30 de noviembre: cien años de la finalización de la Torre de San Bernabé en la Sagrada Familia El balcón de Gaudí cumple un siglo
Este 30 de noviembre, se conmemoran cien años de la culminación de la torre de San Bernabé, el único de los 18 pináculos que el ‘arquitecto de Dios’ vio concluido antes de fallecer
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| Jesús Bastante * autor de ‘El aprendiz de Gaudí’ (La Esfera de los Libros)
(Publicado en Catalunya Cristiana).- Lleva un siglo contemplando la ciudad. Inamovible, convertida en un símbolo de la tenacidad. La demostración de que la obra inacabada podía finalizarse. Pronto, podremos confirmar esta verdad en piedra en mitad del Eixample barcelonés. Desde sus 88 metros de altura, su roca de la cantera de Montjuic, sus 225 escalones, su balcón desde el que hasta hace tres décadas podía contemplarse el mar.
Cuentan las crónicas de la época que el genial Antoni Gaudí solía caminar algunas tardes, tras su tradicional rezo en el oratorio de San Felipe Neri, hasta alcanzar la playa. Desde allí, contemplaba la torre de San Bernabé. La más cercana al mar. La custodia de los primeros secretos de la inabarcable fachada del Nacimiento, que se presentaba, casi fantasmagórica, en mitad de solares deshabitados, cabreros pastoreando sus rebaños o el primer campo de fútbol de nuestro país.
San Bernabé, el primero de los 18 campanarios sin campana proyectados para la magnífica Sagrada Familia cumple este 30 de noviembre cien años de su culminación. Fue la única torre que el ‘arquitecto de Dios’ vio finalizada antes de su fallecimiento, acaecido medio año después, el 10 de junio de 1926.
Descubrir, hoy, la torre de San Bernabé es asomarse al universo más íntimo de Gaudí, a las entrañas de su alma. Supone conocer al genio, al visionario, al artista que se adelantó más de un siglo a la historia. También, al teólogo que diseñó una estructura casi etérea, sin una sola línea recta, para mayor gloria de Dios, y que pobló la fachada del Nacimiento de animales, plantas, alimentos, personajes bíblicos sacados de los rostros de obreros, soldados y gentes del barrio. Pero, además, su mirada nos muestra al arquitecto, al matemático, al hombre que parecía tenerlo todo previsto. Incluso, hacer de su primera torre una maqueta, a tamaño real, del resto de la construcción.
Porque Gaudí quiso que la torre de San Bernabé fuera un plano en piedra, un espejo de los demás pináculos (hasta 18, el último de ellos, la torre de Jesús, se dará por finalizada el 10 de junio de 2026, centenario también, en esta ocasión, de la muerte del genio de Reus). Una profecía, una más, del genial constructor: cuando las llamas asolaron la Sagrada Familia, y todas las maquetas, y los planos originales, se perdieron, muchos vieron en aquella torre, que se mantuvo incólume al fuego, la señal de que su obra sería eterna. El tiempo, y la impagable labor de los continuadores del sueño del arquitecto, acabaron por darle la razón.
Descubrir, hoy, la torre de San Bernabé es asomarse al universo más íntimo de Gaudí, a las entrañas de su alma. Supone conocer al genio, al visionario, al artista que se adelantó más de un siglo a la historia. También, al teólogo que diseñó una estructura casi etérea, sin una sola línea recta, para mayor gloria de Dios, y que pobló la fachada del Nacimiento de animales, plantas, alimentos, personajes bíblicos sacados de los rostros de obreros, soldados y gentes del barrio
No siempre fue así: durante décadas, cuando la ciudad no había terminado de descubrir ‘su’ Sagrada Familia, la torre de San Bernabé permaneció olvidada por muchos, prácticamente dejada de la mano de Dios. Desconocida, como el propio Bernabé, que no formó parte de los Doce elegidos por Jesús, pero sí es reconocido como uno de sus apóstoles por los padres de la Iglesia. Y es que Bernabé, que sí caminó junto al Maestro, en silencio, sin hacerse notar, abrió la puerta de la comunidad cristiana a Saulo, el futuro san Pablo. Y, también, de algún modo, la torre de San Bernabé abrió el camino al resto.
Desde el balcón de la torre, a mitad de camino entre la base y el cielo -coronada con una inmensa cruz y la letra del apóstol, en ese trencadís que se ha hecho universal, replicado por todo el mundo- cuando aún se podía contemplar el mar y Barcelona no había cumplido el sueño olímpico, muchos hicieron de San Bernabé su ‘casa del árbol’. En las obras de la Sagrada Familia (también en el park Güell) jugaron muchos niños del barrio, haciendo presencia real la intención de Gaudí de hacer del templo expiatorio un lugar abierto a todos. El ‘sumsum corda’ que puede leerse junto a la icónica terraza es un recordatorio para levantar el corazón, mirar a la ciudad, y dejarse mirar por ella, y por sus ojos, los de los pobres, los del pueblo que adora y se enaltece con la belleza. Y desde allí, a Dios, sin cuya inspiración hoy no estaríamos hablando de este inabarcable templo expiatorio.
San Bernabé, la primera de las torres, con sus saeteras y sus escalones en forma de caracol, con su vocación para convertirse en un inmenso altavoz de la música que vendría del interior, y del murmullo procedente del interior, en ese intenso baile entre la fe y el pueblo. Entre lo posible y lo soñado. Entre el suelo, el mar, la montaña y el cielo. Para mayor gloria de Dios… y de los hombres.
Antoni Gaudí trabajó durante media vida sabiendo que jamás vería terminada su obra maestra, pero soñando en que ese momento llegaría en alguna ocasión. Siglo y medio después, ese instante está a punto de llegar. Cabe imaginar la felicidad que debió sentir el arquitecto de Dios el 30 de noviembre de 1925 al mirar hacia el cielo y descubrir, refulgiendo a pleno sol, el mosaico de la cruz y la ‘B’ mayúscula del apóstol en dirección al Mediterráneo. ‘Quin goig’, cuentan que susurró al contemplarla. ‘¡Qué gozada!’ no dejan de repetir quienes hoy admiran el templo desde dentro, y desde fuera. Miles, cada día.
Antes de fallecer, el genio de Reus pudo ver, con sus propios ojos, el efecto de su obra para el futuro. Cien años después, con el resto de campanarios alzados hacia el cielo, raspando la ‘montaña de Dios’ (la Sagrada Familia ya es la iglesia más alta del mundo, pero cuando finalicen las obras continuará por debajo, apenas metro y medio por debajo de Montjuic, pues ni siquiera Gaudí podía superar al mismo Creador), el ‘arquitecto de Dios’ contempla su obra como venerable, en una de las últimas decisiones tomadas por el añorado Papa Francisco antes de fallecer. Tal vez, muy pronto, León XIV podrá añadir un peldaño más en su camino hacia los altares. ¿Con visita del Papa Prevost incluida? Veremos. Soñemos. Gaudí lo hizo.