Domingo de Ramos : la puerta para la luz y la vida

Extraído de "Sinfonía divina, acordes encarnados" Edit. PPC

La puerta de la vida

Se abre el portón de la semana de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Es ese domingo de Ramos permanente de una humanidad que tiene que pasar por puertas de dolor y debilidad, sabiéndose acompañada por el que es la luz y la vida, que no la va a abandonar. La sabiduría de saber hacer de la losa de la muerte altar de la luz y de la vida.

José Ramón con Monty y Fray José
José Ramón con Monty y Fray José

Lectura del libro de Isaías (50,4-7):

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído. Y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado...

El Maestro había pasado la noche en Betania, alojado en la casa de Lázaro. La mañana había amanecido con una luz de primavera. Jesús y los suyos se disponían a salir hacia Jerusalén, que dista unos cinco kilómetros de Betania. Esta visita a la Ciudad Santa tenía unas características especiales que los discípulos no acertaban a comprender, pero el Maestro presentía todo lo que iba a suceder, sabía que era el comienzo del fin y que sus días estaban contados, pareciera que antes de que sucediera lo que tenía que suceder el Santo de Dios quería despedirse de los suyos, dejando constancia, aunque fuera por un día, de su reinado espiritual.

Se había corrido la voz de que el resucitador de Lázaro estaba en Betania, por lo que había mucha gente que le esperaba y cuando vieron que se dirigía hacía Jerusalén decidieron acompañarle por aquellos caminos serpenteantes y pedregosos; a medida que iban avanzando, el gentío era cada vez más numeroso, algunos iban delante, algunos iban detrás, unos le saludaban, otros tenían palabras de agradecimiento y los más, hasta los niños, le aclamaban y le vitoreaban diciendo ¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo¡ ¡gloria en las alturas! Todo era alegría, todo era una fiesta. Al pasar por el caserío de Bestfajé había un asno atado y por indicación del Maestro los discípulos se lo trajeron. Antes de que se montara en él la gente se apresuró a enjaezarle con túnicas y mantas. Se cumplía así la profecía de Zacarías: “Alégrate hija de Sion; salta de gozo hija de Jerusalén; he aquí a tu Rey que se acerca a ti, el Justo, el Salvador. Pobre y humilde, avanza sentado sobre una asnillo”; las aclamaciones, los canticos, los vítores arreciaban, aparecen más niños y mayores portando ramas de olivo, de palmeras o sicomoros para esparcirlas en el suelo a su paso por allí. Todo el mundo gritaba jubiloso, todos parecían ebrios de alegría, todos menos el Maestro que parecía ajeno a lo que estaba pasando, como si la cosa no fuera con Él; pero al mismo tiempo se mostraba complacido por lo que veía a su alrededor, porque lo que ello significaba no era sino la glorificación del Padre en su persona.

José Ramón junto a Fray José y Monty
José Ramón junto a Fray José y Monty

La ceguera puerta para la LUZ y una nueva VIDA

Le pido a José Ramón que nos relate su paso pascual, de ceguera y de luz, para contemplarlo como clave y pórtico de esta semana de la Pascua del Señor, de su cruz y su gloria. Lo hace con profundidad y verdad:

A mis 48 años siento que he vivido dos vidas; la diferencia principal entre ambas ha sido desde dónde fueron construidas. A pesar de tener unos padres y una familia ejemplares, yo hasta los 38 años me dejé diluir en una sociedad en que la corriente del río nos arrastra sin sentido. Una sociedad materialista, superficial, cargada de máscaras y donde se infantilizan procesos naturales intrínsecos a la propia vida, como, por ejemplo, la muerte, la enfermedad o el sufrimiento.

