Las Betania del descanso y la paz... de la Vida

Extraído de "Sinfonía divina, acordes encarnados" Edit. PPC

Jesús vive constantemente ese modo de entrar en el silencio y el descanso en lugares propios y preparados para poder vivir momentos de relajación, profundidad, celebración y cercanía. Betania es un lugar referencial de ese estilo y esa espiritualidad de lo humano y lo creyente. Nada tiene de extraño que en ese ambiente se produzcan signos de resurrección y restauración de las personas que parecen perdidas y acabadas. Ojalá las comunidades cristianas, los grupos y los movimientos se empaparan de la espiritualidad de Betania, el lugar del descanso y de la paz.

Ayuso en el patio de los plátanos
Ayuso en el patio de los plátanos

DOMINGO V DE CUARESMA

Juan 11,1-45 (u 11,3-7.17.20-27.33-45)

En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo:

–Señor, tu amigo Lázaro está enfermo. Jesús, al oírlo, dijo:

–Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.

Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.

Solo entonces dice a sus discípulos:

–Vamos otra vez a Judea. Los discípulos le replican:

–Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí? Jesús contestó:

–¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche tropieza, porque le falta la luz.

Dicho esto, añadió:

–Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo. Entonces le dijeron sus discípulos:

–Señor, si duerme, se salvará.

Jesús se refería a su muerte; en cambio ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente:

–Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.

Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:

–Vamos también nosotros y muramos con él.

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darle el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:

–Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.

Jesús le dijo:

–Tu hermano resucitará. Marta respondió:

–Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le dice:

–Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?

Ella le contestó:

–Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

Y, dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:

–El maestro está ahí y te llama.

Apenas lo oyó se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies, diciéndole:

–Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.

Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó:

–¿Dónde lo habéis puesto? Le contestaron:

–Señor, ven a verlo.

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:

–¡Cómo lo quería! Pero algunos dijeron:

–Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera este?

Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús:

–Quitad la losa.

Marta, la hermana del muerto, le dice:

–Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días. Jesús le dice:

–¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:

–Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.

Y dicho esto gritó con voz potente:

–Lázaro, ven fuera.

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:

–Desatadlo y dejadlo andar.

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

El lugar del descanso y de la gloria

Betania era lugar de descanso y de encuentro. Jesús vuelve a ella en momentos de intimidad y de dolor para celebrar y compartir la vida, las ilusiones y las angustias. Como ser humano muestra su debilidad y su necesidad de estos espacios y de estas personas en la amistad gratuita y afectiva. Así nos revela al Dios del descanso y de la serenidad en la familiaridad de la vulnerabilidad compartida. Ahora le toca a él acercarse y acoger la debilidad mortal del amigo, del que sabía de sus confidencias y sus proyectos, abrazarlo en su tumba y manifestar la gloria de Dios.

El cardenal Ayuso ya no está, el santuario lo recuerda

Ayuso en Regla
Ayuso en Regla | Jose Moreno

El cardenal Ayuso cada año venía a descansar a la casa de oración de Nuestra Señora de Regla, en Chipiona. El último verano vino con el cansancio de todo un curso vivido en el que había tenido que superar intervenciones quirúrgicas para ayudar a su corazón y a sus pulmones. Me comentaba que sentía no poder bajar a la playa y darse sus chapuzones, como de ordinario. Le gustaba encontrarse con toda la gente, como uno más y disfrutando de lo ordinario y sencillo de este lugar tan familiar y cercano. Solo por la mañana, cuando el sol no es fuerte, se podía permitir meter los pies y caminar por la orilla, sintiendo el frescor y contemplando su seguimiento del Maestro de Nazaret a pie descalzo.

Su trabajo en el diálogo religioso le hacía viajar y acompañar al papa en muchos desplazamientos y misiones; todo eso le pasó factura; por eso estos días de desconexión le liberaban y descansaban, además de ser espacio de serenidad y reflexión para ir contemplando el arte de saber envejecer.

En mi conversación con él siento que acepta sus límites y que está dispuesto a seguir caminando, pero obedeciendo a los médicos como si de sus superiores se tratara. Ya he hablado en más de una ocasión de su discreción y humildad, seguro que me regaña  desde el cielo por hablar de él en estos términos, pero yo lo creo necesario. Estamos en momentos en que andamos revueltos fuera y dentro de la Iglesia, a veces notamos en el mismo cardenalato posturas y opciones que no son de obediencia ni de humildad, tampoco de diálogo abierto y fraterno en la caridad. Por eso creo que es bueno poner en el candelero pequeños detalles de lo humano y lo sencillo en cardenales que lo son de otra manera.

Al leer el texto de Lázaro y estar preparando mi agenda para ir unos días a la casa del santuario de Regla, siento el deseo de releer lo que escribía de él antes de su muerte. Lo hago pensando en su hermana Nati, que siempre le acompañaba en estos días, y de todos los franciscanos de los que él se sentía parte y familia. Imagino cómo la amistad de Jesús y Lázaro tuvo que ser de esta manera, y su descanso compartido también.

Miguel Ángel hacía vida fraterna y franciscana en esta casa, situado en la mayor normalidad y discreción; está atento a todos los que convivimos y pasamos aquí unos días con la misma intención que él. Charlamos, paseamos, reímos, bromeamos, y también profundizamos en temas interesantes, así como compartimos mesa y oración, con alguna celebración eucarística singular. Yo creo que esto es la verdadera humildad de la que hablaba santa Teresa, aquello de vivir en verdad, en la naturalidad de lo que somos.

