Somos pregunta que solo atisban respuestas...
"De las estrellas a las cenizas"
Somos pregunta que solo atisban respuestas...
De las estrellas a las cenizas
La evolución material, cognitiva y metafísica del ser humano. Toda vida humana comienza mucho antes de ser consciente de sí misma. Dos personas se encuentran, un instante biológico inaugura una existencia nueva y una célula comienza un proceso que millones de años de evolución han ido perfeccionando. Durante meses nos desarrollamos como cualquier otro mamífero, dependientes por completo de otro cuerpo. Después nacemos, aprendemos a respirar, a caminar, a hablar y, poco a poco, a comprender el mundo. Hasta aquí la biología describe el proceso con notable precisión.
Sin embargo, llega un momento en que el ser humano deja de ser únicamente un organismo. Comienza a convertirse en una historia. Cada palabra aprendida modifica el cerebro. Cada conversación reorganiza nuestra memoria. Cada libro leído, cada amistad, cada fracaso y cada descubrimiento alteran la arquitectura de nuestra mente. La evolución biológica da paso a otra evolución menos visible. La evolución cognitiva.
No heredamos únicamente genes. Heredamos lenguas, símbolos, mitos, conocimientos, instituciones, costumbres y formas de interpretar la realidad. Ningún ser humano empieza de cero.
Cada generación recibe un inmenso patrimonio informacional construido durante milenios. Gracias a ello, un niño puede comprender en pocos años ideas que costaron siglos de elaboración a la humanidad. La cultura constituye, probablemente, la gran aceleración de nuestra especie. La biología explica el cuerpo. La cultura explica buena parte de la persona. Y ambas permanecen inseparablemente unidas.
Durante la vida seguimos incorporando información de manera continua. Aprendemos ciencias, artes, técnicas, idiomas, afectos, recuerdos y modos de razonar. Nuestro cerebro no funciona como un simple almacén de datos. Reorganiza constantemente toda esa información, creando conexiones nuevas y transformando nuestra identidad.
En cierto sentido, cada ser humano es una inmensa red de relaciones. No sólo entre neuronas. También entre ideas. Por eso una conversación puede cambiar una vida. Un poema puede modificar una existencia. Una obra de arte puede alterar definitivamente nuestra manera de mirar el mundo.
La información no ocupa únicamente espacio en la memoria. Produce nuevas formas de ser. Llegado un determinado momento aparece la tercera dimensión de nuestra condición.
La conciencia de la muerte. Sabemos que el cuerpo envejecerá. Sabemos que la memoria puede deteriorarse. Sabemos que el cerebro, soporte de nuestra experiencia consciente, es también un órgano vulnerable. Y, sin embargo, continuamos proyectando obras, afectos, investigaciones, libros, hijos, instituciones y esperanzas hacia un futuro que quizá nosotros no lleguemos a contemplar.
Existe en ello una paradoja profundamente humana. Somos biológicamente finitos. Pero vivimos como seres capaces de trascender parcialmente nuestra propia duración. Cuando llega la muerte, el cuerpo retorna lentamente a los ciclos materiales del planeta. Si es enterrado, sus componentes vuelven a la tierra. Si es incinerado, gran parte de su materia regresa rápidamente a la atmósfera, mientras las cenizas conservan durante un tiempo los restos minerales de los huesos. La física no encuentra aquí ningún misterio. La materia no desaparece. Se transforma. Los átomos que hoy forman nuestro cuerpo pertenecieron anteriormente a estrellas, océanos, montañas, plantas y otros seres vivos. Después pertenecerán nuevamente al universo.
Pero el ser humano deja tras de sí algo más que materia. Deja información. No sólo la contenida en libros, fotografías o archivos digitales. También la que permanece incorporada a otras personas.
Una conversación transmitida a un hijo. Una idea aprendida por un alumno. Una intuición compartida con un amigo. Una obra escrita. Una institución creada. Una decisión que modifica el curso de otras vidas. Cada existencia reorganiza parcialmente el mundo cognitivo de quienes la rodean. Nuestra auténtica herencia quizá no sea únicamente genética. También es informacional.
Y entonces aparece la pregunta que acompaña a la humanidad desde sus orígenes. ¿Existe además algo que no pueda reducirse ni a la materia ni a la información? Las religiones hablan del alma.
Las filosofías ofrecen respuestas muy diversas. Algunas identifican la conciencia con el cerebro. Otras sostienen que participa de una realidad más profunda.
Los místicos de distintas tradiciones han descrito una unión con lo absoluto que trasciende las categorías habituales del espacio y del tiempo.
La ciencia, por el momento, no dispone de instrumentos para resolver esta cuestión. Tampoco puede descartarla.
Nos encontramos, una vez más, ante una frontera del conocimiento. Quizá la mayor de todas.
Resulta significativo que, cuanto más comprendemos el universo físico, más claramente advertimos el alcance de aquello que todavía ignoramos.
Sabemos explicar con enorme precisión cómo se forman las estrellas. Conocemos bastante bien el origen biológico de nuestra especie. Comprendemos cada vez mejor el funcionamiento del cerebro. Pero seguimos sin responder plenamente qué es la conciencia, por qué existe la experiencia subjetiva o si ésta puede sobrevivir de algún modo a la desaparición del organismo.
Tal vez la condición humana consista precisamente en habitar simultáneamente estos tres niveles. Somos materia organizada. Somos información en permanente transformación.
Y somos también una pregunta abierta acerca de nuestro posible significado último.
Las tres dimensiones conviven en cada persona.
Reducirnos exclusivamente a cualquiera de ellas empobrece nuestra comprensión.
Quizá por eso la humanidad nunca ha dejado de mirar al cielo mientras caminaba sobre la tierra.
Porque sabe que procede del polvo de las estrellas.
Porque vive construyendo mundos mediante el lenguaje.
Y porque continúa preguntándose, con una mezcla de razón, esperanza y humildad, si existe una realidad más amplia en la que todo ello encuentre finalmente su sentido.
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