Estudié en la universidad, y a los 30 años tenía mi propia clínica privada, mucho trabajo y, sobre todo, mucho dinero, demasiado… Era lo que a los ojos de esta sociedad se considera un triunfador. Amigos, reconocimiento, halagos no me faltaban, y eso fue construyendo en mí una personalidad autócrata Aderezada con un perfil psicológico del tipo anancástico, que arrastraba desde mi adolescencia. Estaba en lo más alto de la montaña, me sentía el rey absoluto de mi mundo. Dos personas fundamentales para mi vida futura aparecieron en aquellos años, aunque yo no tuve la capacidad de ver lo trascendente que su mensaje y su ejemplaridad iban a ser para mí. Me mostraron dos formas de construir y afrontar la vida desde puntos de partida muy diferentes de los míos, incluso antagónicos. El primero, fray Nicolás Segurola, fraile franciscano, a quien conocí inicialmente como paciente de mi clínica y que posteriormente nos convertimos en grandes amigos. Él me demostraba cada vez que estábamos juntos que, a pesar de sus grandes limitaciones físicas, puesto que prácticamente estaba ciego y a la vez era sordo, vivía una vida de plenitud en Dios, con Dios y para Dios, entregándose diariamente al servicio de los más necesitados y desfavorecidos y repitiéndome constantemente que el Señor se servía de sus vulnerabilidades físicas para hacer grande su vida. Y que por ello le daba gracias a Dios todos los días. Todo esto era algo que mi mente puramente racional era incapaz de comprender.

La segunda persona sería Carmen, de la cual me enamoré rápidamente al conocerla, aunque ella me repetía insistentemente que mi vida, a pesar de lo que yo pensara y la sociedad me repitiera, no se estaba construyendo sobre los cimientos adecuados. Carmen era una mujer profundamente creyente y espiritual, y por ello su vida la dirigían elementos constructivos muy diferentes de los míos. A los pocos años de conocer a Carmen, una enfermedad hizo que esta falleciera a los 33 años, y por primera vez los cimientos de mi mundo perfecto empezaron a tambalearse. Mi corazón se convirtió en piedra.

A los pocos años de su fallecimiento detecté una pérdida muy acusada de visión y, tras visitar a varios oftalmólogos, me diagnosticaron una enfermedad visual muy rara llamada retinosis pigmentaria, pronosticándome que me quedaría ciego a los pocos años, y en efecto así ocurrió. Con 38 años tuve que afrontar el paso de la independencia a la dependencia, me dieron la incapacidad laboral, perdí mi clínica y, sobre todo, gran parte de mi autonomía, y eso para el que se consideraba un autócrata rey de su mundo fue inasumible. Estaba muerto en vida. Llegué a un punto de destrucción total tanto física, emocional, psicológica, pero sobre todo espiritual. En ese momento de oscuridad total en mi vida yo odiaba de una manera visceral a Dios.

Todo ese mundo perfecto que yo había construido desapareció, los amigos no volvieron a llamar, el dinero ya no estaba… Solo mi familia y fray Nicolás Segurola permanecieron a mi lado lealmente. Fray Nicolás, todos los días de mi muerte en vida me acompañó rezando a los pies de mi cama sin hacerme el más mínimo reproche, aunque yo le decía a él todo aquello que no podía decirle a Dios en persona.

Varios meses después, fray Nicolás me pidió que le acompañara a una peregrinación a Tierra Santa. Lógicamente, en principio me negué en redondo, dada mi situación, pero al final acepté acompañarle por la lealtad que sentía hacia él. Y eso cambiaría mi vida…

Cada homilía que escuchaba en Tierra Santa era como un misil que impactaba en mi corazón de piedra, haciéndolo tambalear. Y cuando llegamos a Belén, una noche en soledad en aquel lugar, recibí el regalo más maravilloso que un hijo puede recibir de un Padre, un abrazo infinito de amor que sentí dentro de mi pecho y que sanó cada una de las heridas sangrantes que en ese momento sentía a modo de hemorragia dentro de mí.

