¿Para qué estudiar?

¿Estudiar? ¿Sacar una carrera? ¿Para qué? El dicho popular dice que el saber no ocupa lugar. Pero la realidad es que cuando algunos jóvenes hacen esa pregunta desafiantes no sabemos qué responder.

Hay datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) que muestran que la diferencia salarial de los universitarios en relación con quienes no lo son está reduciéndose en España.

Según un informe del Servicio de Estudios de La Caixa el incentivo económico, el premio salarial por tener una carrera se esfuma en España. No ocurre así en países como Alemania, Holanda, Estados Unidos o Corea, donde crece la brecha de sueldo para quienes tienen estudios superiores.

El principal motivo para el estrechamiento del incentivo salarial por tener estudios universitarios en España tiene que ver con la saturación. El número de universitarios ha crecido, pero el mercado laboral no ha podido absorberlos a todos.

No lo ha hecho porque nos hemos especializado en sectores intensivos que requieren mano de obra menos preparada, como son la construcción o el turismo. En cambio la innovación y el desarrollo tecnológico están muy por debajo del nivel de desarrollo del país. Ese es el triste balance de la Responsabilidad Social.

Son muchos los asalariados que tienen estudios universitarios pero que no desempeñan una ocupación acorde con esa formación, sino inferior. Hay carreras sobreofertadas y se despilfarra a gente preparada. Muchos jóvenes sufren el desajuste entre la formación adquirida y la demanda de mano de obra cualificada.

Cuando constatamos que algunos se van al extranjero en busca de condiciones acordes con su cualificación debemos felicitarnos por su valentía y espíritu emprendedor, pero debemos lamentarnos por la descalificación que ello nos supone como país.

Criamos a nuestros hijos en la sobreprotección. Les dimos todo hecho. No les preparamos para el esfuerzo. Y ahora no lo tienen nada fácil para desvincularse y ser autosuficientes.

Es la sociedad que les estamos dejando. ¿Cómo podemos resistirnos a aceptar que hay muchas cosas que cambiar?
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