Id al pueblo: "Dadle vosotros de comer..." Domingo XVIII

El cura del pueblo y la doctrina social: Iglesia acogedora y misionera. En una sociedad y una naturaleza herida por el fuego y el desalojo.

Dadles vosotros de comer

La llamada hoy es urgente y necesaria, hay que cultivar y sembrar humanidad por los cuatro costados, con los de dentro y con los de fuera. El reto es universal y la Iglesia está llamada ser servidora sin dilación ni distracciones. No hay otro Jesús que el de la fraternidad que ejerce lo humano con los otros y con la naturaleza. Nos quema el momento... el grito del fuego es el grito del a creación, de la naturaleza y de la humanidad. Montes quemados y humanidad desalojada...

Nada más lejos de la indiferencia y del acomodamiento ante la realidad desnuda e injusta que sufre la humanidad. La postura de Jesús en su caminar a los pueblos y estar con ellos es de una dimensión vinculante sin retraso ni «diletancia». Ante la necesidad básica, respuestas directas y a mano propia. El Maestro enseña a sus discípulos a vincularse con la realidad desde lo pequeño y lo pobre. No se necesita la grandeza ni el poder para compartir y generar comunidad.

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DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Mateo 14,13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados. Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:

–Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida.

Jesús les replicó:

–No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer. Ellos le replicaron:

–Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces. Les dijo:

–Traédmelos.

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Id al pueblo… El cura de Los Santos, don Ezequiel (Lucio Poves)

Hace unos días tuve el privilegio de asistir a una representación teatral que se realizó en Los Santos de Maimona (Badajoz). Se trataba de la adaptación de una obra de teatro escrita por un compañero sacerdote, Eugenio Campanario, que es el consiliario del Movimiento Rural Cristiano. Lleva un tiempo recabando datos de sacerdotes, dos de ellos rurales y otro urbano, donde se muestran inquietudes y vivencias profundas del ministerio desde la vida de la gente. Me encantó cómo el pueblo reflejaba en esta obra el perfil evangelizador y apostólico de un sacerdote de pueblo que supo ponerse al servicio de la realidad para transformarla con la gente, supo ir al pueblo a desarrollar el protagonismo y la autonomía conquistada de los viñadores de ese pueblo. Le pido a Lucio Poves, que ha sido el más empeñado, junto con el párroco actual, Leonardo Terrazas, en impulsar esta iniciativa de celebración de aniversario de un cura de pueblo auténtico y original; aquí transcribo su reflexión sobre el acontecimiento.

Los meses de ensayo que precedieron a la representación de la obra teatral Id al pueblo, sobre la vida y obra de don Ezequiel Fernández Santana –escrita por el sacerdote diocesano Eugenio Campanario, con adaptación y dirección de José María Romero– supuso para los actores, el director y los ayudantes que participamos en ella un momento de reflexión en nuestras vidas. Fueron ensayos con alma, llenos de guiños, de compañerismo, de empuje en una misma dirección. Con el empeño de hacer realidad su puesta en escena ante la llamada del párroco, Leonardo Terrazas, quien empeñó sus fuerzas en que ello fuera posible. Y no fue fácil. Conocida la figura de don Ezequiel y entendida su misión en Los Santos y el valor que «el cura de Los Santos» dio a la doctrina social de la Iglesia, actores y actrices, niños y mayores, pusieron todas sus energías en el valor del anuncio del Evangelio. Sabíamos que el «cura de Los Santos» llegó al pueblo ante la reticencia de quienes desconfían de todo lo nuevo. Pero poco a poco, con hechos, su mensaje fue calando. Como en tiempos de Jesús, sus mismos apóstoles en el inicio de su vida pública no creyeron en su palabra. Pero luego su mensaje se propagó con una suerte de «discípulos» comprometidos.

A su llegada a Los Santos como párroco, don Ezequiel sabía que, tras su fracaso en Fregenal, en Los Santos tenía que cambiar la dinámica si quería crear sindicatos de perfil católico frente a los ya creados «sindicatos de clase». La «formación antes que el sindicato». Fue la línea que marcó el carácter de la misión de don Ezequiel, que se vio trufada por muchas realizaciones, todas ellas novedosas en una época con analfabetismo insostenible en una España confusa. Los Santos se convirtió para el sacerdote y sus colaboradores en un laboratorio de ideas que surgían de un hombre que simplemente se sentía un cura de pueblo: enseñanza para niños y adultos, lucha contra la usura creando una Caja rural, distribución de tierra a los más pobres, centro de experimentación de plantas más adecuadas para la tierra, formación militar o universitaria, apoyo a universitarios en Madrid…

«Mi nombre es Ezequiel Fernández Santana, natural de Valencia del Ventoso. Simple y llanamente un cura de pueblo…», se dice en el texto de la obra teatral.

La tarea de este sacerdote singular, pero a la vez muy plural, se desarrolló durante la Primera Guerra Mundial y la Guerra Civil española. Esta última supuso la puntilla para don Ezequiel.

Hay una escena en la obra, cuando una serie de mujeres preguntan al médico que lo atiende sobre la enfermedad que afecta a don Ezequiel; el médico contesta que «la pena» por ver cómo sus alumnos –a veces entre hermanos– se enfrentan en una guerra fratricida.