El Señor me sanó, me dio la vida de nuevo, me enseñó a ver el mundo con los ojos adecuados, los ojos del corazón, de la fe, que descubren un mundo de espiritualidad, profundidad y trascendencia que hasta entonces jamás había podido ver. El Señor me aportó el discernimiento suficiente para darme cuenta de que hasta ese momento de mi vida había estado completamente ciego a lo verdaderamente importante de la existencia.

El Padre aprovechó mi situación de destrucción total para revelarse como amor y como luz, para construirme, ahora sí, desde Roca firme, aquella roca a la que Carmen años antes se refería, que solo es Cristo, el Crucificado que ha resucitado y vive en mí.

Después de diez años de camino constructivo, mi vida se asienta en cuatro pilares: oración, camino formativo, servicio y apostolado. Y por encima de esos cuatro pilares está mi confianza plena en el Señor. Él lleva actualmente las riendas de mi vida. Cómo no entregarse sin reservas ni condiciones a aquel que convirtió mi oscuridad en luz, mi muerte en vida.

Actualmente disfruto de una vida en plenitud en la que mis cruces del pasado se han convertido en mis asideros desde donde me lanzo firmemente cada día.

Por ello hoy afirmo que yo soy ciego por gracia de Dios, ya que ahora sí que entiendo a fray Nicolás cuando me decía que el Señor se vale de nuestras cruces para hacernos grandes y plenos.

Domingo: Señor, la cruz y la gloria, el revuelo y la profundidad

Domingo de Ramos, los sentimientos de un pórtico de gloria que se abre al sentido de una cruz que, clavando la vida, propicia la exaltación del amor vivo sobre toda muerte y pecado. Mirarán al que traspasaron porque en él estará la fuente inagotable del don que se hace luz y sentido de todo lo creado.

Domingo de Ramos para entrar contigo en la contemplación de un misterio que será firme para todos los siglos, el misterio de la entrega y el servicio. No es una celebración para el recuerdo, sino para acoger el domingo: Señor, la cruz y la gloria, el revuelo y la profundidad.

Domingo de Ramos, los sentimientos de un pórtico de gloria que se abre al sentido de una cruz que, clavando la vida, propicia la exaltación del amor vivo sobre toda muerte y pecado. Mirarán al que traspasaron porque en él estará la fuente inagotable del don que se hace luz y sentido de todo lo creado.

Domingo de Ramos para entrar contigo en la contemplación de un misterio que será firme para todos los siglos, el misterio de la entrega y el servicio. No es una celebración para el recuerdo, sino para acoger en el presente esa fuerza imparable que derrota la oscuridad y la muerte del pecado y la injusticia.

Domingo de Ramos para cantar unánimes la gracia de seguirte en la armonía de la sencillez de un borrico al que la gloria solo le vale para un día, porque su fuerza le viene del servicio, que no tiene límites. La gloria está en la toalla y en el lebrillo, en la desnudez del pobre, en el perdón del Señor y en la sanación de todo cansancio y de toda herida.

Domingo de Ramos para abrirnos a la grandeza de una cruz enclavada en lo profundo de la creación, para hacerlo todo nuevo desde la oscuridad que aparenta ser invencible. Cruz que se

convierte en luz para todos los crucificados de la historia presente, esa fuerza imparable que derrota la oscuridad y la muerte del pecado y la injusticia.

Domingo de Ramos para abrirnos a la grandeza de una cruz enclavada en lo profundo de la creación, para hacerlo todo nuevo desde la oscuridad que aparenta ser invencible. Cruz que se convierte en luz para todos los crucificados de la historia.

Acordes encarnados:

25. DESDE LA ROCA | A. Calvo & P. Monty

Desde la Roca

El Señor me sanó, me volvió a levantar,

me enseñó a mirar con los ojos de amar.

Con la fe descubrí que hay un mundo mejor,

donde todo respira su eterno fulgor.

Y en la Roca me hallé, firme en Cristo, el Señor,

que venció la cruz y vive en mi interior.

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