Extraído de "Sinfonía divina, acordes encarnados" Edit. PPC
Sábado Santo : sepulcros sin nombres
Extraído de "Sinfonía divina, acordes encarnados" Edit. PPC
El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:
–Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos,
pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
Los «sin nombre» que no tienen ni sepulcro
En el pequeño pueblo de colonización que estoy conociendo y con sus gentes, con las que comparto vida, observé en su cementerio que había una tumba especial, fuera del lugar común. Se trataba de un vecino que había muerto en Francia y que padecía de obesidad. Me contaban que había sido toda una lucha poder traer su cadáver y cómo tuvieron que hacer un sepulcro especial para depositar sus restos. Aquel sepulcro tenía nombre claro y con identidad, amén de inscripciones de amigos del joven difunto dando cuenta de su amistad y cariño. Su padre me hablaba de él también emocionado. Su dolor se sentía aliviado al ver ese sepulcro con nombre y en la cercanía. El sepulcro, aun en el mayor dolor, se convertía en elemento de consuelo en el duelo. Traigo a colación este detalle, más propio del Sábado Santo, pero que hemos de recuperar en la Pascua. Hay muchos silencios sepulcrales en los que la Iglesia ha de aguardar la vida, la resurrección, la luz, frente al sepulcro de la nada y del sinsentido.
En la Pascua, desde esa cercanía de aquel que no tenía donde reclinar la cabeza ni enterrar su cuerpo, si no se lo daban en gratuidad, nos sentimos llamados a mirar en la historia a todos aquellos que tienen como sepulcro la inmensidad del mar, tras caer abatidos en pateras de injusticia y de precariedad. Los arriesgados del mundo que, con el deseo de vivir y de poder dar vida a otros, se lanzan a la aventura de un mar de turbulencias y olas que se resiste a dejar llevar a la orilla del bienestar a los que vienen de la desgracia. Vienen con la dignidad de lo humano, con el deseo de la vida, y se encuentran con lo indigno del fracaso, del abuso y con la muerte no deseada, pero infligida, en un viaje que no ha de tener retorno.
Nos cuentan que hay asociaciones de familiares que se unen para caminar y sufrir la ausencia de sepulcros de sus hijos, de aquellos que salieron con el esfuerzo de todos y que han caído en el mar de los anónimos y desconocidos en una fosa común donde nunca tendrán nombre ni identidad. O de aquellos que fueron enterrados en nichos donde solo se les podía dar un número de fecha o de orden. La muerte de los «sin nombre» ni identidad. Los que no cuentan porque no pueden ni ser contados. De los que queda solo el dolor eterno de la ausencia llorada por aquellos que los amaban y que no pueden ni conformarse con la certeza de un sepulcro.
Son los sepulcros sin nombres los que permanecen en un Sábado Santo permanente que en Pascua se ponen a la puerta de la piedra de la roca del Resucitado para salir a la justicia del Verdadero, del que no se olvida ni de un pelo de nuestra cabeza. El Padre de todos que hace salir su sol sobre buenos y malos y que envía la lluvia sin distinción. El sepulcro callado del sábado es el grito de un deseo de justicia para todos los que murieron injusta y silenciosamente. Es el grito de los «sin nombre», los que entienden el inri del Nazareno como el emblema de su verdadero rey, el que los llama a ellos elegidos y preferidos de Dios.
Hoy se nos llama a nominar en nuestro corazón a los rotos y olvidados de la historia, a la muerte sin sentido que abrasa y descarta a millares de personas de buena voluntad que solo desean vivir y dar vida. El anonimato del sepulcro nos llama, desde el silencio, a la contemplación que lleva a la revolución para exigir que ningún muerto en la pobreza, en la injusticia, en la exclusión, en la opresión, quede en el olvido o en el anonimato.
Oremos esperanzados que venga su Reino y que se cumpla su voluntad sobre todos los inocentes sufrientes de la historia. Hoy es un día para reivindicar que nuestras playas no sean murallas de muerte y de rechazo. Hoy es el día para dejarnos llevar por la luz de Cristo para nombrar a los amados con los que él se identifica… porque fui emigrante perseguido, huido, arriesgado, herido, pobre… y tú aprendiste mi nombre para no permitir de ningún modo que mi sepulcro estuviera sin signos de identidad, en la injusticia de un anonimato descarnado e infernal.
El Espíritu de Dios ilumina el nombre de las víctimas
El Espíritu de Dios, desde siempre, el Creador, el que nos enriqueció con la vida, la inteligencia, la libertad, la conciencia, él nos ayuda a ver y a entender la realidad. Como el ser humano no siempre encontró caminos de vida para todos: buscando la seguridad perdió la libertad, se hizo esclavo, tentado de acaparar, de guardar para sí y para los suyos; y se perdieron los más débiles de la historia, en inteligencia o en fuerza; fueron marginados, olvidados en sus sepulcros; la guerra por tener y ser más estuvo pronto servida. Y la muerte los envolvió a todos, lo que estaba llamado a ser paraíso se hizo fatiga, agobio, tensión, estrés, miedo, dolor y tristeza –muerte– para muchos. El mar se hizo sepulcro, y la tierra, losa de muerte.
La historia –nuestra historia– es la lucha por la vida, y en ella Dios siempre nos acompañó deseando que descubriéramos, por su amor y cercanía, que nuestro egoísmo es noche, es cárcel, es tiniebla… no tiene salida; pero nuestro amor es día, es libertad, es luz… abre la mesa compartida. En la historia ha habido –y hay– profetas del egoísmo y del amor: ricos, dictadores, violentos, satisfechos, cómodos, indiferentes, fríos… son los voceros del egoísmo; pero nunca han faltado pobres voluntarios, servidores, trabajadores de la paz… son portavoces del amor. Ellos son los verdaderos instrumentos de la historia de la salvación. Y en el centro de la historia, Cristo, el Crucificado resucitado. Hoy, domingo de Pascua, evocamos a Jesús de Nazaret, al hijo de María y de José: el hombre del Espíritu que aprendió a vivir en sinceridad, en pobreza voluntaria, en justicia. Este Espíritu le empujó a través del desierto, donde reconoce públicamente:
«El Espíritu de Dios está sobre mí; me ha ungido y enviado a dar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad y la vista a esclavos y ciegos, a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,1.14.18-20).
Acordes encarnados:
Por los sin nombre
35. POR LOS SIN NOMBRE | A. Calvo & P. Monty
Cantemos por ellos, por su identidad,
por el derecho a la dignidad.
Por cada alma sin nombre ni tumba,
por cada amor que aún los pronuncia.
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