Dificultades para una ética personal y social

Leí, recientemente, un interesante artículo con estas ideas:
No hay verdadera ética, si no hay humanidad; un ser humano bueno contemplado bajo el triple prisma de acción-pensamiento-sentimiento, y que vive en una coherencia tanto a nivel individual/profesional como colectivo/empresa.

Esto será posible, éticamente, si contamos con la vigencia de unos VALORES que “afectan” al comportamiento. Unos valores que harán posible dicha dimensión ética inspirando lo deseable para el individuo y para el grupo, y teniendo presente la realidad socioeconómica, social, medioambiental… Estos VALORES han de “guiar” en el contexto de nuestra sociedad la existencia individual o grupal en una sociedad que se contempla global, heterogénea, desequilibrada, desregulada… VALORES que deben iluminar en la CULTURA actual con un triple objetivo: eficiencia, crecimiento humano personal y sintonía social.

Hay personas que trabajan en esta línea y logran metas interesantes. Hay que felicitarse por ello. Hemos de felicitarnos y felicitar a dichos emprendedores para que no pierdan su coraje en una sociedad que se contempla heterogénea, desequilibrada y desregulada.

Pero veo difícil extender este proyecto a niveles más amplios, más globales. Hoy nos hallamos en una sociedad crecientemente deshumanizada, lo cual es un obstáculo serio para la implantación de una ética. Ante los retos más fuertes de esta sociedad, el hombre tendrá que sacar su capacidad de soñar y de emprendedor.

Una sociedad desequilibrada suscita la existencia de personas desequilibradas. Esto es un fuerte obstáculo para que el individuo sea coherente. Es algo que en el ámbito religioso se ha vivido con la renovación y aplicación del Concilio Vaticano II. Los obstáculos crecen si buscamos la base de una cultura que se interese por la eficiencia, el crecimiento humano o la armonía social. Hoy es necesaria la regeneración de la persona, del hombre, y, consecuentemente, de la sociedad. Pero, ¿quién nos dará la pauta?

Cuando se habla de una regeneración de la vida política, social, o de la que sea, en una sociedad irreflexiva, uno no puede sino volverse muy escéptico. Pues en el fondo siempre estará implicada la regeneración de la persona. Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana laque hay que renovar. Es el hombre, el hombre entero… (GS 3) Este camino siempre tiene que empezar, necesariamente, por la educación, y el arraigo de unos valores que es posible cuando el “árbol” es joven. Baste observar como uno de espacios donde se retalla más es la educación. En el fondo nadie se cree en esa regeneración. No hay tiempo para dicha regeneración.

Nuestro punto de referencia es el hombre, la dimensión humana. Pero ¿qué referente humano común podemos encontrar? Elaborar una ética humana válida y común no es fácil, pues empezamos porque no tenemos un concepto UNIVOCO del hombre.

En esta línea se apunta a tres limitaciones:

1) Que la exigencia de una ética no aminore los principios morales que se hallan implícitos o explícitos en las Declaraciones de los Derechos Humanos de la ONU, que se consideran imprescindibles para una convivencia justa. Y aquí ya comienza a haber serios obstáculos en el camino, cuando los firmantes de esas Declaraciones de Derechos pierden la memoria, o la vergüenza…
2) Apoyarse, no en una antropología científicamente elaborada, sino en un concepto general del hombre. Podría tapar el hueco que ha dejado la moral clásica, pero esto puede pasar factura con el tiempo, ya que viene a ser una mediación insuficiente, solo para aliviar momentáneamente. Pero si las concreciones no se respetan, es fácil deducir lo que puede suceder con las generalizaciones.
3) Una ética para la democracia es insuficiente, no válida, pues una democracia debe apoyarse en unos valores permanentes derivados de la dignidad de la persona. “Democracia”, viene a ser el poder del pueblo, pero cuando se le roba a este pueblo sus valores más íntimos y arraigados… ¿qué queda de la democracia?


Este panorama postula una reflexión social en profundidad, sobre la persona y la sociedad. El ritmo de vida no propicia dicha reflexión. Hay muchos ritmos, muchos intereses…, que propician, aunque no se confiese, el “sálvese quien pueda”.

Por ello veo proféticas las palabras de Juan Pablo II en la Centesimus Annus (nº 46): una democracia sin valores se convierte en un totalitarismo, visible o encubierto, como demuestra la historia. Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una concepción de la persona humana.
¿Qué concepción de la persona humana tienen los dirigentes de nuestra sociedad, cuando cada día vienen nuevas páginas en la prensa sobre corrupción? ¿Cuándo se confunde lo legal con lo ético o moral? O se quiere confundir, afirmando que lo actuado quizás no sea moral, pero se ajusta a la ley. Pero después se tiene la impresión de que no todos somos iguales ante la ley, pues parece que esta “ley” se lleva mejor con las cuentas bancarias bien saneadas.
Es habitual que el hombre olvide la historia. Por ello, desgraciadamente es habitual la vuelta de los dictadores. Hoy la financiera, mañana… El hombre condenado a repetir la historia. Necesitamos maestros, referentes, servidores de humanidad, para escapar de este círculo peligroso. Yo creo que los hay.
Volver arriba