Venid conmigo a un sitio tranquilo a descansar...

Desde el santuario de Regla (Chipiona)necesito compartir y expresar lo que ocurre en las vacaciones de unos sacerdotes, varios de nuestra diócesis, en este lugar de Playa y de descanso, en una estancia que es casa de espiritualidad y que en verano la espiritualidad toma forma de cuidados tan humanos como pacificadores y reconciliadores con nosotros mismos, con la naturaleza y con los demás.

Hace bastantes años que tengo la dicha de pasar unos días en la casa de oración en el Santuario de Regla en Chipiona regido por los franciscanos. La estancia en veranos sin dejar de ser lugar de espiritualidad se convierte en un lugar de descanso y cuidados integrales, que atienden al cansancio, al ruido, a las prisas, a las responsabilidades y que permite adentrase en el cuidado y en la paz personal, llegando a generarse vínculos muy saludables y espirituales entre los que allí acuden sin más pretensión que ser y estar en la paz y el descanso vital y profundo. Allí hay sencillez y hasta austeridad, pero en la riqueza y la abundancia de la playa, la luz, el agua, la brisa... no se trata de nada de consumo ni de fiesta externa, sino más bien de restablecimiento silencioso, tranquilo, donde cada uno se organiza el descansar, el cuidarse y el relacionarse con gracia, sencillez y también, gracias a Dios, con humor y hasta con cantos. Allí me suelen esperar, reconocer, acoger y allí gozo con esta cita anual de bendición y alabanza.

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Venid conmigo a un sitio tranquilo a descansad…

Lo que dice el evangelio no es verdad porque lo diga él sino porque él dice lo que en verdad es la vida y se da en ella. Acabo de llegar de estar unos días de descanso y relax en el santuario de la virgen de Regla, y vengo con la sensación de haber sido bendecido y agraciado en esta estancia de diez días en dicho lugar. Ahora mismo en vivo y en caliente… al encontrarme con los casi cuarenta grados en mi Badajoz de referencia necesito compartir y expresar lo que ocurre en las vacaciones de unos sacerdotes, varios de nuestra diócesis, en este lugar de Playa y de descanso, en una estancia que es casa de espiritualidad y que en verano la espiritualidad toma forma de cuidados tan humanos como pacificadores y reconciliadores con nosotros mismos, con la naturaleza y con los demás.

El día tres de agosto nos poníamos en camino, unos salían de Fuente del Maestre, Javi Moreno y Paco Gallego, otros de Mérida como Casto y mi hermano Maxi – que él recoge para evitarme ir yo a Mérida, y yo desde Badajoz. Monesterio se convierte en lugar de encuentro y allí desayunamos tras abrazarnos como hermanos que vamos a compartir unos días juntos, lo celebramos con el tomate y el jamón de la tierra y nuestro café. Ese encuentro lo es ya de fraternidad, algunos no solemos tener contacto asiduo, pero el encuentro marca ya un estilo de gozo y tranquilidad que no perdemos en ningún momento de nuestro convivir agradable y cercano, esto ya marca mucho la diferencia del ir y venir de cada día con trasiegos y preocupaciones, cuando no roces y disgustos por la marcha misma de los trabajos. Se trata de una estancia donde cada uno marca sus ritmos personales a la hora de rezar, celebrar, pasear, bañarse, descansar… con momentos muy comunes y siempre abiertos a ser compartidos y acompañados, nadie solo ni separados y todos a gusto y con libertad. Me encanta como mi hermano, viudo desde hace cinco años, se une a mi y cómo lo reciben estos compañeros. Han hecho migas muy buenas, especialmente Paco y él, que no se conocían de nada, los demás si somos ya conocidos. Ya en el comienzo les cuento que voy con preocupación porque una joven de la parroquia de Guadajira, se encuentra ya en cuidados paliativos, y se me plantea el tener que volver a celebrar si ocurre su muerte, como así fue dos días después. Me siento acompañado y comprendido en esta tensión y decisión de volver, y en el suceso vivido.Al atardecer de la Vida, con Marina

