Leydi, carmelita seducida por la Trinidad

"Ya no te llamarán abandonada... serás mi preferida"

En nuestra diócesis andábamos preparando la vigilia de Pentecostés como culminación del tiempo pascual. La vigilia fue preparada al hilo de la Palabra de Dios, acompañada por testimonios variados de personas y estados de vida. La mayoría de laicos comprometidos y organizados en la pastoral y en la evangelización, enviados en medio del mundo. Junto a ellos también escuchamos el testimonio de Laydi Diana. Me comentó que tenía que elegir un símbolo de su proceso y que había pensado en una planta, le hablé de una que yo había recogido junto al contenedor de basura. Me llamó la atención que estuviera allí abandonada, llena de pinchos y alguna flor, la llevé a casa y la introduje en un macetero bello que yo tenía, ahora estaba enseñoreada en mi balcón. A ella el pareció providencial lo que le estaba comentando y por el parecido con su relato. Le ofrecí la planta como regalo y ella se alegró de poder llevarla consigo a la celebración. Y así lo hicimos, después alguien me comentó que a esa planta se le llamaba la "Corona de Cristo", una botánica me aclaró más tarde que era parecida pero no era esa misma. De todos modos no venía mal ese denominación para todo lo que traíamos entre manos. Con motivo de la Trinidad, fiesta de especial recuerdo de las contemplativas que ponen en el centro de sus vidas al absoluto divino en sus tres personas, me ha parecido bello traer a colación aquí su testimonio de seducción y amor en la vida de este hermana carmelita.

Tú mi preferida: Corona de Cristo

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“Voy a infundir en vosotros un espíritu que os hará vivir” Ezequiel 37,5

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Soy Leydi Diana, Carmelita Descalza del Monasterio de la Inmaculada Concepción de Talavera la Real.

Esta Palabra hace eco en mi corazón, porque el Señor por medio de ella ha obrado en mí. Cuando me encontraste Señor, mi corazón estaba seco, muerto por el odio a mi papá; estaba insatisfecho, sediento de ser amado. Estaba como una planta descuidada, con la tierra seca.

Me dijiste: “Escuchad la Palabra del Señor”.

Y por tu Espíritu he escuchado tu Palabra.

Señor gracias porque con tu Palabra me has dado vida, has regado y abonado la tierra de mi corazón, como hace el agua con las plantas. A través de ella me has confrontado y me has dado la gracia de reconocer que mi corazón estaba enfermo por mis pecados y sediento porque buscaba la vida donde no la hay: en el afecto de las personas, el estudio y el trabajo; los cuales no me dañaban en sí, sino porque les entregué mi corazón, determinando mi vida y queriendo encontrar en ellos lo que mi corazón pedía.

Me has dicho: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os daré descanso” y así ha ocurrido, porque pude volver a la Iglesia desde el sacramento de la reconciliación, después de diez años de no confesarme.

Así mismo escuché: “Honra a tu padre y a tu madre y tendrás vida eterna” y también, a quien poco se le perdona poco amor muestra”, para reconocer la necesidad de reconciliarme con mi papá y ponerme en camino para hacerlo.

Luego escuché: “El Señor me llamó desde el vientre materno” y “yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas». Me hizo caer en la cuenta de que necesitaba permanecer en la Iglesia y descubrir mi verdadera vocación.

Más tarde escuché: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Y me puse en pie y disponible para hacer tu voluntad, donde tu quieras y como tú quieras. Y aquí estoy por tu voluntad.

Y cuando me has dicho: “No os dejaré huérfanos” Me has invitado a reconocerme hija de Dios y encontrar en Tu Amor Todo lo que anhela mi corazón, siendo consciente que para ello necesito estar en continúo diálogo contigo todos los días y en cada momento, para decir y vivir como dijo Santa Teresa de Jesús, “Solo Dios basta”.

Gracias Señor por abrirme el oído para escuchar tu Palabra y dejarme modelar por ella. Por ella has iluminado mi oscuridad, se ha cumplido “pondré mi espíritu en vosotros y viviréis”.

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