Misión y envío, con los "locos de Dios"

Extraído de "Sinfonía divina, acordes encarnados" Edit. PPC (XI Domingo)

La misión y el envío:

El Papa León nos lo acaba de mostrar con palabras, gestos, celebraciones... La identidad de la comunidad del Resucitado no está en la autorreferencia de los apóstoles, sino en su envío y misión. La Iglesia solo se identifica y es original cuando, a pesar de todo, no hace otra cosa que evangelizar apoyada en la experiencia profunda de Cristo, que la fortalece y la vitaliza en la mayor dificultad, dolor o debilidad. Ahora es tiempo de silencio y fecundidad, de presencia en el mundo con las claves de lo humano en la mayor profundidad de ternura y de cuidado con los pobres y los oprimidos de la historia. No se necesita otra iglesia que la del Dios encarnado y entregado para la salvación de los que sufren. La de la gratuidad sin medida.

bendito y bendecido
bendito y bendecido

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO

En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dijo a sus discípulos:

–La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.

Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, el llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el fanático y Judas Iscariote, el que lo entregó.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:

–No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis. Mateo 9,36-10,8

El misionero Ernesto en Mongolia

Podría haber pasado inadvertido hasta la resurrección, en el encuentro con Cristo glorioso definitivo. Pero la inquietud de un ateo profundo y coherente lo ha desvelado ante el mundo a través de un libro que tenía como intención hablar sobre el papa y se ha hecho testimonio de personas sencillas y ocultas que viven en la fuerza del Resucitado. Javier Cercas, en su libro El loco de Dios, da referencias de personajes ocultos, pero claves, en lo que él intentaba indagar, deseando conocer la verdad de fondo de este misterio que es la Iglesia, en la que el papa tiene oficio de pastor. Extraigo este diálogo precioso del autor con el misionero Ernesto en Mongolia para iluminar y entender el texto evangélico en un lugar tan apartado y, sin embargo, tan central de la Iglesia y su misión.

–Pero, dígame la verdad, padre Ernesto. ¿Nunca tiene dudas?

–Ah, sí. –Se ríe, sacudiendo la cabeza, y vuelvo a entrever el empaste metálico en su dentadura superior–. Muchas. Muchas. Muchas dudas… Dudas sobre mi vocación. Sobre mi trabajo de misionero. Sobre todo… Siempre he tenido dudas, desde que me ordené sacerdote.

¿Cómo no las voy a tener…? […]

–¿Y sobre su propia fe?

–No, sobre eso no –contesta el padre Ernesto: ahora el sol de la tarde baña con una luz de oro viejo la mitad de su cara; el visillo semicerrado de su ventanal ensombrece la otra mitad–. Nunca he pasado por una de esas noches oscuras por las que pasan los santos… La fe nunca me ha fallado, por eso no soy un santo… Pero todas las demás dudas sí las he conocido… En África las tenía, aquí las tengo también… «¿Y si todo esto no sirve para nada?», me pregunto a veces.

«¿Estoy haciendo lo que esta gente necesita? ¿Les estoy ayudando de verdad o estoy perdiendo el tiempo y se lo estoy haciendo perder a ellos?». Esas dudas las tengo a diario. Y la fe no te sirve para anularlas, eso no, pero sí para manejarlas y seguir adelante… Te dices: «Bueno, no estoy aquí para recoger ninguna medalla. Estoy aquí porque el Señor lo ha querido. Hay que continuar peleando…». En fin, no creo que Jesús tuviera una vida fácil, ¿eh? La suya fue una vida dura. Eligió la pobreza, trabajó sin parar y al final, ¿qué éxito tuvo? Dime, ¿qué éxito?

El padre Ernesto se ha ido indignando poco a poco, pero su indignación resulta cómica, como la parodia de una indignación.