Al llegar a la casa, después de algunos parones propios de circulación de veraneo, nos disponemos a comer y todo está preparado. La mesa ya tiene nuestros nombres, somos esperados y recibidos con alegría. Nos saludamos con los residentes que ya están allí, muy variados: Fernando Rivas y Nicolas que vienen de la diócesis de Getafe, los frailes Juanjo, Jose, José Luis, y los hermanos mayores que andulean por allí. Me abraza mi amiga Charo, noventa y seis años, se pasa allí tres meses de verano desde hace muchos años, que venía con su hermano franciscano que estuvo setenta años en Jerusalén. Otro hermano sacerdote también, le dejó en herencia el dinero de un piso vendido, para que pudiera venir todos los veranos a esta casa a estar en esta paz y en este cuidado, ya es una institución y me espera para hacer cantos a Coro, formando un dúo insuperable conocido por todos los rincones de Chipiona. Hemos quedad emplazados para el año que bien. Junto a ella están sacerdotes beneméritos muy mayores de ochenta y seis y noventa años, José y Fernando de la diócesis de Sevilla, que se unen a nuestras bromas y momentos de luz y vida.

En los días siguientes sumamos grupos interesantes: el grupo de sacerdotes de Madrid acompañados por vicarios que se unen para el descanso en la delegación del clero y lo organizan muy bien, los de la Salle ya se habían ido que también acuden en comunidad. Un grupo de laicos de Estepa que muestran familiaridad y gracia al encuentro hasta con sus mantecados, que son ya de la nueva temporada. Pronto, una a una, van llegando el grupo de las Vedruna, cuatro hermanas de gozan de pocos días pero que se integran con ganas al grupo comunitario. Este año hemos echado de menos a la hermana Lourdes, claretiana de Madrid, no ha podido ser, los años no pasan en balde.

Me sorprenden como cada año un grupo muy especial que para mí lo es de resurrección que suele coincidir su estancia casi siempre con la fiesta de la transfiguración, del Salvador. La capitana es Lourdes de Fregenal de la Sierra, ella viene en silla de ruedas por sus limitaciones que son fuerte, pero viene rodeada de un grupo de amigas -hermanas- y con su sacerdote de lujo. Os cuento el relato, son ya diez años. Ellos se conocieron cuando eran muy jóvenes estudiantes en Salamanca, cada una con sus estudios, pero unidos por grupos de vida y fe, terminaron y se organizaron su vida. Lourdes, experta en leyes, trabajó en ese campo hasta que enfermó con esta parálisis que la detuvo. Al enterarse las amigas, se ponen en contacto y deciden venir a verla y estar con ella en su pueblo, visitarla. Lo hacen y le preguntan qué le podrían regalar que más le gustara y ella dijo que le encantaría poder ir a la playa. Y ellas ni cortas ni perezosas se organizaron y cada año en los primeros días de Agosto se reservan unas jornadas para venir juntos a esta casa. Lo dejan todo para hacer esto, y punto. Decidme si no es transfiguración, me encanta estar con ellos, observarlos, dialogar, saber… es impresionante, vienen de distintos sitios: Alemania, Salamanca, Granada… pasan por Fregenal y se vienen a Chipiona y nos regalan su presencia ni más ni menos… y yo canto y bailo con Lourdes…. A la virgen de Guadalupe. Jesús el compañero que las acompaña con su coche me edifica y me anima. Gracias por venir.

En esos días también pasan otros sacerdotes más anónimos, a veces solos, que buscan descanso y paz, porque le han hablado bien de esta casa, este año se unió a nosotros Ángel, capellán castrense y perito en derecho canónico, que tiene en su currículum haber acompañado a los reyes, un amigo ya que se ha sabido abrirse y compartir. Nos ha enriquecido con su presencia. Esperamos volverlo a ver.

