El muro y la fisura
"Los seminarios han levantado durante siglos un muro… Sin embargo, algo comienza a moverse. El proceso de sinodalización impulsado por Francisco ha cuajado en un documento de especial importancia: el del Grupo 4 del Sínodo sobre la formación presbiteral"
Los seminarios han levantado durante siglos un muro. Cuatro muros. En ellos se forman hombres para ser distintos de los demás. Los distingue un cuello blanco y, en los últimos años, en diversas partes de América Latina, una sotana. Aprenden a verse separados del resto. Corren el riesgo de sentirse mejores: han de encarnar la sublimidad de Dios. El día de mañana serán tratados con más distancia que cercanía. Serán "consagrados". Una cruz en la solapa inspirará respeto, ojalá no miedo, pero sí un trato reverencial. Los demás pueden llegar a parecerles un peligro. Decía el arzobispo Teófilo a una noble romana: "¿No sabes que eres mujer, y que por medio de las mujeres ataca el enemigo a los santos?".
Este modo de formar sacerdotes no solo afecta a quienes reciben el ministerio. Tiene consecuencias para toda la Iglesia y, de un modo especial, para las mujeres.
La Iglesia Católica tiene con ellas una enorme deuda. Su situación en la Iglesia es un "pecado", porque el cristianismo repudia la opresión, el ninguneo y la dominación entre personas llamadas a reconocerse hermanas.
El cristianismo repudia las posiciones de dominio, las jerarquizaciones y los privilegios de clase. La organización eclesial heredada resulta, por ello, anacrónica y necesita convertirse
El Concilio Vaticano II explicitó esta convicción al concebir la Iglesia como Pueblo de Dios. En este Pueblo lo fundamental es el bautismo, que reúne a las hijas e hijos de Dios en el Hijo Jesús, el Hermano de todos. El cristianismo repudia las posiciones de dominio, las jerarquizaciones y los privilegios de clase. La organización eclesial heredada resulta, por ello, anacrónica y necesita convertirse. La conversión de las estructuras tiene un nombre preciso: reforma. El Vaticano II tiró los rieles, pero la locomotora continúa avanzando muy lentamente.
En estas circunstancias, ningún intento por volver atrás del Concilio debiera ser tolerado. El antiguo régimen se estructuró sobre el dominio de una casta de varones que se elegían —y aún se eligen— entre ellos, sin participación efectiva del resto del Pueblo de Dios. Esto resulta especialmente odioso para las mujeres que, por habérselas considerado durante dos mil años incapaces de ejercer responsabilidades eclesiales, quedaron excluidas de la elaboración de la enseñanza de la Iglesia y debieron soportar múltiples atropellos.
El estamento eclesiástico constituye una casta cerrada a los laicos en general. Pero, en el caso de las mujeres, esta exclusión resulta todavía más injusta, porque alimenta otras exclusiones. Durante siglos llegó a parecer natural, sobre todo cuando filósofos y teólogos las declaraban menores de edad o intelectualmente inferiores.
Lo más grave, sin embargo, fue haber justificado esta situación en nombre de Jesús, supuestamente el varón que eligió varones para anunciar el Evangelio. Esta tara hermenéutica sostiene un edificio que hoy impide precisamente que la Iglesia evangelice. Es un escándalo que, mientras prácticamente todas las instituciones incorporan a las mujeres, la jerarquía eclesiástica no se convierta al Cristo que continúa hablando en la historia.
Pues las mujeres —todas las mujeres— constituyen hoy un verdadero "lugar teológico": personas en quienes el Espíritu de Jesús sigue revelándose. Ellas, las "doblemente oprimidas", como dirá Puebla, son palabras de un Dios que continúa hablando.
El principal responsable de esta situación es el mismo 'hombre sagrado' que sale del seminario: convencido de su diferencia, investido de un privilegio y poco dispuesto a rendir cuentas más allá de quienes lo ordenaron
Por eso, esta configuración del cristianismo necesita ser desactivada. El principal responsable de esta situación es el mismo "hombre sagrado" que sale del seminario: convencido de su diferencia, investido de un privilegio y poco dispuesto a rendir cuentas más allá de quienes lo ordenaron. En este contexto, documentos como Pastores dabo vobis significaron un freno al impulso reformador del Concilio, una vuelta atrás, precisamente en un ámbito decisivo: la formación sacerdotal.
Algo, sin embargo, comienza a moverse. El proceso de sinodalización impulsado por el papa Francisco ha cuajado en un documento de especial importancia: el del Grupo 4 del Sínodo sobre la formación presbiteral. Si el seminario tridentino ponía el acento en la separación del futuro sacerdote respecto de los demás, el nuevo documento lo pone en la calidad de sus relaciones con todo tipo de personas. Es una revolución silenciosa.
Es la fisura en uno de los cuatro muros.
Mientras esta transformación no llegue a hacerse realidad, la aspiración de las mujeres a la ordenación sacerdotal solo duplicará el problema.
No necesitamos mujeres "sagradas". Requerimos personas que lleguen a ser tales en virtud de relaciones fraternales y adultas. Estas podrán evangelizar; mujeres o varones infantiles y santificados, no.
