DERECHO A TRABAJAR DIGNAMENTE

«Trabajando, nosotros nos hacemos más personas, florece nuestra humanidad, los jóvenes se vuelven adultos» Estas palabras nos recuerdan que en el centro de cualquier dinámica laboral no deben situarse ni el capital, ni las leyes del mercado, ni el lucro, sino la persona, la familia y su bien, respecto a los cuales todo lo demás es funcional. Esta centralidad, constantemente afirmada por la Doctrina Social de la Iglesia debe tenerse muy presente en toda programación y planificación empresarial, para que los trabajadores y las trabajadoras sean reconocidos en su dignidad y reciban respuestas concretas a sus necesidades reales (Papa León XIV, diciembre 2025)

Trabajo Digno
Trabajo Digno | Justicia Y Paz

Conmemorar el Día Internacional del Trabajo nos obliga hoy a una reflexión profunda. Hablar de los derechos de los trabajadores cuando millones de personas ni siquiera logran acceder a un empleo formal resulta un desafío ineludible. Según la OIT, el principal problema del trabajo en 2026 es el estancamiento en la calidad del empleo y el aumento de la informalidad. Persisten graves deficiencias estructurales: 408 millones de desempleados, 284 millones de trabajadores en pobreza y una creciente brecha en el acceso de trabajo decente, que afecta especialmente a jóvenes y mujeres. En Ecuador, según el INEC, aunque la tasa de desempleo se ubicó en 2,9%, la informalidad laboral alcanzó el 56,3%, es decir 4,9 millones de personas. Tener trabajo no siempre significa vivir con dignidad.

La baja calidad de muchos empleos y el crecimiento del trabajo informal perpetúan la vulnerabilidad de millones de familias. Se suman factores como la inestabilidad económica, los conflictos internacionales, los cambios tecnológicos acelerados y decisiones políticas que profundizan la exclusión, la pobreza y la violencia social. El desempleo juvenil y el fenómeno de quienes ni estudian ni trabajan los exponen a la desesperanza, la ansiedad, la pérdida de sentido de vida y, muchas veces, a dinámicas destructivas como la delincuencia o el enrolamiento por el capital criminal. Las mujeres enfrentan mayores barreras para acceder a empleos dignos y estables, reciben menores salarios que los hombres en trabajos iguales, afrontan dobles jornadas de trabajo, en el empleo y en el cuidado de la familia.

El trabajo es, sobre todo, una expresión esencial de la dignidad humana, debe estar al servicio de la persona, y no la persona subordinada a las lógicas del mercado.

El Papa Francisco dice “no hay peor pobreza que aquella que priva del trabajo y de la dignidad del trabajo”; y denuncia la “cultura del descarte” que muestra cómo los sistemas económicos centrados en la eficiencia marginan a quienes no responden a las exigencias del mercado: los mayores, los menos calificados, los trabajadores informales, las mujeres y tantos otros rostros concretos de exclusión.

Defender el derecho al trabajo exige ir más allá del acceso al empleo: implica garantizar condiciones justas, estabilidad, seguridad social, reconocimiento y posibilidades reales de desarrollo humano. El trabajo digno no puede reducirse a un salario. Supone el respeto a la persona, equilibrio con la vida familiar, oportunidades de crecimiento y participación en la construcción del bien común. Cuando estas dimensiones se pierden, el trabajador puede convertirse en una pieza reemplazable, y la economía pierde su rostro humano.

Las nuevas dinámicas productivas, marcadas por la automatización, la digitalización, la “uberización” del trabajo que convierte al trabajador en “empresario de sí mismo” y lo aísla de la relación con otros para organizarse, plantean desafíos inéditos. Millones trabajan hoy sin contrato, sin protección y sin voz. Defender el derecho al trabajo digno significa también garantizar que nadie quede excluido por los avances tecnológicos ni por modelos económicos que privilegian la rentabilidad sobre la persona.

Las políticas públicas deben orientarse no solo al crecimiento económico, sino a la generación de empleo de calidad. Las empresas están llamadas a asumir una auténtica responsabilidad social, reconociendo al trabajador no como un costo que reducir, sino como protagonista en la creación de valor.

Es fundamental la organización de los trabajadores, como instrumento para equilibrar las asimetrías de poder entre el trabajo y el capital. Sin organización, el trabajador queda aislado frente a estructuras que lo superan.

Una sociedad que coloca a la persona en el centro podrá construir justicia social y una paz duradera. Un puesto de trabajo digno más, sobre todo para los jóvenes, es una víctima menos que puede ser atrapada por la seducción o el miedo ante el capital criminal. Apostar por el trabajo digno es apostar por una sociedad más fraterna, más equitativa, más solidaria  y verdaderamente humana.

Defender el derecho al trabajo exige ir más allá del acceso al empleo: implica garantizar condiciones justas, estabilidad, seguridad social, reconocimiento y posibilidades reales de desarrollo humano. El trabajo digno no puede reducirse a un salario. Supone el respeto a la persona, equilibrio con la vida familiar, oportunidades de crecimiento y participación en la construcción del bien común. Cuando estas dimensiones se pierden, el trabajador puede convertirse en una pieza reemplazable, y la economía pierde su rostro humano.

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