La trata de personas
La XII Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas se presenta como una invitación a la oración y a la acción. Pero la oración verdadera exige compromiso: Solo el trabajo articulado permitirá romper las cadenas de la trata
“La inestabilidad geopolítica y los conflictos armados crean un terreno fértil para que los traficantes exploten a los más vulnerables, especialmente a las personas desplazadas, a los migrantes y a los refugiados…Estas formas de violencia no son incidentes aislados, sino síntomas de una cultura que ha olvidado cómo amar como Cristo ama.…” (Papa León XIV, 6 de febrero de 2025)
La trata de personas es un delito muy complejo que implica la captación, transporte y sometimiento de personas, dentro o fuera de su país, con el propósito de explotarlos en diversas formas. Los tratantes recurren a la fuerza, el engaño, la coacción, el abuso de poder o incluso la seducción para controlar a sus víctimas, quienes terminan privadas de sus derechos fundamentales. Los fines de esta explotación incluyen el trabajo forzoso, la explotación sexual, la extracción de órganos, el reclutamiento en conflictos armados o actividades delictivas, la mendicidad, el matrimonio servil y la adopción ilegal.
Se considera la nueva esclavitud del siglo XXI porque las víctimas son aisladas de su entorno familiar y social, sometidas a dominación y control absoluto, y reducidas a objetos de explotación. Este fenómeno refleja una profunda herida en la humanidad, pues se aprovecha de la vulnerabilidad de las personas y perpetúa un sistema de sometimiento y abuso que degrada la dignidad humana.
La trata de personas se alimenta del silencio, la indiferencia y la normalización de la violencia. No es normal que una niña sea explotada sexualmente; no es normal que la pobreza empuje a tantas personas al trabajo forzoso, a la mendicidad forzada u otras formas de esclavitud; no es normal que adolescentes sean captados por el crimen organizado, que se aprovecha de la exclusión, la falta de oportunidades y el abandono para destruir sus sueños y su futuro. Allí donde esto ocurre, la paz se rompe y la humanidad se desfigura.
Cada 8 de febrero la Iglesia recuerda a santa Josefina Bakhita, mujer africana que sufrió la trata de personas desde su infancia y cuya vida fue transformada por el encuentro con Dios. Su historia, marcada por la esclavitud, pero iluminada por la gracia, nos enseña que la dignidad humana nunca puede ser arrebatada y que ninguna herida es más fuerte que el amor divino. Hoy, Bakhita es símbolo de esperanza para las víctimas de la esclavitud moderna y un llamado a no acostumbrarnos al sufrimiento ajeno.
El papa Francisco convocó en 2015 a la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas. En su XII edición el tema es: “La paz comienza con la dignidad: una llamada mundial para poner fin a la trata de personas”. No puede haber paz verdadera allí donde la dignidad de las personas es negada, comerciada o destruida. La paz que viene de Dios no se edifica sobre el dolor de los más vulnerables, sino sobre el reconocimiento de cada vida como sagrada.
Solo el trabajo articulado entre comunidades eclesiales, organizaciones sociales, instituciones del Estado y ciudadanía permitirá romper las cadenas de la trata
Esta Jornada se presenta como una invitación a la oración y a la acción. Se ora por las víctimas de la trata, por sus historias truncadas y heridas profundas, por quienes han logrado escapar y atraviesan procesos de sanación, por aquellos que han perdido el sentido de la dignidad, y por quienes desde la Iglesia y la sociedad trabajan en la prevención, protección y acompañamiento, muchas veces en medio de riesgos y carencias. Pero la oración verdadera exige compromiso: cuidar la vida combatiendo la pobreza, generando empleo, garantizando educación, salud y servicios básicos, defendiendo derechos laborales y promoviendo vías migratorias seguras. También implica acompañar a las familias, reconstruir el tejido social y comunitario y exigir políticas públicas que protejan a los más vulnerables. No podemos aceptar que la violencia y el reclutamiento criminal sean vistos como destinos inevitables para niños, niñas, adolescentes y jóvenes, pues nuestra responsabilidad es abrir caminos de esperanza y dignidad.
Estamos llamados a caminar juntos, a tejer redes de cuidado y a escuchar el clamor de quienes no tienen voz. Solo el trabajo articulado entre comunidades eclesiales, organizaciones sociales, instituciones del Estado y ciudadanía permitirá romper las cadenas de la trata.
Que la memoria de las víctimas nos sacuda y nos mueva a la conversión. Y que, convencidos de que la paz comienza con la dignidad, sigamos construyendo una sociedad que promueva y proteja la vida de todas las personas. Comuniquemos esperanza.
