Jueves santo: Sacerdocio y servicio
El Papa y Carlos, el diácono de mi diócesis
Jueves santo: Sacerdocio y servicio
JUEVES SANTO
EN LA CENA DEL SEÑOR
Juan 13,1-15
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro, y este le dijo:
–Señor, ¿lavarme los pies tú a mí? Jesús le replicó:
–Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde. Pedro le dijo:
–No me lavarás los pies jamás. Jesús le contestó:
–Si no te lavo no tienes nada que ver conmigo. Simón Pedro le dijo:
–Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo:
–Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.
Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios». Cuando acabó de lavarles los pies tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:
–¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro y
«el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.
Meditación del Santo Padre a los seminaristas (24 de junio de 2025)
Queridos todos:
A Cristo, que los llama, le dicen «sí», con humildad y valentía. Y este «aquí estoy» que le dirigen brota en la vida de la Iglesia y se deja acompañar por el necesario camino de discernimiento y formación.
Jesús, como saben, los llama, en primer lugar, a vivir una experiencia de amistad con él y con sus compañeros de cuerda (cf. Mc 3,13); una experiencia destinada a crecer permanentemente incluso después de la ordenación y que abarca todos los aspectos de la vida. De hecho, no hay nada en ustedes que deba descartarse, sino que todo debe asumirse y transfigurarse en la lógica del grano de trigo, para convertirse en personas y sacerdotes felices, «puentes» y no obstáculos para el encuentro con Cristo para todos los que se acercan a ustedes. Sí, él debe crecer y nosotros debemos menguar para que podamos ser pastores según su Corazón.
En cuanto al Corazón de Jesucristo, ¿cómo no recordar la encíclica Dilexit nos, que nos dio el amado papa Francisco? Precisamente en este tiempo que viven, es decir, el tiempo de formación y discernimiento, es importante centrar la atención en el centro, en el motor de todo su camino: ¡el corazón! El seminario, sea cual sea su concepción, debe ser una escuela de afectos. Hoy, de manera particular, en un contexto social y cultural marcado por el conflicto y el narcisismo, necesitamos aprender a amar y a hacerlo como Jesús.
Como Cristo amó con corazón de hombre, ¡están llamados a amar con el Corazón de Cristo! Pero para aprender este arte necesitan trabajar en su interioridad, donde Dios hace oír su voz y donde comienzan las decisiones más profundas; pero que también es un lugar de tensión y lucha (cf. Mc 7,14-23), para convertirse, de modo que toda su humanidad huela a Evangelio. Por lo tanto, el primer trabajo debe hacerse en la interioridad. Recuerden bien la invitación de san Agustín a volver al corazón, porque allí encontramos las huellas de Dios. Adentrarse en el corazón a veces puede asustarnos, porque también contiene heridas. No tengan miedo de cuidarlas, déjense ayudar, porque precisamente de esas heridas nacerá la capacidad de estar cerca de quienes sufren. Sin la vida interior, ni siquiera la vida espiritual es posible, porque Dios nos habla allí mismo, en el corazón.
Eviten la superficialidad y reúnan los fragmentos de la vida en oración y meditación, preguntándose: ¿qué me enseña lo que estoy viviendo? ¿Qué le dice a mi camino? ¿Adónde me lleva el Señor?
Queridos, tengan un corazón manso y humilde como el de Jesús (cf. Mt 11,29). Siguiendo el ejemplo del apóstol Pablo (cf. Flp 2,5ss), asuman los sentimientos de Cristo para progresar en la madurez humana, especialmente afectiva y relacional.
En un mundo donde a menudo reina la ingratitud y el afán de poder, donde a veces parece prevalecer la lógica del derroche, están llamados a ser testigos de la gratitud y la generosidad de Cristo, del júbilo y la alegría, de la ternura y la misericordia de su Corazón. A practicar el estilo de acogida y cercanía, del servicio generoso y desinteresado, permitiendo que el Espíritu Santo
«unja» su humanidad incluso antes de la ordenación.
