Jornada de peregrinación con casi 60.000 jóvenes italianos llegados a Roma desde toda la península Francisco lamentó que sean los jóvenes quienes “pagan el precio más alto” de las guerras

Los jóvenes, con el Papa
Los jóvenes, con el Papa

“Más allá de la pandemia, Europa está viviendo una guerra tremenda mientras continúan en tantas regiones de la Tierra injusticias y violencias que destruyen al hombre y al planeta”

"A construir la paz se empieza de lo pequeño de nuestras relaciones, del cuidado de los sentimientos tos que cultivamos en el corazón, de la sensibilidad frente a los sufrimientos que encontramos"

“No tengan miedo de su joven edad, no se dejen paralizar por sus fragilidades, no se resignen a la idea del igual no podemos hacer nada”

"Sois la esperanza de una sociedad mejor, de una Iglesia más viva, sois el presente y el futuro"

Una nueva reflexión del Papa sobre la guerra en Ucrania. Y un nuevo punto de vista para denunciar las consecuencias ya palpables de la invasión rusa. Esta vez, ante casi 60.000 jóvenes italianos que colmaron la plaza de San Pedro, el pontífice los acompañó en el sentimiento de ser quienes a menudo “pagan el precio más alto” de los conflictos armados.

“Más allá de la pandemia, Europa está viviendo una guerra tremenda mientras continúan en tantas regiones de la Tierra injusticias y violencias que destruyen al hombre y al planeta”, planteó Francisco en una nueva crítica y denuncia de la invasión rusa.

”A menudo son sus propios coetáneos los que pagan el precio más alto: no sólo su existencia se ve comprometida y se vuelve insegura, que también sus sueños por el futuro son golpeados”, les dijo el Papa.

Papa, con los jóvenes
Papa, con los jóvenes

"Son la esperanza de una Iglesia más viva"

En un mensaje en el que no faltaron referencias al beato Carlo Acutis, “el influencer de Dios” convertido en icono de jóvenes católicos de todo el mundo, el Papa les dijo a los presentes en la Plaza que son “la esperanza de una Iglesia más viva”.

“Son el presente y el futuro”, los animó.

“No tengan miedo de su joven edad, no se dejen paralizar por sus fragilidades, no se resignen a la idea del igual no podemos hacer nada”, buscó motivarlos el Papa.

Papa saluda al cardenal Basetti
Papa saluda al cardenal Basetti

"Cada uno puede y debe hacer su parte"

Así, los convocó a un caminar juntos que los incluye: “cada uno puede y debe hacer su parte".

En otro mensaje enmarcado en la guerra, por último, les dijo que “a construir la paz se empieza de lo pequeño de nuestras relaciones, del cuidado de los sentimientos tos que cultivamos en el corazón, de la sensibilidad frente a los sufrimientos que encontramos”.

“La paz empieza por nosotros: piensen cuando se enojan o pelean con alguno”, sostuvo.

El Papa, con los jóvenes
El Papa, con los jóvenes

Discurso del Papa a los jóvenes

Queridos chicos y chicas, ¡bienvenidos!

Gracias por estar aquí. Esta plaza lleva mucho tiempo esperando ser llenada con vuestra presencia, vuestras caras y vuestro entusiasmo. Hace dos años, el 27 de marzo, vine aquí solo para presentar al Señor la súplica del mundo afectado por la pandemia. Tal vez esa noche ustedes también estaban en sus casas frente a sus televisores rezando junto a sus familias. Hemos pasado dos años, con la plaza vacía. Hoy, está llena. Hoy, gracias a Dios, estáis aquí, juntos, venidos de todas partes de Italia, en el abrazo de esta plaza y en la alegría de la Pascua que acabamos de celebrar.

Ayer acogimos la luz de Jesús resucitado, que venció las tinieblas de la muerte. Por desgracia, las nubes que oscurecen nuestro tiempo siguen siendo espesas. Además de la pandemia, Europa vive una terrible guerra, mientras que en muchas partes del mundo continúan las injusticias y la violencia que destruyen a la humanidad y al planeta. A menudo es su propia gente la que paga el precio más alto: no sólo se compromete su existencia y se hace insegura, sino que se pisotean sus sueños de futuro. Muchos hermanos y hermanas siguen esperando la luz de la Pascua.

