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Hispanidad: la familia que no sabe que es familia
Hoy es 12 de octubre. Día de la Hispanidad.
Escribo esto desde Badajoz, Extremadura. Desde el lugar del que salieron muchos de los que cruzaron el océano. Desde lo que a nosotros nos enseñaron que era la madre patria.
Y la pregunta que me hago es simple: ¿qué significa en realidad hispanidad?
Porque si es una fiesta, yo no la siento. Si es una familia, yo siento todavía el señorío. Ese indício de que uno está arriba y otro abajo. Incluso hablando el mismo idioma.
Aquí nos llaman latinos. Sudamericanos. Como si fuera una categoría aparte. Como si la geografía no se enseñara en los colegios. Un eufemismo amable para decir "no eres de aquí", aunque nos entendamos sin traductor, aunque nos duela lo mismo, aunque nos riamos del mismo chiste.
Y lo entiendo un poco mejor estando aquí dentro. Porque me doy cuenta de que ni siquiera entre vosotros os ponéis de acuerdo sobre qué es ser hispano.
Cada Comunidad defiende con uñas y dientes su lengua, su bandera, su identidad. Y está bien, es riqueza y se respeta la multiculturalidad. Pero si aquí mismo se siente y se defiende más la identidad de cada autonomía que una identidad común, ¿cómo nos vais a incluir a nosotros?
Nos pidieron que nos sintiéramos hijos de una madre que ni siquiera quiere ser madre.
No lo digo con rencor. Lo digo con extrañeza. Porque la hispanidad no puede ser un imperio. Eso ya murió. No puede ser madre patria arriba e hijos agradecidos abajo.
Si va a ser algo, que sea esto: una comunidad de 600 millones que comparten una lengua que ya no es de España, es de todos. Una forma de entender la familia, la muerte, la fiesta y la picardía. Algo que no necesita desfiles para existir.
Existe cada vez que uno de nosotros cruza el Atlántico en cualquier dirección y, sin conocer a nadie, se siente en casa.
Eso, para mí, es hispanidad. Sin señorío. De igual a igual.
Erasmo
Badajoz, 12 de octubre.
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