El deseo sacerdotal de ser "experto en humanidad". Andrés nuevo sacerdote en Ferrol.

"Te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste por la imposición de mis manos"

Nos conocimos a primeros de Septiembre en Ávila. La primera tarde andaba perdido por la casa de ejercicios y nos encontramos casualmente y ya fuimos juntos al comedor, era la hora de la cena. Nos preguntamos los nombres y la diócesis de pertenencia, y a partir de ahí comenzó la relación. Después descubrí que era diácono al verle con la estola cruzada al día siguiente y me comentó que estaba haciendo ejercicios y que pronto recibiría la ordenación sacerdotal, realmente le quedaba nada de tiempo... Me dio alegría saber que un joven, candidato a próximas órdenes, estaba compartiendo con nosotros esos días previos y orando juntos con la Palabra y la Vida -no acompañaba Lucio Arnaiz- , que la mayoría peinamos canas, hubo momentos para compartir y conocernos más en esa semana. Suelo ir a esos días de retiro organizados por la asociación de los sacerdotes del Prado, son como la antesala del nuevo curso que comienza. Y en esta ocasión la presencia de Andrés me hacía recordar y orar desde aquel don que recibí por la imposición de manos cuando contaba apenas 23 años, un niño... Tras los ejercicios le he seguido. Grabaron la celebración de su ordenación y puede gustarla. Me llamó la atención la acción de gracias que hizo al final de la liturgia, me emocionó y me interpeló para reavivar también aquel don que recibí en 1981 y le pedí que me la hiciera llegar si la tenía escrita, para poder degustarla y tenerla presente en mi oración. Hoy me ha llegado y deseo compartirla con vosotros, para que podáis orar con él y por é, creo que es una riqueza que un nuevo ordenando piense así del ministerio, de la iglesia, la eucaristía, la comunidad, la historia de su propia vida. Gracias , Andrés.

V. Andrés
V. Andrés
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El deseo sacerdotal de ser "experto en humanidad"

Una vez más la vida me concede la dicha de experimentar uno de los sentimientos más nobles del ser humano: la gratitud.

Gracias a Dios, en primer lugar, por haberme llamado a la hermosa vocación sacerdotal. No deja de sorprenderme la generosidad con que ha derramado su misericordia sobre mi vida.

Gracias a mi familia que ha venido de muy lejos(Colombia) para compartir conmigo este día tan especial. Todo lo que soy se lo debo a ustedes. Me han dado la vida, me han amado incondicionalmente, y me han regalado la fe, que es el tesoro más valioso.

Gracias a la Iglesia de esta diócesis, Mondoñedo-Ferrol, especialmente en la persona de su pastor, Don Fernando. Gracias por acogerme y haberme convertido en su hermano en el presbiterio. Usted ha sido el canal de Dios para hacerme este inmerecido y hermoso regalo del sacerdocio. A partir de hoy mi vida esta ligada a usted con un vínculo indisoluble y sagrado. Gracias padre y hermano. Gracias por creer en mí.

Gracias a todas las personas, sacerdotes y parroquias que han venido de diferentes partes de nuestra diócesis, de nuestra hermosa Galicia, de Madrid como la parroquia de Nuestra Señora del Silencio que junto con un grupo de personas sordas también de aquí de nuestra diócesis, nos recuerdan siempre que Dios también es Peregrino, camina junto a nosotros y que quiere que le escuchemos en todas las lenguas.

Gracias a todos aquellos que han acogido mi vida y mi vocación, a veces sin poder comprenderla del todo: niños, jóvenes, ancianos, creyentes y no creyentes, todos me han hecho más humano y me han dado la fuerza necesaria para perseverar en el camino de la fe y del crecimiento personal. Soy consciente de que es un camino que solo termina en la tumba.  

victor
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Configurarme con El: con su alegría y su esperanza

Hace unos minutos he sido ordenado sacerdote. Es un acontecimiento feliz para mi vida, pero también soy consciente de las connotaciones que trae consigo más allá de lo que puede significar para mí como persona y como cristiano. En primer lugar, por el compromiso que he asumido al aceptar buscar configurar mi vida con Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Si el sacerdote hace presente a Cristo en el mundo, entonces no cabe duda de que un sacerdote es una buena noticia para la humanidad. Como sacerdote sé que estoy llamado a ser cauce de alegría y esperanza para mis hermanos, por lo tanto, tengo que asumir la vida desde estas dos claves: alegría cristiana y esperanza, que en nuestro camino tiene un nombre propio: Jesús de Nazaret.

La vida humana una realidad sacramental

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Soy consciente de que la celebración de la Eucaristía debe ser el momento culmen de mi vida sacerdotal. En torno a la Eucaristía ha de girar el eje central de mi ministerio. Sin embargo, estoy absolutamente convencido de que mi ministerio sacerdotal, aunque nace en el altar, no termina en el altar.Ciertamente, por misericordia de Dios, y no por mérito mío, a través de mis pobres manos se hará presente Cristo en cada plegaria eucarística, pero algo me está diciendo en lo más íntimo de mi corazón, que mis manos están llamadas a trascender el ámbito de este templo, y seguir siendo cauce de bendición más allá de estas paredes. No quiero caer en el error de pensar que “lo sagrado” se da solo aquí dentro, únicamente en torno al altar. De ninguna manera. Si algo tengo muy claro es que Dios se hace presente en este mundo incluso fuera del ámbito de este templo y quiere que toda la vida humana, todo lo auténticamente humano vivido en clave de amor y sacrificio, sea también una “una realidad sacraemental”. Todo lo que nos abre al hermano, nos abre a Dios, pues quiso encarnarse y divinizar por su encarnación todo lo humano vivido desde el amor.

