”.

Sin embargo, gracias al testimonio de algunos amigos creyentes, el Señor llegó a su vida. Se sentía deslumbrada por Dios y experimentaba el deseo de transmitir su fe a los demás. Durante treinta años vivió su misión como asistente social en un municipio pobre de la periferia de París.

Madeleine Delbrêl
Madeleine Delbrêl

¿Qué podemos aprender de esta gran mujer, mística y poeta?

Madeleine Delbrêl fue una gran evangelizadora. Anunciaba a Jesús con el lenguaje del amor y de la cercanía. Era buena noticia para los demás. Les hacía sentir que eran importantes para Dios. Supo tender puentes y dialogar con todos, sin tener en cuenta su ideología ni su religión. Les contagiaba su alegría serena y su vitalidad. Les mostraba que valía la pena conocer a Cristo, amarlo y seguirlo.

Se acercaba, sobre todo, a los más vulnerables. Visitaba a los más pobres del barrio y lo hacía como si fuera una amiga. Siempre quiso que su comunidad fuera una “casa de familia” donde todo el mundo fuera acogido. Buscó siempre a los “más pequeños” para llevarlos a Cristo, con el fin de que Él los sanara.

Madeleine Delbrêl nos enseña que la vida cristiana “es una fiesta sin fin”, una fiesta a la que Dios nos invita a bailar. Tal como ella decía, para ser buen bailarín “no hace falta saber dónde nos lleva el baile. Solo seguir los pasos, ser alegre, ser ligero y, sobre todo, no mostrarse rígido”.

Ella fue, ante todo, una mujer de oración. Toda su actitud y su actividad nacía de ese encuentro íntimo y continuo con el Señor. Sabía encontrar a lo largo del día momentos de “desierto” para encontrarse con Dios. Sin embargo, también nos enseña que podemos orar en las calles, en el metro o en el mercado. Ella supo descubrir destellos de la presencia de Dios en cualquier ser humano. Hizo de su vida una oración continua. Cada acción, cada pensamiento o tarea se convertían en un acto de amor a Dios.

Dios nos invita a bailar
Dios nos invita a bailar

Queridos hermanos y hermanas, quisiera terminar esta carta con una oración inspirada en unas sugerentes palabras de Madeleine Delbrêl: “Pido a Dios que Jesús, buen amigo, se revele a cada uno de nosotros y sea nuestro paisaje, nuestro libro y nuestra riqueza” (cf. Éblouie par Dieu, 157 [Deslumbrada por Dios]).

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