Despedir a un compañero en el ministerio

"Seguir al maestro en la vida, en la enfermedad...hasta la muerte"

Apóstol en el vivir y en el morir...

En medio de las canículas de Agosto nos hemos congregado para celebrar la vida de Antonio Pérez Carrasco, un compañero del presbiterio y del arciprestazgo, que en los últimos años ha tenido que bregar con la enfermedad en su dureza y persistencia. Pero los límites corporales no han apagado en ningún momento su celo ministerial y pastoral. Ha sabido estar y vivir su enfermedad en medio de su parroquia, con las personas de su comunidad, dando testimonio de fe y esperanza en medio del dolor. Me llama la atención como en este contexto cultural y social, en el que a veces la figura del sacerdote ha sufrido y se ha resquebrajado, nosotros estamos teniendo en nuestro clero compañeros que están siendo de una fidelidad y entrega algo especial. Curiosamente cuando les ha tocado vivir la enfermedad, como le ha ocurrido a Antonio, les ha alimentado su fe, su vida espiritual y su sentido ministerial para entregarse y ser de la comunidad en sus límites. No abandonar el rebaño y las redes, aunque las fuerzas flaqueen y nos cueste mantenernos en pie. Para mí son ejemplos de resiliencia profunda enraizada en una espiritualidad tan seria como comprometida, permanecer junto al maestro, a veces sintiéndolo dormido, en la mayor tempestad y en la mayor debilidad, fiándose de aquél que los ha llamado y ha puesto en sus manos el cariño y el cuidado de comunidades humanas para poder decir una palabra de aliento y de ánimo a los que están en la misma situación.

Nos reunimos bastantes sacerdotes en su sepelio. Yo contemplaba con el corazón del Padre las presencias en aquella celebración: Paco , que presidía por estar ausente el obispo que envió su pesar y duelo por escrito, y que glosó con voz de compañero y de hermano, en nombre de la iglesia y del presbiterio lo que había sido su vida como escrito de Dios para nosotros, destacando su sencillez y profundidad.

Los compañeros con los que ha compartido tareas y caminos de vida personal y pastoral. El coro sencillo de su parroquia que allí estaba aportando con sus canciones conocidas de toda la asamblea y elegidas con la mirada puesta en este pastor y en su tarea, así como en sus gustos espirituales. El viejo ayudante sacristán, que hacia la oración litánica del señor ten piedad, al recordar el agua de su bautismo, como ha hecho tantas veces junto a su sacerdote, los lectores y sus moniciones llenas de vida y de verdad creyente agradecida. Pero sobre todo el pueblo y la comunidad cristiana que con su estar, su oración, su canto, daban cuenta de una comunidad con vida y sentimientos propios, de los que son de verdad y permanecen.

Unidos de corazón su familia querida que encontraban consuelo en esta manifestación de gloria y esperanza en un momento de muerte y de separación. Siempre recordaremos su presencia y su hacer, sus reflexiones y sus escritos. Esa forma sencilla de estar y de saber decir palabras medidas y sentidas, en comunión con las de otros que podían ser distintas pero nunca distantes. Traigo hasta vosotros las palabras de Paco Maya, que ofició y que ayudó a hacer lectura creyente ante la vida de Antonio y su quehacer ministerial, de su persona y su vocación sacerdotal.

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Homilía pronunciada por Francisco Maya, Vicario General, en la celebración eucarística en el corazón de su parroquia San Gregorio Ostiense

Queridos sacerdotes, Francisco, hermano de Antonio, cuñada y sobrinos,familia, amigos y comunidad parroquial de San Gregorio Ostiense:

Hoy la Iglesia en Mérida‑Badajoz se reúne con un corazón entrelazado de gratitud y de duelo. Despedimos a un hermano sacerdote que estaba a punto de celebrar sus bodas de oro ministeriales. Cincuenta años de vida entregada, cincuenta años de Evangelio hecho carne en gestos concretos, cincuenta años de servicio silencioso, fiel, perseverante.

Su muerte nos duele, pero también nos ilumina, porque su vida ha sido una parábola viva de lo que significa ser pastor según el corazón de Cristo: un hombre que se dejó gastar, que se dejó escribir por Dios, que convirtió cada día en una página nueva donde el Señor iba trazando su historia de salvación.

