Oración ante el Cristo del Humilladero

La gloria y exaltación de lasanta Cruz: nuestros Cristos

Siempre he sentido este día como algo especial... desde pequeño en el pueblo. Mi mirada ante este Cristo crucificado ha marcado mi relación con el Jesús del Evangelio, me pareció siempre tan humano en esta imagen, y tan luminoso para entender un modo de pensar, sentir y actuar como él. Más que pedirle siempre le admiré y me atrajo su personalidad, nunca desligué esta imagen con lo que descubría y sentía de su persona en el evangelio...algo así me sigue ocurriendo ante todas las imágenes del crucificado, de fondo siempre esa oración de "quiero ser como tú... te admiro y me atraes...". Hoy estaré en Fuente del Maestre con el Cristo de la Misericordia y en la tarde acompañaré a la comunidad parroquial de Fería, celebrando y procesionando su Cristo de la agonía... cada advocación nos descubre una mirada, un sentir, un penasmiento, una acción, la entrega amorosa de este Dios humanado hasta la sangre y la muerte... Que no se haga mi voluntad sino la tuya.

14 de septiembre celebramos la Exaltación de la Santa Cruz, el sentido glorioso de este amor entregado que ha resucitado y vive para siempre.

Las calles de mi pueblo ante Cristo

Y, ahora, en la soledad de la noche, de madrugada, cuando a través de las redes me llegan imágenes del Cristo de mi pueblo -Granja de Torrehermosa- , ya dispuesto para procesionar, y de las calles ya preparadas de fiesta, color y alegría para recibirlo con devoción y unción. Yo me silencio y me adentro en esta religiosidad, en los sentimientos que la acompañan y que hoy habitan en la gente sencilla de los pueblos. Centro mi mirada en el rostro de Cristo y en mi calle, donde veo y siento mi casa entre todas las casas de mis vecinos, y musito mi oración callada y sentida en mi corazón. Lo hago recordando la última mirada de mi madre en su agonía y contemplando el rostro del Cristo del humilladero en la suya, y me hago eco de las palabras de Jesús en la cruz dentro de mi corazón: "Mujer, aquí tienes a tu hijo; hijo, aquí tienes a tu madre".

Recuerdo el himno de la liturgia de los viernes:

"En esta tarde, Cristo del Calvario,

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero, al verte, mis ojos van y vienen

de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza?

El ímpetu del ruego que traía

se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,

estar aquí, junto a tu imagen muerta,

ir aprendiendo que el dolor es sólo

la llave santa de tu santa puerta".

Acabo de prometer no pedirte nada, que mi boca no sería pedigüeña, pero ahora se me escapa el deseo como petición. La mirada de hijo y madre en el calvario, y la ternura a borbotones que se respira en tu corazón crucificado me obligan a la petición de lo sublime: "Dame, Señor, tu ternura y tus entrañas". Misericordia, Señor, misericordia.

Danos tu mirada y tu palabra oportuna para mostrar tu ternura a los que la necesitan. En la cruz te preocupas por el dolor de quien te acompaña en un amor traspasado, con un dolor anunciado y aceptado, como voluntad del Padre a favor de los hermanos. Quiero, como tú, tener entrañas de consuelo y cuidado, de ternura y entrega para que nadie esté solo ni descuidado. Quiero que, en este mundo nuestro, a la madre nunca le falte el amor del hijo, y que al hijo nunca le falte la ternura amorosa de la madre. Que todos lleguemos a tener corazón de hijo como Tú, y entrañas de madre como Ella. Y me sobrecoge tu suspiro último, tu expiración humilde y mi última mirada al aliento postrero de mi madre en su agonía. Y escucho tu sentencia: "Todo se ha cumplido".

El centurión se ha dado cuenta al verte morir, y Pedro pronto te lo va a decir: "Señor, tú sabes que te quiero". La palabra del Padre ha quedado cumplida en tu amor entregado, en tu expiración de radicalidad en el Espíritu. Con tu muerte ha caído todo muro, el cielo y la tierra se han encontrado para la eternidad; ya no pueden permanecer los muertos en la muerte, ya tienen que resucitar. Porque el mártir amado del Padre ha cumplido su palabra, y ahora toda palabra está en el corazón y en las manos del Padre.

Sólo nos queda esperar su fidelidad y misericordia, que se hará luz en el hijo amado rompiendo la atadura de la muerte para siempre. Al cumplimiento y la obediencia amorosa del hijo amado corresponde una vida a la medida del corazón del Padre, una vida eterna, el crucificado ha sido resucitado.

Sí, sólo nos queda esperarla confiados. ¿Cómo no vamos a querer morir contigo, cómo no vamos a desear ser como tú, tener tu palabra, tu corazón, tus manos, tus pies?, ¿cómo no querer clavarnos en tu mirada para sentir, como tú, en medio del mundo?

Ahora ya, tú eres nuestro tesoro escondido, que tenemos que gritarlo por la alegría que nos das. Ahora, ¡tú eres nuestra fuerza! Ahora, agarrados y abrazados a ti en la cruz, queremos que también en nosotros se cumpla la voluntad del Padre y, entre todos, sepamos llevar la cruz de nuestra humanidad, limitada y sufriente, hasta las manos del Padre para que la resucite con la fuerza de su corazón que ha explotado en la lanzada del costado del crucificado, y nos ha dado para siempre el agua que nos purifica y la sangre que nos salva.

Por eso, hoy, Cristo bendito, sólo presentamos nuestro deseo al verte y adorarte en la cruz. Hoy y siempre, queremos ser como Tú.

José Moreno Losada. Sacerdote de Badajoz

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