Comunicación en América Latina:
A la luz de Magnifica humanitas: ¿Quién decide hoy qué es la realidad?
Comunicación en América Latina:
"¿Es real la realidad?", preguntaba hace décadas Paul Watzlawick en uno de los textos clásicos de la teoría de la comunicación. La pregunta parecía filosófica cuando la televisión todavía concentraba el poder de construir el relato público desde un puñado de estudios centrales. Hoy, en plena era algorítmica, la interrogante dejó de ser académica. Porque ya no solo discutimos qué muestran los medios, sino quién organiza aquello que millones de personas terminan percibiendo como realidad.
Hasta hace poco la respuesta parecía sencilla: los medios de comunicación. Durante gran parte del siglo XX, los periódicos, las radios y la televisión definieron los temas relevantes y moldearon la conversación pública. Aunque esa agenda solía estar dictada por concentraciones mediáticas que muchas veces invisibilizaron realidades incómodas, los ciudadanos al menos sabían con quién discutían. Podían discrepar de una noticia o de una línea editorial, pero compartían un mismo espacio de referencias comunes.
Ese escenario está desapareciendo. Hoy, el poder editorial ya no recae en un director de noticias con nombre y apellido, sino en una caja negra algorítmica. La inteligencia artificial, los algoritmos de recomendación, las plataformas digitales y las redes sociales están transformando radicalmente la forma en que las personas acceden a la información, interpretan los acontecimientos y construyen sus propias convicciones. No estamos solamente ante una revolución tecnológica. Estamos ante una transformación cultural de enorme profundidad, cuyas raíces son, antes que técnicas, antropológicas.
Esta distinción es precisamente el punto de partida de Magnifica humanitas, la primera encíclica del papa León XIV, publicada en mayo de 2026 con motivo del 135° aniversario de Rerum novarum. Desde sus primeras páginas, el documento sitúa la pregunta correctamente: no qué puede hacer la tecnología, sino qué le está ocurriendo a la persona humana y a nuestras sociedades cuando delegamos decisiones crecientes a sistemas automatizados. «El poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo», escribe León XIV (n. 4). Y añade una advertencia que resume el nervio de todo el documento: «Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma».
La realidad fragmentada
América Latina vive esta transformación de manera especialmente intensa. La región arrastra históricas crisis de confianza en las instituciones políticas, económicas y sociales. En este contexto, la autoridad tradicional de los medios de comunicación se ha debilitado significativamente.
Los datos son elocuentes. El Digital News Report del Reuters Institute muestra que el consumo de noticias mediante video social pasó del 52% al 65% en los últimos cinco años. Cada vez más personas se informan a través de plataformas digitales, videos cortos, podcasts y sistemas de recomendación personalizados. La consecuencia más profunda de este fenómeno no es tecnológica: es cultural. La realidad compartida —condición necesaria para cualquier convivencia democrática— comienza a fragmentarse.
Al revisar el celular para informarse, cada persona recibe una combinación de contenidos seleccionados por algoritmos que responden a hábitos de consumo, preferencias y comportamientos previos. La agenda informativa, que antes decidía un editor de carne y hueso, la decide ahora la inteligencia artificial.
Pero sería un error ver a los usuarios simplemente como víctimas pasivas de este proceso. Los algoritmos son tan eficaces precisamente porque explotan una debilidad profundamente humana: el sesgo de confirmación. Nos encierran en burbujas no solo porque son poderosos, sino porque hemos descubierto —y ellos han aprendido— que nos resulta mucho más cómodo consumir información que nos da la razón que enfrentar aquella que desafía nuestras creencias. La complicidad del usuario es parte constitutiva del problema, y cualquier análisis honesto del ecosistema informativo debe incluirla.
Un fenómeno latinoamericano
Los ejemplos abundan en toda la región. En Brasil, las plataformas digitales han demostrado una capacidad extraordinaria para influir en procesos políticos e identidades religiosas, mostrando que la comunicación ya no depende exclusivamente de instituciones tradicionales, sino también de circuitos emocionales organizados desde plataformas tecnológicas.
En México, donde numerosos periodistas trabajan bajo condiciones extremadamente complejas debido a la violencia criminal, muchas comunidades se informan a través de redes sociales y contenidos fragmentarios cuya verificación resulta cada vez más difícil.
En Colombia, la polarización política encuentra en las plataformas digitales un terreno fértil para amplificar emociones e indignaciones permanentes.
En Argentina, el Reuters Institute detectó una caída significativa tanto en la confianza hacia las noticias como en el interés general por la información: nunca hubo tantos contenidos disponibles y, al mismo tiempo, nunca pareció tan difícil construir consensos mínimos sobre qué hechos constituyen la realidad compartida.
Chile tampoco escapa a este fenómeno: estudios recientes muestran el fuerte predominio de contenidos policiales y judiciales en los noticieros centrales, reflejo de una lógica informativa orientada cada vez más hacia la captura de atención mediante emociones intensas.
