"Seguir al maestro en la vida, en la enfermedad...hasta la muerte"
Despedir a un compañero en el ministerio
"Seguir al maestro en la vida, en la enfermedad...hasta la muerte"
Homilía pronunciada por Francisco Maya, Vicario General, en la celebración eucarística en el corazón de su parroquia San Gregorio Ostiense
Queridos sacerdotes, Francisco, hermano de Antonio, cuñada y sobrinos,familia, amigos y comunidad parroquial de San Gregorio Ostiense:
Hoy la Iglesia en Mérida‑Badajoz se reúne con un corazón entrelazado de gratitud y de duelo. Despedimos a un hermano sacerdote que estaba a punto de celebrar sus bodas de oro ministeriales. Cincuenta años de vida entregada, cincuenta años de Evangelio hecho carne en gestos concretos, cincuenta años de servicio silencioso, fiel, perseverante.
Su muerte nos duele, pero también nos ilumina, porque su vida ha sido una parábola viva de lo que significa ser pastor según el corazón de Cristo: un hombre que se dejó gastar, que se dejó escribir por Dios, que convirtió cada día en una página nueva donde el Señor iba trazando su historia de salvación.
Él le gustaba escribir y poseía don para ello. Quizá porque intuía que la vida, cuando se mira desde Dios, siempre es un texto abierto, un manuscrito en el que la gracia corrige, inspira, subraya, y a veces incluso borra para volver a empezar. Hoy, al despedirlo, sentimos que su último capítulo no lo ha escrito la enfermedad, sino la confianza. No ha sido el cáncer quien ha tenido la última palabra, sino el Señor que lo ha acompañado con ternura en cada línea de su sufrimiento.
Su vida ministerial fue una escuela de disponibilidad. Nunca se escondió detrás de excusas, nunca se reservó para sí mismo. Era de esos sacerdotes que hacen que la parroquia sea hogar, que la mesa del altar sea encuentro, que la palabra sea consuelo.
Fue un sacerdote servicial sin ruido, sin protagonismo, sin prisa. Servicial como quien sabe que el sacerdocio no es un título, sino una forma de amar. Servicial como quien ha aprendido de Jesús que el mayor es el que sirve. Servicial en los pueblos en los que ejerció su ministerio.
Y en esa entrega cotidiana, él fue dejando huellas: en las familias que acompañó, en los jóvenes a los que animó, en los enfermos que visitó, en los compañeros sacerdotes con quienes compartió camino. Su ministerio no fue una sucesión de actividades, sino una vida tejida de presencias.
A punto de celebrar sus bodas de oro, su testimonio nos recuerda que la fidelidad no es cuestión de años, sino de corazón. Él no solo llegó a los cincuenta años de sacerdocio: llegó con el alma llena, con la lámpara encendida, con la alegría de quien sabe que ha vivido para Dios y para su pueblo.
Cuando el cáncer apareció, él no lo vivió como una derrota. Lo vivió como un último tramo del camino donde podía seguir siendo sacerdote: ofreciendo, confiando, entregando. Su serenidad fue un evangelio silencioso. Su paciencia, una homilía sin palabras. Su confianza, un sacramento de esperanza para todos los que lo acompañaron.
No se aferró a la vida, se aferró a Cristo. Y por eso su partida no es un final, sino un paso. Como dice san Pablo: “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor”. Él vivió para el Señor, y ahora descansa en Él.
Hoy lo despedimos con la certeza de que su vida no se ha perdido. Un sacerdote nunca muere del todo: queda en las manos que ungió, en los matrimonios que bendijo, en los niños que bautizó, en los difuntos que encomendó, en las palabras que escribió, en las lágrimas que consoló, en los pobres a los que acogió.
Queda en la Eucaristía. Cada misa que celebró fue un anticipo de este encuentro definitivo con Cristo. Cada vez que dijo “Tomad y comed”, él mismo se iba convirtiendo en pan partido para los demás. Por eso su muerte tiene sabor pascual: es la consumación de una vida eucarística.
A la familia, a los amigos, a los feligreses, a los sacerdotes que compartieron camino con él: gracias por acompañarlo. Gracias por sostenerlo en la enfermedad. Gracias a ti Francisco, su hermano, que has estado acompañándole en cada momento de su enfermedad. Gracias por permitirle escribir su último capítulo rodeado de cariño.
Y a él, nuestro hermano Antonio: gracias por tu ministerio. Gracias por tu bondad. Gracias por tu palabra escrita y tu palabra vivida. Gracias por enseñarnos que la confianza es más fuerte que el miedo, que la entrega es más fecunda que el éxito, que la fidelidad es más luminosa que cualquier reconocimiento.
Hoy, mientras lo encomendamos al Padre, imaginamos al Señor recibiéndolo con esa frase que todo sacerdote desea escuchar al final de su vida: “Bien, siervo bueno y fiel; entra en el gozo de tu Señor”.
Que él entre en ese gozo de vida plena, encontrándose allí con su hermano Víctor, que no hace mucho tiempo (seis años) también fallecía. Que nosotros sigamos su ejemplo. Y que la Iglesia, enriquecida por su vida, continúe escribiendo nuevas páginas de esperanza, de servicio y de fe.
También te puede interesar
"Seguir al maestro en la vida, en la enfermedad...hasta la muerte"
Despedir a un compañero en el ministerio
Conocer a Cristo lo es todo. Ricardo un sacerdote de Jesucristo. Domingo XXI
Un cura que le apasionó un interrogante: ¿Y vosotros quién decís que soy yo?
La serenidad de una madre que alimenta su duelo materno en la eucaristía sencilla de la comunidad parroquial. El domingo día de curación y esperanza, aun en el mayor dolor.
Marina, en duelo, con su comunidad de fe y esperanza en la eucaristía
Desde el santuario de Regla (Chipiona)necesito compartir y expresar lo que ocurre en las vacaciones de unos sacerdotes, varios de nuestra diócesis, en este lugar de Playa y de descanso, en una estancia que es casa de espiritualidad y que en verano la espiritualidad toma forma de cuidados tan humanos como pacificadores y reconciliadores con nosotros mismos, con la naturaleza y con los demás.
Venid conmigo a un sitio tranquilo a descansar...
Lo último