–Un desastre, hombre, una calamidad, nada de nada… Al Señor lo han echado a patadas de todas partes, y al final, ¿qué? La cruz… Toma éxito… ¿Sus discípulos? Menuda panda: cuatro gatos que salieron pitando en cuanto los soldados fueron a apresarlo… Y te dices: pero ¿qué éxito ni qué éxito? Lo que Jesús cosechó fue un fracaso absoluto… Eso es lo que cosechó… Sí, después de muerto sí, ahí ya fue otra cosa, claro, pero a buenas horas, mangas verdes, ¿no te fastidia…? No: en vida lo pasó de pena, una catástrofe total. ¿Te acuerdas de lo que le dice a su Padre en el huerto de Getsemaní? Le dice: «Padre, si es posible, aleja de mí este cáliz». Porque tenía mucho miedo, porque lo estaba pasando muy mal… Y uno se dice: «Si así lo pasó él, que era el Hijo de Dios, bien puedo yo aguantar un poco, ¿no?». ¿Tengo razón o no, Javier?

Circulamos por las afueras de Ulán Bator, un territorio donde el desamparo de los eriales repletos de cascotes, malas hierbas y esqueletos de edificios en construcción cede cada vez más el paso a un bucolismo de postal: colinas verdes a lo lejos, árboles frondosos y ranchos poblados por cabras, caballos y gers. Un sol resuelto asoma desde hace rato entre el smog y las nubes. El interrogante del padre Ernesto ha quedado flotando sin respuesta sobre el zumbido del motor del autobús; para no contestarle, desvío la conversación hacia su comunidad de misioneros: le pregunto si ha visto pasar momentos difíciles a sus camaradas más jóvenes.

–Claro –contesta el padre Ernesto–. Todos pasamos por momentos difíciles, pero… Mira, cada generación de misioneros es un reflejo de su tiempo, cada una es distinta y sus miembros son distintos… Los misioneros heroicos, los que bautizaban a miles y miles de personas, esos ya no existen, o es muy difícil que existan, aunque yo todavía alcancé a verlos; un tío mío, por ejemplo, no sé si te hablé de él, yo lo admiraba inmensamente: ni siquiera era sacerdote, no había estudiado ni teología ni nada, pero era un hombre de una fe enorme y se pasó cuarenta años en Tanzania, construyó montones de escuelas, hospitales, iglesias… Luego vino mi generación, la de los años sesenta y setenta. Era totalmente distinta, aquel era un tiempo de grandes cambios, de grandes revoluciones políticas, de grandes ideologías, la teología de la muerte de Dios, la guerra de Vietnam… ¿A cuántas manifestaciones fui contra esa guerra cuando estudiaba en Londres? ¿A cuántas a favor de la paz en Irlanda? Mi generación es así, viene de ahí… Hoy, en cambio, los misioneros son hijos de la posmodernidad, con todas sus ventajas y todos sus límites. La fragilidad psicológica, la dificultad para adaptarse a ambientes donde se requiere un cierto sacrificio… Pero, al mismo tiempo, son listísimos, saben montones de cosas que nosotros no sabemos, tienen virtudes que nosotros no tenemos, se han educado en la ecología, en el feminismo, asuntos de los que en nuestra época apenas se hablaba… Así que su forma de ser misioneros es distinta de la nuestra. Nuestro lenguaje apenas ha cambiado, las palabras esenciales son las mismas: «misión ad gentes», «castidad», «pobreza», «obediencia», «carisma», «vocación», «gracia»; las palabras son iguales, pero a veces su significado cambia… El significado es distinto porque la realidad es distinta. Y cuando vives una vida comunitaria con misioneros tan jóvenes, llegados de tantos lugares distintos, como me pasa a mí, tu forma de ver las cosas debe armonizarse con la suya, por usar un verbo muy asiático que el papa ha usado mucho estos días… Y ese armonizarse es magnífico, aprendes mucho de esos chavales.

Misión hoy: con Jesús en su Iglesia

Nuestro Dios no es el poderoso que impone «rapidación» y tensión en la misión. Más bien lo contrario. La propia creación va con la cadencia de lo ordenado en la paz y en la luz, cada mañana, cada tarde, cada noche, la acción va concatenada con la paciencia que requiere el nacimiento de lo real y lo auténtico. Nada forzado, todo a través de la palabra suave que tiene como única fortaleza que se cumple con sencillez y naturalidad.