Este mandato que recibo de ser “otro Cristo”, encuentra en el culto el momento y el espacio culminante, donde puedo reconciliar mi historia de fe con la de tantos hermanos míos que llegan a Dios por diversos caminos. Muchas veces incomprensibles para nosotros a causa de nuestros prejuicios. Pero lo cierto es que Dios sigue llegando a todos, aunque no podamos comprender del todo sus diferentes modos de salir a nuestro encuentro.

Hombre de perdón

También es sobre el altar donde puedo reconciliar el ser humano que soy, con el que estoy llamado a ser, que como saben ustedes bien, no siempre podemos lograr que sean absolutamente el mismo. A pesar de esta dura realidad, creo firmemente que si lucho por vivir mi vocación con humildad, - que significa “andar en verdad”-, esta conciencia de mi propia humanidad será lo que me mantenga en esa tensión permanente que me ayude a pedir perdón, no solo a Dios, sino también a mis hermanos. Quizás este sea un camino también a la santidad: saber pedir perdón.

Hombre de paz

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A pesar de mi pobreza y mis limitaciones creo profundamente que mi sacerdocio está llamado a ser una buena noticia para este mundo envuelto en guerras, crisis económicas, enemistades y desconfianza. Pido a Dios que me ayude, a ser yo mismo, un hombre de Buenas Noticias. Y que pueda llevar siempre alegría allí donde el Señor me envíe. Porque Jesús es la Buena Nueva que da sentido último a toda nuestra vida, incluso al dolor y a la muerte.

Experto en humanidad

Sé también, que impregnar de alegría evangélica todos los ambientes donde desarrolle mi sacerdocio no será tarea fácil, porque la gente me va a buscar, por lo general, en los momentos más difíciles de sus vidas. Por tanto, pido a Dios que me ayude a ser un experto en humanidad. Y para eso, creo que el camino no es otro que descubrirme yo mismo, un ser humano. Ser humano significa ser consciente de la fragilidad de mi propio barro.   Y, aunque para acercarme al dolor del hermano que sufre, me pueden ayudar las ciencias que me enseñaron en el seminario: teología, filosofía o antropología, quisiera que, al tocar un alma humana, no sea yo mismo otra cosa que apenas otra alma humana.

Si me deshumanizase, mi ministerio correría el riesgo de convertirme inevitablemente y muy pronto, en un administrador de ritos, demasiado preocupado por detalles externos estériles, reduciendo lo cristiano a cosas, y privando al pueblo de Dios de lo que realmente importa: el Alimento y la Palabra que puede sanarlo y animarlo a caminar hacia Él, en medio del desierto que muchas veces resulta la vida.

Me haréis vosotros pastor

Hoy me he convertido en sacerdote por puro amor de Dios por medio de las palabras y los gestos del obispo, pero serán Dios mismo  y su rebaño quienes me conviertan en pastor. Un pastor no se preocupa por otra cosa más que por amar y cuidar a sus ovejas. Todo lo demás pasa a un segundo o tercer plano. Esta mañana me vinieron a la mente las palabras de ese himno de Filipenses que rezamos en el oficio, y que nos recuerda que “Cristo, a pesar de su condición divina no hizo alarde de su categoría, sino que se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, que es la más humilde, y pasó por uno de tantos, uno más del montón. Y actuando como un hombre cualquiera, se rebajó”. Y en esta última palabra encuentro yo el sentido de la vocación sacerdotal: rebajarse. La vocación sacerdotal implica mucho “rebajarse” hasta donde quiera que haya un ser humano que necesite a Dios, sea cual sea su condición. Sea cual sea su condición.

Vivir para amar, nuestra vestidura

Cuando Jesús dijo a sus seguidores aquello de que “en esto conocerá el mundo que sois mis discípulos”, no se refería a otra cosa que al amor con el que estaban llamados a amarse. Lo demás es manifestación cultural del contexto en el que se exprese la fe. Todo lo demás es secundario. Lo esencial, es el amor con el que estamos llamados a amarnos entre nosotros y amar a los de fuera.

Entonces, lo singular, lo específico del sacerdote no es que solo se distinga por su manera de rezar, de vestir, de caminar, de pensar, ni de vivir o su manera de creer. Lo esencial en el sacerdote, es la manera de amar. Como sacerdote estoy llamado a ser expresión concreta y palpable de una manera distinta de amar. Amar paradójicamente, aún cuando no reciba amor. Amar desinteresadamente, sin esperar nada a cambio. Amar existencialmente, es decir, que sea el amor lo que le dé sentido a toda mi vida. Amar sacrificialmente, pagando el precio de ese amor que será casi siempre la incomprensión. Amar universalmente, que significa amar a todos, y no únicamente a los que piensen como yo o actúen bien, y amar desmedidamente, porque como ustedes saben, la medida del verdadero amor, es amar sin medida.

Que la Virgen me acompañe y las oraciones de ustedes también, para que Dios lleve a feliz término el camino que comenzamos hoy.  Que las Eucaristías que celebremos juntos nunca terminen con la bendición final, sino que continúen en la vida cotidiana, propiciando que cada uno de nosotros pueda hacer presente a Jesús en su propia vida y en la de todos los que nos encontremos en el camino.

Que Dios haga germinar y crecer en nosotros ese amor sacerdotal, que en definitiva, es la vocación de todos los que estamos aquí.

 De corazón, muchas gracias.

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