La advertencia de León XIV: entre Babel y Jerusalén
Frente a este escenario, Magnifica humanitas propone una mirada que escapa tanto al entusiasmo ingenuo como al pesimismo tecnológico. León XIV no demoniza la inteligencia artificial, pero tampoco la idealiza. Más bien la inscribe en una alternativa bíblica que estructura toda la encíclica: la torre de Babel o los muros de Jerusalén. La primera, construida sobre el orgullo y la pretensión de autosuficiencia, termina en confusión y dispersión; la segunda, reconstruida por Nehemías con paciencia, corresponsabilidad y escucha, restaura la comunión. «La primera elección no es entre un "sí" o un "no" a la tecnología», escribe el Papa, «sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén» (n. 9). Esta imagen no es un recurso retórico: es la clave hermenéutica con la que el documento lee el presente.
En lo que respecta a la verdad y a la comunicación —el núcleo más relevante para comprender la crisis informativa latinoamericana—, Magnifica humanitas desarrolla en su cuarto capítulo un análisis que va mucho más allá de lo que los documentos anteriores del magisterio habían articulado. El diagnóstico es preciso: la desinformación no surge con la inteligencia artificial, «pero encuentra hoy en ella un potente multiplicador» (n. 133). Y las consecuencias no son meramente técnicas: son una amenaza existencial para la democracia, que se debilita cuando el pragmatismo sustituye a la búsqueda de la realidad compartida. Citando a Hannah Arendt, la encíclica alerta sobre la creación de sujetos incapaces de distinguir entre el hecho y la ficción —el substrato ideal para cualquier forma de totalitarismo, antiguo o nuevo.
Lo que hace singular el aporte de León XIV, más allá de las preocupaciones que comparte con sus predecesores, es la categoría con la que encuadra la solución: la «ecología de la comunicación». La expresión, desarrollada en los números 136-137, no es un simple eslogan: propone tratar el ecosistema informativo con la misma lógica con que la tradición de la Iglesia ha aprendido a tratar el ecosistema ambiental. Así como la ecología denuncia la explotación depredadora de los bienes comunes naturales, la ecología de la comunicación denuncia la explotación depredadora de la atención humana. Y exige que la cultura generada por la web no se convierta en un instrumento de «homologación y dominio», sino en un espacio de maduración para la «libertad interior y el pensamiento crítico».
En este marco, la verdad no puede ser propiedad privada de quienes tienen poder o visibilidad. «La verdad es un bien común», afirma el Papa (n. 137), y como todo bien común, su gestión exige criterios de justicia, transparencia y acceso universal. La frase adquiere una resonancia particular cuando se contrasta con la realidad de las plataformas digitales: empresas privadas transnacionales que, como señala el propio documento, poseen hoy «recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos» (n. 5) y concentran en sus algoritmos el poder de decidir qué información circula y cuál desaparece.
Esta es la nueva concentración que Magnifica humanitas nombra con claridad: no ya la concentración de los medios de comunicación tradicionales, sino la concentración de los mecanismos que distribuyen la atención humana. Los algoritmos no solo muestran contenidos, sino que determinan cuáles permanecen ocultos; no solo seleccionan información, sino que condicionan emociones, prioridades y percepciones.
Lo que León XIV le exige a la política, a la educación y a la Iglesia
La respuesta que propone la encíclica no es la censura ni el retorno nostálgico a los medios tradicionales. La solución es más profunda y más exigente: una «alianza educativa renovada» que forme a las nuevas generaciones en la «sobriedad digital» y el pensamiento crítico. Esto implica transparencia en los criterios de selección de contenidos, protección de los datos personales, fortalecimiento del periodismo serio y promoción de espacios de debate basados en argumentos verificables.
Pero implica también —y aquí la encíclica despliega toda su dimensión antropológica— que los propios ciudadanos reconozcamos nuestra complicidad en el problema. Si los algoritmos nos encierran en burbujas, es en parte porque nos hemos dejado encerrar. La pregunta que León XIV formula sobre el destino universal de los bienes —que en el siglo XIX se refería a la tierra y en el XX al capital industrial, y que hoy debe extenderse a «patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos» (n. 67)— solo puede responderse con una ciudadanía capaz de exigir cuentas a quienes administran esos bienes.
Para las Iglesias de América Latina, el documento tiene una interpelación específica. La fe cristiana siempre ha estado vinculada a la búsqueda de la verdad y al discernimiento comunitario. En una época en que la verdad se fragmenta y el discernimiento se delega a las máquinas, las comunidades eclesiales tienen la responsabilidad de ser espacios de encuentro real, de diálogo entre personas que piensan distinto, de formación en el pensamiento crítico y en la «sobriedad digital» que la encíclica reclama.
La pregunta que vuelve
Y así, la pregunta que formulaba Watzlawick hace décadas vuelve hoy con una fuerza inesperada. En la era algorítmica, no preguntamos solo si la realidad es real, sino quién tiene el poder de construirla. La respuesta que da Magnifica humanitas no es técnica ni optimista: es exigente. Supone que la humanidad tiene la capacidad de elegir entre construir una nueva Babel —un sistema que traduce todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos— o reconstruir los muros de una convivencia fundada en la verdad como bien común.
Esa elección, advierte León XIV, «nos concierne a todos». Y comienza, como la reconstrucción de Jerusalén, por el tramo de muralla que a cada uno le corresponde.
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