Aparecen también familiares de franciscanos que ya nos son conocidos y cercanos, que se unen en el canto y en la bendición de la mesa, con los que recordamos a los que antes venían y ya no vienen, porque fallecieron o porque ya no les es posible por sus cuestiones personales, de salud o familiares. Víctor y Sara, vinculados por trabajo con los franciscanos en Madrid, con sus niños Alejandro -que este año ha hecho la primera comunión- y Adriana que se hace un peinado precioso con los piojos de las mujeres africanas.

Las noches se hacen agradables en la brisa y en el porche del encuentro y la conversación de mayores y más jóvenes, entre risas y cantos. Nos alegra muchos cuando aparecen niños muy pequeños, bebés… entre el llanto y la risa, el paseo y el silencio. Dios los bendiga.

De fondo esta la comunidad franciscana y un grupo de trabajadores, ahora liderados por Dani que son muy atentos y tienen la casa cuidada y limpia. La comida es muy sencilla, pero abundante y no falta. Los momentos de comedor son muy familiares y cercanos, lo cuidan los frailes y se hacen presentes.

Las celebraciones en el santuario son bastante cuidadas y nos dan participación en ellas con libertad y celebramos a Santa Clara por todo lo alto con langostinos de Sanlúcar -del Mercadona que allí que los tienen muy buenos- y los licores hechos en el convento, y la carne de la tierra regada con la manzanilla y el moscatel dorado. Como veis no falta un roto para un descosido. Le cantamos hasta a los langostinos.

Ni que decir tiene que a esto se une la inmensidad del mar y la playa, la brisa dulce y serena, los paseos de fondo callado y libre, la oración ante la orilla del mar en la soledad del amanecer, el baño matutino que regenera y me invita al canto del “alegra la mañana…”. Un trozo de paraíso en tanta cercanía y disfrute, y allí mismo un coro de ángeles – las mujeres de la Calle Aguila- que todas las mañanas con el sol naciente vienen a meterse juntas en el agua, a reírse, a nadar, a gritar… a gozar con lo más sencillo y lo más grande de este lugar, en el momento más sagrado y comunitario. Para mí son un ejemplo de la iglesia a la que quiero y a la que m e debo, a la que saber dar sentido, olor, imagen, sentimientos verdaderos de familia y comunión. Mis compañeros diocesanos son más de pasear por el puerto temprano, a lo que sí se suman es a la una en el chiringuito de la Gaviota, donde la alegre y jovial Gabriela y sus compañeras ya se saben lo que cada uno va a pedir para beber y nos preparan unas sardinitas asadas que ya parecen precepto de lo diario y capricho del clero extremeño y allegados. Algunos nos atrevemos con la manzanilla como acompañamiento.

 Y no sé si será indiscreción, pero todos venimos cargados con el vino para consagrar que compramos en la cooperativa católica y que nos dura casi todo el año, para que veáis que nos olvidamos nuestros oficios y necesidades. Comprando el vino

Y ayer espectacular el eclipse desde el convento… una familia…mirando a esa luna tapando el sol…. Qué bueno, como disfrutamos, inolvidable. Imagino que los niños que estaban lo tendrán siempre presente en sus vidas… cantamos, rezamos, reímos….miramos con preocupación….qué gusto de sentirnos bien, que bien cuando se está bien . Eclipse

Y lo bueno es que no olvidamos a nuestras comunidades, sino que casi siempre estamos hablando de ellos con cariño y alegría. Qué mas se puede pedir … a que se cumple el evangelio: venid conmigo a un sitio tranquilo a descansar… y a cuidarnos. Gracias de corazón por estos días y sus vivencias. Venimos ilusionados y renovados. Dios quiera que podamos repetirlo. Santa María de Regla intercede por nosotros, como lo vienes haciendo para que podamos seguir viniendo a tu casa y a tu hogar.

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