"El hombre se halla siempre en el sendero hacia lo profundo del Misterio" José Alegre: " El silencio siempre será esa llave que nos abre la puerta del rumor del agua interior" (2)

La llave del silencio
La llave del silencio

"El silencio, pienso yo, no es el horizonte primordial del ser humano, es decir el silencio no se llega a justificar por sí mismo; es el don de la palabra lo característico, lo más noble y precioso del ser humano"

"Pero, lamentablemente el hombre, ocupado por los granos de arena de la playa, llega a entretenerse en levantar castillos de arena"

"¡El Misterio!... no como un rompecabezas inútil, sino como una palabra amable, seductora, que aproxima permanentemente a nuestra playa una brisa suave de vida nueva"

"¡Que mi silencio, Señor, dé lugar a tu Palabra!" (San Juan Crisóstomo)

El silencio, pienso yo, no es el horizonte primordial del ser humano, es decir el silencio no se llega a justificar por sí mismo; es el don de la palabra lo característico, lo más noble y precioso del ser humano, de un ser que no se acaba en unos meros perfiles humanos, sino que se proyecta más allá de sí mismo. Muchos han expresado esta realidad con palabras que rezuman belleza. Así:

“El hombre ocupado por los granos de arena de la playa, mora de continuo a orillas del mar infinito del Misterio” (K. Rahner)

Es decir, el hombre se halla siempre en el sendero hacia lo profundo del Misterio, un camino que habla pues, con elocuencia, con claridad, del talante abierto y acogedor del ser humano. Y en esta abertura al Misterio el instrumento principal es la Palabra, pero siempre debe ser una palabra que rezume sabiduría. Pero alcanzar a decir una palabra que destile sabiduría exige un determinado ritmo de vida en el ser humano.

Y en este ritmo es donde reclama su espacio propio el silencio. El silencio siempre será esa llave que nos abre la puerta del rumor del agua interior; o siempre esa voz que nos permite “tocar” lo más íntimo, lo más profundo de nosotros mismos, hasta ponernos en el sendero de ir descubriendo quienes somos, y quienes son los otros, sin llegar a juzgar. Escuchar, contemplar y esperar… hasta que se fragua la urdimbre de la palabra que pone luz en la relación humana.

Fuente

Hoy, más que nunca necesitamos asenderear estos caminos, a lo que ya nos exhortaba hace siglos el místico castellano: “La sabiduría entra por el amor, silencio y mortificación. Grande sabiduría es saber callar y no mirar dichos ni hechos de vidas ajenas”.

Pero, lamentablemente el hombre, ocupado por los granos de arena de la playa, llega a entretenerse en levantar castillos de arena, que momentáneamente nos proporcionan una breve distracción que se desvanece bajo la brisa de la tarde o la subida de las olas, como una leve y delicada invitación a mirar el horizonte que quiere recordarnos siempre la grandeza humana, tu grandeza amigo lector, o la mía, o la de todo ser humano. Que quiere recordarnos y que descubramos que nuestra morada reside en ese lejano horizonte donde se levanta su nombre con letras de fuego: el Misterio.

¡El Misterio!... no como un rompecabezas inútil, sino como una palabra amable, seductora, que aproxima permanentemente a nuestra playa una brisa suave de vida nueva. Una Palabra. Una Palabra que debemos guardar, contemplar,.. y esperar.

También aquí tenemos el testimonio del santo castellano: “Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma”.

Pienso que ese pensamiento de este gran Padre de la Iglesia que fue san Juan Crisóstomo (siglo IV): “que mi silencio, Señor, dé lugar a tu Palabra”, es una breve, sencilla, a la vez que profunda oración, para acercar nuestra vida a la experiencia del Misterio. Un misterio de vida y de amor para cuya experiencia estás dotado de una perfecta estructura.

Camino

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