El relato evangélico que acabamos de escuchar comienza en la oscuridad de la noche. Pedro y los demás cogen sus barcas y se van a pescar. La oscuridad debería ser buena para pescar, pero esa noche no pescan nada. ¡Qué decepción! Cuando ponemos tanta energía en cumplir nuestros sueños, cuando invertimos nuestros esfuerzos en construir el futuro, y todo lo que encontramos en nuestras manos son redes vacías.

Pero ocurre algo sorprendente: al amanecer, un hombre aparece en la orilla, llamándolos. Los discípulos no lo reconocen, todavía hay poca luz, y tal vez sus ojos están nublados por la decepción. Jesús resucitado está ahí, en la orilla, pero ellos no se dan cuenta, siguen sintiéndose solos y derrotados. Lo sabe, los conoce mejor que ellos mismos. Acoge su frustración, pero les reta a ir más allá, a echar las redes de nuevo. Así lo hacen... Y entonces todo cambia: las redes empiezan a hincharse, se llenan de peces, hasta el punto de no poder tirar de ellas. Mientras todos están ocupados y no pueden creer lo que ven, Juan -que nunca es nombrado, sino que se llama a sí mismo "el discípulo que Jesús amaba"- percibe, mira a aquel hombre, reconoce a Jesús y grita: "¡Es el Señor!".

Hay momentos en los que la vida nos pone a prueba, nos hace tocar nuestras fragilidades con nuestras propias manos y nos hace sentirnos desnudos, impotentes, solos. ¿Cuántas veces en este periodo te has sentido solo, lejos de tus amigos? ¿Cuántas veces has tenido miedo? No te avergüences de decir: ¡tengo miedo! La oscuridad nos asusta a todos, como cuando éramos niños y queríamos dormir con la luz encendida o en la cama de nuestros padres. Los miedos se deben expresar, para poder derrotarlos

La oscuridad nos pone en crisis, sobre todo cuando levantamos las redes y están vacías. Las crisis hay que hablarlas. Entonces no entendemos, nos preguntamos por qué... Pero después de la noche viene el día, siempre. Y la vida nos sorprende justo cuando no lo esperamos. Justo en ese momento, la normalidad de nuestra existencia encuentra un regalo gratuito, una conquista inesperada, un encuentro iluminador, un salto del corazón... Cuando sientas que las redes están llenas sin medida, cuando percibas un "más" en el flujo de tus días, no mantengas la mirada en el suelo, levántala al cielo y reconocerás al Resucitado presente y vivo.

Queridos chicos y chicas, no tenéis la experiencia de los grandes, pero tenéis el "olfato" del discípulo amado. No perdáis el olfato de la realidad y de la verdad. El olfato de Juan, pero también la valentía de Pedro. En ti está la inconsciencia de quien no se resigna al cálculo y se abre a la maravilla del encuentro. Detrás de cada regalo de la vida puedes reconocer a Aquel que lo da todo. ¡Levanten la mirada! Mira el rostro de Jesús. Y ayúdanos también a nosotros, los adultos, demasiado a menudo preocupados por los problemas, a descubrir su belleza.

En cuanto Juan grita: "¡Es el Señor!", Pedro se abrocha la túnica y se lanza al agua. Este impulso inmediato por parte del apóstol más antiguo, el que en las narraciones de los Evangelios recoge muchas malas impresiones, es conmovedor. Todo el amor generoso de Simón, conocido como Pedro, está en esa inmersión. Cuando Jesús había caído en el abismo de la pasión, Pedro había intentado salvarse, abandonando al Maestro a su suerte. Ahora, en cambio, se sumerge, ya no piensa en sí mismo sino sólo en Él, su Señor, y sólo quiere abrazarlo.

Aquí, jóvenes, os deseo el valor de Pedro. Es normal tener miedo, pero a veces para vivir hay que perder el equilibrio y lanzarse. ¡Especialmente cuando sientes que es Jesús! Sumérgete con valentía cuando escuches su voz en tu corazón, cuando lo reconozcas en el rostro sufriente del hermano que está a tu lado. Sumérgete, sin calcular demasiado, sin miedo a perder algo. Recuerda que el equilibrio sólo se encuentra cuando tienes el valor de perderlo. No tengas miedo de desequilibrarte para encontrarte con Jesús.

No te avergüences de tus arrebatos de generosidad, de tu corazón que siente nuevos sentimientos, de tu cuerpo que crece y busca el encuentro con el otro. No temas tus emociones, tu sensibilidad al sufrimiento, tu indignación ante la injusticia. No cortes las alas de los impulsos de tu corazón. Sumérgete, como Pedro, en el encuentro con Jesús. ¡Tu corazón sabrá reconocerlo!