Él le gustaba escribir y poseía don para ello. Quizá porque intuía que la vida, cuando se mira desde Dios, siempre es un texto abierto, un manuscrito en el que la gracia corrige, inspira, subraya, y a veces incluso borra para volver a empezar. Hoy, al despedirlo, sentimos que su último capítulo no lo ha escrito la enfermedad, sino la confianza. No ha sido el cáncer quien ha tenido la última palabra, sino el Señor que lo ha acompañado con ternura en cada línea de su sufrimiento.

Su vida ministerial fue una escuela de disponibilidad. Nunca se escondió detrás de excusas, nunca se reservó para sí mismo. Era de esos sacerdotes que hacen que la parroquia sea hogar, que la mesa del altar sea encuentro, que la palabra sea consuelo.

Fue un sacerdote servicial sin ruido, sin protagonismo, sin prisa. Servicial como quien sabe que el sacerdocio no es un título, sino una forma de amar. Servicial como quien ha aprendido de Jesús que el mayor es el que sirve. Servicial en los pueblos en los que ejerció su ministerio.

Y en esa entrega cotidiana, él fue dejando huellas: en las familias que acompañó, en los jóvenes a los que animó, en los enfermos que visitó, en los compañeros sacerdotes con quienes compartió camino. Su ministerio no fue una sucesión de actividades, sino una vida tejida de presencias.

A punto de celebrar sus bodas de oro, su testimonio nos recuerda que la fidelidad no es cuestión de años, sino de corazón. Él no solo llegó a los cincuenta años de sacerdocio: llegó con el alma llena, con la lámpara encendida, con la alegría de quien sabe que ha vivido para Dios y para su pueblo.

Cuando el cáncer apareció, él no lo vivió como una derrota. Lo vivió como un último tramo del camino donde podía seguir siendo sacerdote: ofreciendo, confiando, entregando. Su serenidad fue un evangelio silencioso. Su paciencia, una homilía sin palabras. Su confianza, un sacramento de esperanza para todos los que lo acompañaron.

No se aferró a la vida, se aferró a Cristo. Y por eso su partida no es un final, sino un paso. Como dice san Pablo: “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor”. Él vivió para el Señor, y ahora descansa en Él.

Hoy lo despedimos con la certeza de que su vida no se ha perdido. Un sacerdote nunca muere del todo: queda en las manos que ungió, en los matrimonios que bendijo, en los niños que bautizó, en los difuntos que encomendó, en las palabras que escribió, en las lágrimas que consoló, en los pobres a los que acogió.

Queda en la Eucaristía. Cada misa que celebró fue un anticipo de este encuentro definitivo con Cristo. Cada vez que dijo “Tomad y comed”, él mismo se iba convirtiendo en pan partido para los demás. Por eso su muerte tiene sabor pascual: es la consumación de una vida eucarística.

A la familia, a los amigos, a los feligreses, a los sacerdotes que compartieron camino con él: gracias por acompañarlo. Gracias por sostenerlo en la enfermedad. Gracias a ti Francisco, su hermano, que has estado acompañándole en cada momento de su enfermedad.  Gracias por permitirle escribir su último capítulo rodeado de cariño.

Y a él, nuestro hermano Antonio: gracias por tu ministerio. Gracias por tu bondad. Gracias por tu palabra escrita y tu palabra vivida. Gracias por enseñarnos que la confianza es más fuerte que el miedo, que la entrega es más fecunda que el éxito, que la fidelidad es más luminosa que cualquier reconocimiento.

Hoy, mientras lo encomendamos al Padre, imaginamos al Señor recibiéndolo con esa frase que todo sacerdote desea escuchar al final de su vida: “Bien, siervo bueno y fiel; entra en el gozo de tu Señor”.

Que él entre en ese gozo de vida plena, encontrándose allí con su hermano Víctor, que no hace mucho tiempo (seis años) también fallecía.  Que nosotros sigamos su ejemplo. Y que la Iglesia, enriquecida por su vida, continúe escribiendo nuevas páginas de esperanza, de servicio y de fe.

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