En la última celebración que tuvo el cardenal con nosotros en plan familiar supo adentrarnos en el misterio del evangelio dominical proclamado con una ternura y sencillez digna de todo elogio. Me atrevo a poner en pie las ideas tan próximas y profundas que expresó desde su propio vivir espiritual. Así nos habló:

En el texto evangélico dominical vemos cómo las barcas se dirigían a Cafarnaún a buscar a Jesús. Pero notamos una interpelación cariñosa de Dios al cuestionar por qué lo buscan. Hemos de interrogarnos por qué buscamos nosotros a Dios. Aquellas personas habían estado presentes en la multiplicación de los panes y los paces, pero ellos se habían quedado en lo externo, en la hogaza de pan, sin ir al significado profundo de aquel hecho de vida.

Esto nos plantea dos preguntas sencillas. La primera: ¿por qué buscamos al Señor, por qué lo busco yo?

He de hacer discernimiento. Podemos caer en la tentación idolátrica del cumplimiento de la religiosidad, pero buscando solo al Dios que me soluciona problemas, que me da lo que siento que necesito… viendo la fe de un modo superficial, milagrosa, para recibir, de intercambio. Buscando un alimento que perece. Sería una fe inmadura en la que no estaría Dios como centro, sino mis propias necesidades y deseos, más allá de él mismo.

Lo que Dios en Cristo quiere para nosotros: Jesús nos invita a saber mirar más allá de nuestros propios intereses, que es justo tenerlos, pero detenerse en ellos es limitarnos a nuestras propias expectativas, sin abrirnos a las de Dios. El Señor quiere tener con nosotros una relación viva, personal, de amor. Santa Teresa nos hablaba de la oración como entretenerse muchas veces con aquel que sabemos que nos ama; así es Jesús. Él quiere darnos el pan de vida, alimentarnos en un amor desinteresado y auténtico, donde no se ama para recibir algo a cambio, do ut des. Ese comercio interesado no es la generosidad, la lógica del don de Dios en Cristo. Dios es don sin pedir nada, quiere darse totalmente y entrar en nuestra casa.

La segunda: ¿qué tenemos que hacer?

Ante esto nos preguntamos como aquellos seguidores: ¿qué tenemos que hacer para realizar la obra de Dios? ¿Cómo pasar de una relación externa y superficial a la religación amorosa y verdadera? Él nos indica que la obra es acogerlo a él, el enviado del Padre. No se trata tanto de acciones, espectáculos, esfuerzos…, sino acogerlo en mi vida, vivir una historia de amor con Jesús. Hemos de avanzar en la búsqueda sincera de Jesús para saber cómo piensa, siente y actúa, para adentrarnos en su conocimiento como la mayor riqueza, el amor del que nadie nunca nos podrá separar.

Los corazones que se abren a la relación desinteresada y profunda con Jesús y su Evangelio sentirán el amor de Dios y serán transformados por él. El pan que él nos da nos configurará gratuitamente en su modo de pensar, sentir y actuar. Y entonces nosotros haremos las mismas obras que él ha hecho, y aun mayores, como él mismo nos promete. Si nos alimentamos de él, del verdadero Pan de vida, notaremos cómo deseamos nosotros mismos ser pan en él para los hermanos, partirnos y repartirnos para que todos puedan tener la misma gracia que nosotros hemos recibido. Los agobios de este mundo, sus necesidades, entrarán en un verdadero orden y será prioritario el amor y el don sobre toda ganancia mundana. Incluso la pérdida será entendida como éxito y ganancia en Cristo. Entonces nadie nos podrá quitar la vida, y nuestra hambre y nuestra sed serán verdaderamente saciadas para siempre.

Así de sencilla fue esta eucaristía que se ha convertido en última cena. Ahora Miguel, ya resucitado, paseará por las playas celestiales, y desde allí nos sonreirá este año al vernos contemplar las puestas de sol en este santuario tan querido.

El Dios del descanso y de la amistad

Ojalá las comunidades cristianas, los grupos y los movimientos se empaparan de la espiritualidad de Betania, el lugar del descanso y de la paz.

Desde la misma creación, la laboriosidad del Señor, que crea por su palabra, haciendo realidad el sueño de todo lo que existe, está acompañada por el día del descanso y del encuentro. El mismo Dios que invita al ser humano a cuidar y cultivar la tierra se muestra como referente del descanso y del encuentro en la amistad con la misma humanidad creada.

En la historia de la salvación, el pueblo va entendiendo que ha de ir señalando y festejando las acciones divinas en medio de ellos cuando han experimentado la liberación, la sanación, el perdón y la salvación. Son muchas las expresiones veterotestamentarias en las que el pueblo se siente llamado e invitado por el Señor a retirarse para encontrarse en lo afectivo y en lo íntimo de la amistad y del caminar por la vida. El encuentro y la amistad forman parte de la red de las promesas y de la actuación del que es guía y padre del pueblo.

Jesús vive constantemente ese modo de entrar en el silencio y el descanso en lugares propios y preparados para poder vivir momentos de relajación, profundidad, celebración y cercanía. Betania es un lugar referencial de ese estilo y esa espiritualidad de lo humano y lo creyente. Nada tiene de extraño que en ese ambiente se produzcan signos de resurrección y restauración de las personas que parecen perdidas y acabadas.

La Iglesia está llamada a crear espacios y comunidades que por su paz, acogida, sanación y liberación de los que están perdidos se haga creíble en la predicación de la resurrección.

Acordes encarnados:

A pie descalzo

23. A PIE DESCALZO | A. Calvo & P. Monty

Pero aún en la aurora, cuando el mundo calla,

se acercaba al borde del mar callado,

y con pies descalzos, al estilo del Maestro,

seguía sus huellas sobre el dorado.

Sentía en la espuma un frescor divino,

en cada ola, un susurro de Dios,

y en su andar sencillo por la orilla limpia,

la fe sin palabras, la paz y el perdón.

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