Y si no sabes nadar, mira a tu alrededor: tienes a quienes te enseñan y a quienes te ayudan a mantenerte a flote. Vuestros padres, que os han permitido venir hoy aquí a pesar de algunos temores; vuestros profesores, catequistas, sacerdotes, monjas y todos los que se han arremangado y os han acompañado en esta peregrinación a Roma. A ellos quiero decirles: ¡gracias! Seguid caminando.

Sigan caminando con estos jóvenes, escúchenlos, apóyenlos, para que se conviertan en piedras vivas en nuestras comunidades. Y si se equivocan, perdónalos, como hizo Jesús con Pedro.

Mientras comen pan y pescado en la orilla, Jesús le pregunta a Pedro tres veces: ¿me amas? Pedro lo había negado tres veces, ¿recuerdas? Y ahora Jesús le pregunta si lo ama. ¿Por qué? Porque a Jesús le interesa el corazón de Pedro. Busca su amor, su capacidad de entrega. "¿Me quieres? Si me amas, ¡pasa! Si me amas, amplía tu mirada y cuida de tus hermanos".

Jesús te pregunta si lo amas porque él te ama. Incluso cuando reniegas de Él, incluso cuando no tienes tiempo para Él, cuando te olvidas de Él. ¡Él te ama siempre! Y él conoce a cada uno de ustedes.

Los medios de comunicación dirán esta noche que había miles de jóvenes aquí hoy. Pero Jesús conoce el nombre de cada uno de ustedes. Para Él no sois una masa, sois piezas únicas, cada una diferente, ¡como la cruz que lleváis al cuello! Incluso esas cruces fueron hechas a mano, una por una. Piensa en la cantidad de trabajo, en la atención que requiere. Quizá algunos no sean perfectos, tendrán una forma ligeramente diferente, pero lo importante es que alguien ha dado forma a la arcilla pensando en cada uno de vosotros. Es un gesto de cuidado, un gesto de atención, un gesto de amor. ¡Esto es lo que Dios hace con nosotros!

Vivimos en una época llena de incógnitas. Todo lo que creíamos imposible está ocurriendo ante nuestros ojos y nos involucra. Pero no podemos desanimarnos, ni apartarnos. Sois la esperanza de una sociedad mejor, de una Iglesia más viva, sois el presente y el futuro. No tengas miedo de tu juventud, no os dejéis paralizar por vuestras fragilidades, no os resignéis a la idea de "no podemos hacer nada". Todo el mundo puede y debe hacer su parte. La construcción de la paz parte de la pequeñez de nuestras relaciones, del cuidado de los sentimientos que cultivamos en nuestro corazón, de la sensibilidad ante el sufrimiento que encontramos. La paz empieza en nosotros: piensa en esto cuando te enfades o discutas con alguien. Pregúntate: ¿es realmente tan importante luchar por esto? Tal vez no...

El diálogo entre Pedro y Jesús termina con una invitación: "¡Sígueme!". Es el lema de esta reunión suya. Al principio del Evangelio, en el primer encuentro de Jesús con los discípulos, aparece la misma invitación. Jesús nos repite una y otra vez: "¡Sígueme!". No importa si somos grandes o pequeños, fuertes o débiles, si tenemos más victorias o más derrotas. Jesús sigue repitiendo a Pedro y a cada uno de nosotros: "¡Sígueme!".

En su lenguaje, "seguir" a una persona significa seguirla en las redes sociales. Y eso está bien. No hay nada malo en ello. Pero recuerda que Jesús no está en las redes sociales, ¡pero puedes seguirlo de todos modos! Su "Sígueme" es una invitación al amor, una invitación a sentirlo en vuestro corazón, a dar lo mejor de vosotros mismos.

¿A quién quieres seguir? Cada uno puede preguntarse en silencio: ¿A quién quiero seguir? Queridos chicos y chicas, no olvidéis: ¡cada uno de vosotros es único! Original, no una fotocopia, como decía el beato Carlo Acutis. El problema no es imitar al ídolo del momento, sino llegar a ser plenamente uno mismo. Y sólo se llega a esto siguiendo a Jesús.

Jóvenes con el Papa
Jóvenes con el Papa

María de Nazaret tenía más o menos tu edad cuando aceptó su extraordinaria vocación de ser la madre de Jesús. Que te ayude a responder con confianza con tu "¡Aquí estoy!" a la llamada del Señor Resucitado. Decirle: "¡Sí, aquí estoy!". Clamar a él con toda la vida.

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