Qué torpes y necios sois para entender la Escritura La noche está servida y Él está a la puerta...

Él, resucitado, sueña despierto con su cuerpo la Iglesia, con su familia comunitaria, y hacer soñar al anciano papa Francisco para que le ayude a llamar a nuestras puertas, nos trae un espíritu que ilusiona y envía. Trae alas de altura y libertad, de vida nueva, para un confinamiento de salvación.

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Las casas habitadas, las ventanas abiertas, los balcones llenos de aplausos, pero todos confinados… y hay alguien que se para en la puerta y llama, que desea estar con nosotros porque la tarde está avanzada y la noche la tenemos encima. Solo entrará si nosotros le abrimos las puertas de nuestra vida para que nos habite con su presencia iluminadora y transformadora. Él sabe de crisis y oscuridad, de miedos y debilidades, de abandono y soledad, de muerte sin razones, pero sobre todo sabe de vida nueva, de nacer desde lo alto, de vencer la muerte con amor. Y quiere entrar en el corazón de su propia iglesia, de su comunidad, del verdadero templo, de cada cristiano, porque estos son momentos para salir, para convertirnos y reconciliarnos con la vida, con la luz, con el verdadero camino, bebiendo en la mejor fuente, donde nace el agua que salta hasta la vida eterna.

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Él, resucitado, sueña despierto con su cuerpo la Iglesia, con su familia comunitaria, y hacer soñar al anciano papa Francisco para que le ayude a llamar a nuestras puertas, nos trae un espíritu que ilusiona y envía. Trae alas de altura y libertad, de vida nueva, para un confinamiento de salvación. No quiere que estemos tristes y ofrece la alegría del evangelio, no quiere que sigamos gritando en la queja desalentadora, sino que entremos en la alabanza, no nos quiere perdidos y nos presenta la alegría del amor, quiere reconciliarnos con la naturaleza para que podamos llamar querida a la que había sido abandona y esquilmada.  Quiere que nuestro gozo sea tal que no podamos estar quietos y necesitemos llevarlo a toda la humanidad y a toda la creación. Nos quiere ilusionados y enviados.

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Ilusión y misión, dos claves fundamentales para una iglesia evangelizadora que quiere llegar a los hombres con la verdad de la salvación. El camino se hace largo, a veces duro y cuesta mantener los ojos abiertos e ilusionados para una lectura creyente del cansancio y del fracaso histórico, para este momento de pandemia e incertidumbre. Los creyentes se desilusionan, se acomodan, se aburguesan… y volvemos tristes y cansados, hemos de refugiarnos vencidos por la pequeñez de nuestra propia debilidad y pobreza, por nuestra ignorancia. La acedia se impone sobre nuestros corazones. Y ahí vuelve a ponerse a nuestro lado el espíritu anónimo de Jesús, para compartir nuestro camino, para hacer confinamiento con nosotros, para tocar el corazón, para encenderlo y volver a ilusionarnos con su Espíritu resucitado.

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 La iglesia, cada uno de nosotros, hoy ha de pararse, entrar dentro de nosotros mismos,  hablar con Él, desahogarse con El, invitarlo a nuestra pequeña casa oscura, entrar en el atardecer en su intimidad, y permitirle que meta fuego a nuestro corazón, para que se ilumine la noche y podamos volver a la comunidad y a la calle de la vida ilusionados y con el deseo de despertar a otros muchos que también caminan con tristeza desilusionada, a aquellos que esperan un compañero de camino que les encienda con amor y fe sus corazones. Tú y yo podemos ser los discípulos de Emaús, de ida y de vuelta. Aprovechemos que estamos en casa para interiorizar y acogerle para comer el pan de la vida y sentir cómo nos envía de nuevo, con nuevo amor para darnos y saltar de gozo y alegría en la comunidad de lo humano y de lo natural, con el disfrute del evangelio que se hace realidad en la vida.

Ahora es el momento, la noche está servida y Él está a la puerta.

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