El Corazón de Cristo está animado por una inmensa compasión: él es el Buen Samaritano de la humanidad y nos dice: «Ve y haz tú lo mismo» (Lc 10,37). Esta compasión le impulsa a partir el pan de la Palabra y a compartirlo con las multitudes (cf. Mc 6,30-44), permitiéndonos vislumbrar el gesto del cenáculo y de la cruz cuando se habría dado a comer, y nos dice: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6,37), es decir, haced de vuestra vida un don de amor.
¡Buen viaje! Los acompaño con mi bendición.
Un joven diácono allí presente
Carlos comparte con nosotros su reflexión ante la alocución del papa León:
Ser cristiano hoy, y más aún joven diácono en camino hacia el sacerdocio, es una aventura de amor radical, de entrega silenciosa y de servicio humilde. El papa León XIV nos ha recordado que nuestra vocación nace del encuentro con un Cristo vivo que nos llama no a una posición de privilegio, sino a una amistad profunda con él, una amistad que se fragua en la interioridad, en la oración, en el silencio, en ese lugar donde Dios susurra y transforma.
A los 23 años, cargado de ilusiones, temores y sueños, descubro que este camino no se trata de prestigios ni reconocimientos, sino de lavarle los pies a la humanidad. Como Jesús en el cenáculo, el Maestro que se abaja para lavar los pies de sus discípulos, así también nosotros, discípulos suyos, estamos llamados a inclinarnos ante el dolor, la pobreza, la soledad, la incomprensión del mundo. Porque el verdadero poder está en el servicio, y la verdadera autoridad, en la compasión.
Seguir a Jesús es aprender a discernir entre tantos ruidos el grito de los pobres, el silencio de los desesperados, el susurro del Espíritu en el rostro del hermano. No basta con saber teología; hay que dejar que la Palabra toque la carne y haga de nuestra vida un pan partido.
El diaconado, vivido con intensidad, es el umbral del sacerdocio, pero también es la primera y definitiva consagración al servicio. No es un escalón, es ya un envío: «Dadles vosotros de comer». Es hacerse pan, hacerse toalla y jarra, como en el evangelio de Juan.
Jesús no llama a héroes, llama a amigos. A quienes se atrevan a decir «aquí estoy», aun con miedos y dudas, pero con el deseo de dejarse transformar. Hoy, ser cristiano, ser joven diácono,es ser testigo de esperanza en medio de un mundo que muchas veces no cree ni en Dios ni en el hombre. Es ser luz encendida por la oración, por la eucaristía, por el amor al Evangelio.
arlos Rodríguez
Jueves: la revolución del lebrillo y la toalla
La auténtica revolución cristiana comienza con las armas de una toalla ceñida y un lebrillo para lavar los pies cansados y doloridos. No llega por el camino del poder y la fuerza, ni siquiera por la sabiduría y la riqueza, tampoco por el honor del mundo. Llegó arrodillada, acariciando los pies heridos, lavando manchas del dolor y agotamiento y secando con la ternura de un amor sin límites. Se levantó en libertad desde los últimos y los pequeños y se fue haciendo verdad sin ruidos, en silencio, como la levadura lo hace por la noche en la masa, como el grano de mostaza que se hunde en tierra para brotar y dar fruto nuevo.
¿Quién es Jesús? Un hombre justo, un amigo, un pobre, un paisano, anónimo, oculto, en su pueblo con su gente, pero auténtico a carta cabal, sin dobleces, firme en la apuesta por la dignidad y la justicia para cada ser humano, sin distinción ni clases, fiel, de corazón a corazón, a tumba abierta, a pan partido, sin precio y con holgura, gratuito y valioso.
La invitación es seductora y radical. Es un atrevimiento comer su cuerpo partido y brindar con su sangre derramada, pero quien se arriesgue tendrá fuerzas para ser del Reino y trabajar por su justicia. El que come su carne y bebe su sangre tendrá vida eterna.
Acordes encarnados:
26. UNGIDOS DE ESPERANZA | A. Calvo & P. Monty
Ungidos de esperanza
Unge, Señor, con tu Espíritu fiel,
la carne y el alma del siervo de bien;
que su vida proclame tu Reino de paz,
y su paso consuela al que ya no espera más.
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