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A diez años 'Amoris laetitia', el valor superior del ejercicio de la propia conciencia

"Amoris laetitia es en sí misma un ejercicio de la misericordia. El texto aún merece atención, pero no solo por los contenidos, materias altamente sensibles para el común de las personas, sino también por el modo de abordarlos y la manera adoptada para elaborarlo"

Amoris laetitia copia

El 19 de marzo de 2016, para la solemnidad de san José, el papa Francisco promulgó la Exhortación apostólica Amoris laetitia. Tal vez ya se ha olvidado, pero conviene recordar la enorme agitación que suscitó en la Iglesia la posibilidad de innovar en materias altamente sensibles para el común de las personas, como las de la familia, el matrimonio, la sexualidad y el valor de la vida. El texto aún merece atención, pero no solo por estos contenidos, sino también por el modo de abordarlos y la manera adoptada para elaborarlo.

Desde un punto de vista doctrinal, el papa Francisco no introdujo cambios. Pero recordó algo esencial: el Evangelio ha de ser una buena noticia para las familias reales y no solo las comúnmente llamadas ideales. Más que defender la normativa eclesial, el documento giró en favor de la vida concreta de las personas. Amoris laetitia invirtió el punto de vista pastoral. Si hasta entonces pudo predominar la clasificación y calificación moral de las situaciones, desde ahora lo fundamental ha debido ser ayudar a las personas a discernir cómo vivir de mejor manera los valores del Evangelio.

El papa Francisco saluda a una familia | Ettore Ferrari

Este giro levantó demasiado polvo cuando se discutió si los divorciados vueltos a casar podrían o no comulgar en misa. Fue tanto el revuelo, que solo una lectura fina del documento permite concluir que sí. Pero mucho más importante ha podido ser la recuperación de la doctrina de la Iglesia sobre el valor superior del ejercicio de la propia conciencia. Para esta, la norma es una guía que debiera orientar certeramente a las personas, dejando en ellas el encargo de su cumplimiento. A modo de ejemplo, el documento no cambió la doctrina sobre la contracepción artificial; pero entregó a los matrimonios la responsabilidad de recurrir a ella en bien de la familia.

Otra novedad fue metodológica. Merece recordarse que las discusiones sinodales de 2014 y 2015 tuvieron como antecedente una amplísima consulta al Pueblo de Dios disperso por los más distintos países. Así las cosas, difícilmente podría salir un texto muy romano. Los obispos, las comunidades y las familias pudieron expresar sus más diversas experiencias y modos de pensar. La información recabada fue de enorme riqueza. Esta metodología, de hecho, anticipó el método sinodal que Francisco ha querido que se practique sucesivamente. Una Iglesia sinodal es una en la que se escucha y se conversa, se aprende y se enseña lo que es resultado de un discernimiento colectivo.

Este método conllevó un estilo literario que recordó el de los documentos del Concilio Vaticano II: un lenguaje amistoso y dialogante. Hay en el texto pasajes de gran belleza que hacen atractivas a los católicos las enseñanzas de su Iglesia. El papa en Amoris laetitia abandona el lenguaje jurídico y judicial. El tono es cercano, las palabras son suaves sin dejar de ser doctrinalmente claras; procuran convencer y, por tanto, valoran la libertad de los destinatarios.

La Exhortación, por último, tiene una visión clara del ser humano. Al igual que el Vaticano II, la concepción misma del ser humano que la inspira es histórica. El ser humano, la Iglesia y sus enseñanzas son históricas. Nada ha podido costar más a la Iglesia a lo largo de la modernidad que concebir a la humanidad, las instituciones y las enseñanzas como realidades que cambian y que, si es necesario, han de cambiar. En materia de familia, no se puede hablar de ella sin considerar circunstancias como la pobreza, la falta de vivienda, la salud, la educación, la migración o la cesantía. La consideración de las familias en su realidad histórica es lo que merece una palabra orientadora de la Iglesia.

Familia

Amoris laetitia, en otros términos, es en sí misma un ejercicio de la misericordia. Francisco será recordado por esta virtud evangélica. La misericordia recuerda a Jesús cuando trataba con todo tipo de personas y, en particular, con las excluidas o descartadas.

Es difícil evaluar la recepción que esta Exhortación apostólica ha tenido en la Iglesia. A diez años de su promulgación conviene leerla de nuevo, revisar las glosas al margen, agregar otras nuevas y, si no se lo ha hecho, se habrá perdido la oportunidad de ver cómo la Tradición de la Iglesia avanza y supera el tradicionalismo.

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