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RESUCITAR A LA COMUNIDAD...
II Domingo de Pascua
No sólo resucitó Jesucristo, sino que con él lo hizo la comunidad. Una vez que Jesús resucita su empeño permanece intacto en el deseo de fecundar la comunidad, de la fraternidad en medio del mundo, que avanza por los caminos del Reino de Dios y su justicia.
La fuerza del resucitado viene en favor de la comunidad para rehacerla y fundamentarla en una roca verdadera, en la fe firme de que el crucificado ha resucitado y vive para siempre. Que la muerte ha sido vencida, que el amor y la justicia han ganado la batalla y ahora todos somos de la vida, el Padre nos ha ganado en su gratuidad de amor extremo en Cristo.
El maestro no se rinde ante el discípulo que fuera de la comunidad se resiste a creer. Lo busca, lo trae al centro de la comunidad, y en ella con un amor infinito le adentra en la experiencia de tocar la muerte vencida para encontrarse con su Señor y su Dios.
Hoy vivir al resucitado es mantenernos en el empeño de una verdadera comunidad en la que cabemos todos y en la que se respeta el camino y el proceso de cada uno en su búsqueda de la verdad y del espíritu.
En estos días que estamos recluidos en el cenáculo por esta pandemia, podemos hacer el proceso de encontrarnos con El, de entrar nuestros dedos en sus llagas y nuestras manos en su costado, para darnos cuenta del dolor del mundo y de los que en medio del dolor se abrazan para consolar, sanar, bendecir, colaborar, entregarse y arriesgar a fondo perdido. Ahí podremos reconocer y recobrar el verdadero rostro del hombre y de Dios.
Ahora que estamos cada uno en nuestra casa, que tenemos que respetar estar recluidos para favorecer a la comunidad, ahora es el momento de convertirnos a la verdadera comunidad en lo humano, lo ciudadanos, lo profesional, lo familiar y también en nuestra fe a nivel eclesial. Recobremos el verdadero sentido comunitario en el que nos hacemos imágenes auténticas de nuestro maestro, él que resucitado siguió empeñado en construir comunidad.
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