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Y tu padre que ve en lo oculto... y es generoso
La generosidad callada, propia de la Iglesia de los pobres
“Tú, en cambio cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. Así tu limosna quedará en lo secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” ( Mt 6,3)
Jesús, limosna pobre para los pobres
Jesús marca el verdadero horizonte de la iglesia de los pobres cuando le invita a ejercer en el silencio la generosidad, la entrega, por respeto máximo al que necesita, al pobre que se atiende. Se trata de la experiencia del Padre que es generoso y callado en el don de cada día y que sabe darse en lo oculto, sabiendo lo que necesitamos antes de que se lo pidamos.
La pobreza evangélica tiene mucho de callado y oculto. Ser pobre es ser silencioso, vida oculta. Cristo pobre, en su generosidad oculta, es luz divina y silenciosa, reflejo del Padre. Una luz que no se oculta, que se da en medio del vivir y la realidad de cada día, pero no se luce ni se busca.
La Iglesia pobre de Cristo
El reto de iluminar desde la bondad y la generosidad de Cristo, pero no para brillar uno mismo. La iglesia de Cristo está llamada a dejarse iluminar por su Espíritu y vivir su generosidad, haciéndose limosna de lo diario de un modo callado y fecundo.
En este vivir, la iglesia de Jesús, descubrirá la sabiduría de los pobres que se saben vivir “con el pan de lo cotidiano, en cada hoy…” (V.11) y decidirá “no amontonar tesoros en la tierra, sino el cielo, sabiendo que donde está su tesoro allí estará su corazón” (V.19). Ella se sabrá llamada a estar centrada en Cristo y en los pobres con los que Él se identifica. En tal pobreza se liberará de preocupaciones puramente terrenas y acumulativas para buscar el Reino y su Justicia, confiados en la generosidad del que nos llama a servir a los demás, sabiendo que cada día tendrá su propio afán (V-25-34).
El deseo de ser sacerdote de Cristo pobre
Señor yo quiero llegar contigo, que me conduzcas, a la verdad de la limosna humilde y sincera en el corazón del Padre y en el tuyo, dame tu espíritu para encarnarla en mi propia existencia personal y ministerial, en el servicio a la iglesia y al mundo, en el encuentro con mis hermanos los pobres. Libérame de la miseria de servir al dinero dejando que me impida amarte a ti y ser libre en tu bondad. Dame la grandeza de saber vivir confiado en ti, fuera de seguridades instaladas y mundanas. Ayúdame a vivir de lo cotidiano en la comunidad, compartir lo que soy y tengo, saber hacerme y entrar en el pan del nosotros comunitario, donde el dinero se usa con libertad fraterna y no se cae en la impureza de una falsa compatibilidad (Mt,4). Quiero confesar con mi vida y mi ministerio que realmente creo en una Iglesia pobre, porque sólo siendo así puede ser generosa como tú.
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