Tras semanas de ensayo, de ilusión en la elección de los personajes, la prueba de los trajes, la dinámica con los actores más jóvenes, los niños, tan cercanos a la obra de don Ezequiel, y la búsqueda de la escenografía, tuvo lugar la representación en el teatro-cine Monumental de Los Santos el 25 de octubre de este año; también se pretende representar en Valencia del Ventoso.

Parecía que don Ezequiel estaba allí, entre nosotros, insuflando ilusión evangélica, porque, al margen de que se trata de actores no profesionales, la fuerza que imprimieron a los textos ha sido increíble. Empezando por José María Romero en el papel de don Ezequiel; un personaje dentro de la obra cargado de un profundo calado espiritual.

La del estreno fue una noche mágica, de emociones, de lluvia fina de catequesis, de recuerdos y de admiración por la figura de un hombre que dejó sembrada una semilla que, aun después de más de cien años, sigue viva en Los Santos.

Don Ezequiel también empleó el teatro –al igual que la fotografía o la educación física– para resaltar sus proyectos educativos, y esta obra Id al pueblo toma el título de un escrito del papa León XIII para animar a sus alumnos a que se mezclaran, como el pastor, con las ovejas en una época en que la jerarquía de la Iglesia ejercía un poder piramidal muy complicado para pertenecer a movimientos sacerdotales empeñados en promover la doctrina social de la Iglesia que emanaba de las encíclicas Rerum novarum y Quadragesimo anno.

En resumen, quienes hemos tenido el privilegio de convertir en carne teatral los textos que sobre la vida de don Ezequiel ha escrito el sacerdote Eugenio Campanario, hemos recibido una buena ración de catequesis de fe y hemos percibido en los espectadores que la vieron en el teatro Monumental cómo el Evangelio predicado por Ezequiel estaba muy presente. Porque Ezequiel fue un cura que hizo mucho en Los Santos, pero desde la perspectiva de un púlpito cercano al pueblo situado al mismo nivel que sus vecinos de Los Santos; un cura que, durante más de veinte años, se dedicó en cuerpo y alma a transmitir las bases en las que se cimentan los evangelios: «Dar al que no tiene», «enseñar al que no sabe», «sembrar el amor», «ayudar al enfermo»… Consolar, asistir, propagar la fe, predicar esperanza.

Valores que surgen en los diálogos de Id al pueblo; una obra que, aunque narra hechos de hace muchos años, en una España tan distinta de la de ahora, siguen vigentes, porque la esencia de don Ezequiel y su personalidad arrolladora siguen estando ahí.

La verdad de una vida apostólica y ministerial

Jesús llama a Pedro y todos los apóstoles a la conversión personal y pastoral. Desde el «me amas» hasta el «pastorea mis ovejas» hay una continuidad radical. El pastoreo ha de nacer del amor de Cristo acogido en nuestras pobres personas para que los otros puedan encontrar en nosotros esos mismos sentimientos de él, desde su compasión y su misericordia.

La Iglesia, hoy, como nos recuerdan los obispos españoles en su último documento Iglesia acogedora y misionera, atendiendo a los emigrantes, ha de orientarse hacia esa conversión personal y pastoral, que incluye:

Volver a Jesucristo. Toda actividad pastoral adquiere sentido en la medida en que nos hace vivir más arraigados en el Señor y la vida de gracia, así como crecer en la amistad con Jesús, la alegría de la fe. El Evangelio es una escuela para aprender a ver, a mirar con el corazón.

El valor de la hospitalidad. Nuestras sociedades necesitan abrirse con urgencia al valor de la hospitalidad como principio de humanización y puente entre las culturas y las personas.

Actitudes con futuro:

Maternidad de la Iglesia de puertas abiertas, que acoge.

Mirada contemplativa sobre lo que sucede en la vida de las personas. Creatividad para imaginar espacios de encuentro y oración.

Salir de las zonas de comodidad para ir a los foros donde se protege la cultura de la vida. Hoy estamos llamados todos a encontrarnos con Cristo en la novedad de su Evangelio,

sin interferencias, directamente, en lo profundo de nuestro ser y nuestro sentir. Está en juego la verdad de nuestra fe y de nuestra comunidad eclesial; solo seremos verdaderos si, tocados por la gracia de Jesús de Nazaret y adentrados en su modo de amar y querer, mostramos la acogida de Dios y el deseo de que todos los hombres se salven y vivan en dignidad y libertad.

Los más débiles, en muchos casos identificados con los emigrantes, serán el termómetro de nuestra vivencia de la fe y nuestra conexión con Cristo. En la medida en que ellos se sientan acogidos y reconocidos se mostrará la verdad de nuestra fe y nuestra fidelidad amorosa a Cristo. A esto estamos llamados desde los obispos hasta los últimos monaguillos.

Acordes encarnados:

Id al pueblo

 55. ID AL PUEBLO | A. Calvo & P. Monty

Id al pueblo, donde el barro

se confunde con la luz,

donde el cura va descalzo

y el sermón es una cruz.

No de mármol, no de oro,

sino de amor encarnado,

en el alma del que sufre,

en el pan del marginado.

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