Bendita naturalidad que emerge de lo divino y quiere convertirse en sostén del ser. El éxodo y su historia de liberación va por el mismo camino de un Dios calmado que va encontrando lugares y personas para la acción y fortaleciéndoles para ella. El propio Moisés es llamado en el lugar de la calma y la tranquilidad, tras la huida de los espacios faraónicos. En la tranquilidad del Sinaí recibe las leyes de la vida y del amor. Y los conduce a la tierra prometida, donde mana la leche y la miel, donde se vive en la paz y el descanso del pueblo elegido.

Los profetas vienen de la tranquilidad y de la seducción y Dios los acompaña en la misión para que no pierdan el horizonte en los momentos de dificultad. Desde ellos, Dios llama e invita al pueblo a la esperanza del descanso y la tranquilidad, con el agua pura que les purifique, con los montes y los valles, que se igualarán, con las mesas de un banquete universal lleno de alegría y de paz con los manjares de la fraternidad universal.

Jesús se muestra fiel al Padre en la invitación a darle a cada día su afán, a saber, vivirlos sin perder la calma y el calor de lo sereno, como los lirios del campo y los pajarillos, que saben hacer y ser en cada momento, sin agobiarse continuamente por el mañana. Él sabe estar con los amigos, sentarse a la mesa, pasear por el campo, respirar a fondo en la madrugada y gustar el silencio de la noche en la soledad del que contempla lo vivido.

Por eso, cuando llama a sus discípulos y apóstoles, no olvida esta dimensión, sino que más bien la cuida y la propone continuamente. Siempre que hay una acción que tiene algún carácter extraordinario, ya sea antes de realizarla o una vez hecha, busca el tiempo, el espacio, el modo para profundizar en lo vivido en el clima de la brisa donde Dios se hace presente.

Dios no está en el ruido constante, en la acción desmesurada, el deseo de eficacia y de éxito, en el aparataje agotador, en los momentos espectaculares. No está en el agotamiento de los activistas sin fondo. Tampoco en las programaciones y reorganizaciones asfixiadas y agobiantes, como profetas desesperados de los baales.

Dios se hace presente en el proceso del camino compartido, en el dejarse hacer para la misión, cediendo todo el protagonismo a Jesús y su Evangelio. En aquello que se contempla con fe y con profundidad, como el grano de mostaza y la pequeña levadura en la masa.

La Iglesia hoy, en su revisión pastoral y en su conversión organizativa, ha de tener presente esta invitación a lo calmado y profundo. Ha de irse al lugar de lo tranquilo y adentrarse en la soledad habitada para volver a ser como aquellos discípulos que, invitados por Jesús, se sentaban a su alrededor con el espíritu de leer en creyente el momento y no buscar estrategias, sino dejarse llenar con paz de los verdaderos sentimientos de Cristo, aquellos que se adquieren en la relación personal y comunitaria con él. Hoy necesitamos de equipos apostólicos que tengan claro que no hay misiones en la Iglesia, sino que solo existe una misión, la de evangelizar, y esto nadie puede hacerlo por su cuenta y con sus fuerzas, sino en Cristo como equipo apostólico. Necesitamos tiempos y espacios para adentrarnos en esta mirada de nuestro quehacer como seguidores de Jesús.

Acordes encarnados:

46. ERNESTO, APÓSTOL DE CRISTO | A. Calvo & P. Monty

Ernesto, apóstol de Cristo

Nadie ve su batalla secreta,

nadie escucha su guerra al orar,

pero el cielo, en silencio, le besa,

y le da una razón para amar.

Y al final de sus días cansados,

cuando Ernesto no pueda andar más,

se sabrá que en su siembra callada

brotó vida que nunca se irá.

No por fama, ni estatuas ni honores,

sino porque eligió caminar

donde Dios le llamó sin promesas…

y eso basta para continuar.

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