El corazón del Evangelio Carlos Osoro: "Hay que salir a todos los caminos y anunciar con fuerza que ¡Dios vive!"

Anunciemos el evangelio
Anunciemos el evangelio

¿Estáis dispuestos a hacer posible que se escuche de forma directa, coherente, sin tapujos, sin miedos, que hay un Dios que ama a los hombres, que los salva, que vive en medio de ellos?

Anunciemos el amor de Dios, la belleza de Jesucristo que se ha entregado por nosotros y la presencia de Jesús vivo entre nosotros

Tomemos conciencia de que estamos viviendo un cambio de época. Tenemos que transformar las relaciones que tenemos con los demás, con toda la creación y con el Creador, que es el origen de toda vida

Acabamos de vivir la Navidad, un tiempo de gracia en el que el amor de Dios se ha manifestado de una manera singular en nuestras vidas y hemos sentido la necesidad de fraternidad. El Señor se acercó a nosotros para regalarnos su luz, pero somos conscientes de que hay muchos que no lo conocen aún y escuchamos que Él nos sigue diciendo: «¡Despertad!». ¿No os dais cuenta de que a vuestro lado hay gente alejada de Dios, que vive sin el amor y la luz de Jesucristo? ¿Estáis dispuestos a hacer posible que se escuche de forma directa, coherente, sin tapujos, sin miedos, que hay un Dios que ama a los hombres, que los salva, que vive en medio de ellos? Nunca nos quedemos encerrados, hay que salir a todos los caminos y anunciar con fuerza que ¡Dios vive!

Como nos recuerda el Papa Francisco, debemos «ser audaces y creativos» para acercar a otros «el corazón del Evangelio», es decir, «la belleza del amor salvífico de Dios, manifestado en Jesucristo, muerto y resucitado». Añade el Santo Padre que «lo importante es no caminar solos» y que hay que hacer el anuncio en clave misionera. No se trata de organizar una misión, sino de estar en estado permanente de misión. El desafío es grande, pero es apasionante. Pasa por pensar en formas de llegar a los demás, eliminar miedos a equivocarnos y a ser cuestionados, salir de la dormición y actuar.

Nuestra gran tarea, en estos momentos de la historia de la humanidad, ha de ser que todos los hombres vean la belleza del amor de Dios, que sean capaces de reconocer ese amor tan grande y maravilloso en Jesucristo. Esto hay que hacerlo con obras y palabras, con una sensibilidad que atraiga: aquella que nos enseña y que tuvo Jesús con los discípulos de Emaús. Aunque no lo habían reconocido, sintieron el gozo de la presencia de alguien diferente, que provocaba en ellos algo especial y singular como nunca lo habían vivido. «Ardía su corazón». Como dice el Papa Francisco en Evangelii gaudium, «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús». «Quienes se dejan salvar por Él, son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento», asevera.

¿Cómo hacer que el anuncio se produzca en la familia, iglesia doméstica, y que llegue a los hijos? ¿Cómo hacer que el anuncio llegue a mis vecinos, a los del barrio en el que vivo? ¿Cómo hacer que el anuncio llegue a los compañeros de trabajo? ¿Cómo hacer que este anuncio impregne la sociedad en la que vivo? «Tu corazón –nos dice el Papa– sabe que no es lo mismo la vida sin Él; entonces eso que has descubierto, eso que te ayuda a vivir y te da esperanza, eso es lo que necesitas comunicar a los otros» (EG 121). No podemos permitirnos que los hombres no reciban el anuncio principal por debilitarlo hablando de otros aspectos. Anunciamos el amor de Dios, la belleza de Jesucristo que se ha entregado por nosotros y la presencia de Jesús vivo entre nosotros cada día.

¿Cuál ha de ser la reforma de la que nos habla el Papa Francisco? Sencillamente colocar en un segundo plano lo que no sirva para hacer llegar a todos el primer anuncio. De ahí nuestra cercanía misericordiosa, el anuncio de persona a persona o la necesidad de expresar el amor de Dios, escuchar, abrazar y bendecir, de tal manera que Jesús se vuelva cercano a través de la Iglesia.

Tomemos conciencia de que estamos viviendo un cambio de época. Hoy hay hambre de verdad, de vida, de amor, de fraternidad, de sanación de heridas que rompen y dividen a los hombres, de cuidar la casa común que es una cuestión de todos los hombres, pues es la casa que el Creador nos regaló a todos. Tenemos que transformar las relaciones que tenemos con los demás, con toda la creación y con el Creador, que es el origen de toda vida. Necesitamos forjar una red de relaciones humanas abiertas, en las que se favorezca la creatividad y podamos mostrar lo que tan bellamente nos dice el Evangelio de Juan: «Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio hijo, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). 

Espíritu
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