Homenaje al escritor, periodista y excelente comunicador que fue Antonio Álvarez-Solís Un rebelde con causa

Antonio Álvarez-Solís
Antonio Álvarez-Solís

El pasado 8 de junio se rindió un homenaje de reconocimiento y memoria al escritor, periodista y excelente comunicador que fue Antonio Álvarez-Solís en los locales de Ezkerra – Berdeak con un aforo que pasaba de las 250 personas

El pasado 8 de junio se rindió un homenaje de reconocimiento y memoria al escritor, periodista y excelente comunicador que fue Antonio Álvarez-Solís en los locales de Ezkerra – Berdeak con un aforo que pasaba de las 250 personas.

El acto fue iniciado por Javier Madrazo quien, como Antonio Álvarez-Solís, se reconoció como comunista cristiano o tan cristiano como comunista. 

En una posterior intervención del lehendakari Juan Jose Ibarretxe, refiriéndose a un breve intercambio habido entre él y yo antes del inicio del acto, se auto-presentó (y no era la primera vez que se lo escuchaba decir) como “agnóstico cristiano”. Y refiriéndose a la diferencia entre el agnosticismo metodológico y el filosófico o argumentativo de la que habíamos hablado poco antes, manifestó su sintonía con la misma. 

El escritor Bernardo Atxaga, por su parte, se sumó al tema religioso que -para sorpresa de muchos de los presentes- provocaba la fe “cristiano-comunista” de Antonio Álvarez-Solís. Y no orillándola, recordó, consciente de lo políticamente incorrecto que pudiera parecer, la oración que formuló el pastor luterano, el capitán William Downey, el 6 de agosto de 1945, poco antes de que partiera el avión que, sobrevolando Hiroshima, acabaría lanzando la primera de las bombas atómicas:

“Oh Padre Todopoderoso que escuchas las súplicas de los que te aman: te rogamos que ayudes a quienes desafiarán la altura de tus cielos y llevarán el combate a tierras enemigas. Ármalos con tu poder, para que puedan poner rápido fin a la guerra y para que conozcamos nuevamente la paz…. Amén”

Es evidente, comentó, que el pastor luterano estaba prestando su apoyo moral y religioso al bombardeo. Y que lo hacía, hablando de una guerra justa; unas palabras que ocultaban la maldad. A diferencia de este pastor, Antonio Álvarez-Solís recurrió a las palabras para no ocultar dicha maldad. 

Por su parte, el político Arnaldo Otegi, después de recordar su formación universitaria en filosofía pura y algunos de sus encuentros con Antonio, nos preguntó a todos los presentes -dirigiéndose a mí de manera particular- si era posible ser cristiano sin ser comunista.

Sumándome a las consideraciones tanto del lehendakari Juan Jose Ibarretxe, como de Bernardo Atxaga y de Arnaldo Otegi, esta fue mi intervención

“Tuve la suerte de hablar en diferentes ocasiones con Antonio durante los ultimos años de su vida, en particular, sobre su militancia comunista y sobre su convicción de fe cristiana. En las conversaciones y encuentros mantenidos le escuché decir que su existencia estaba presidida por esta doble y, a la vez, unitaria, fidelidad: soy “un cristiano comunista” o “un comunista cristiano” que ha mantenido un permanente diálogo interior, sin autocomplacencias, con ambas fidelidades a lo largo de los años. 

La “devoción en la ternura”

Sobre la primera de las fidelidades, la comunista, solía decir que la había abrazado al contemplar cómo amplias capas de la sociedad vivían en el abandono, mientras que otras gustaban afincarse en lo que él llamaba “los suburbios morales” del poder y del oro. “Soy, confesaba, un sempiterno comunista” que “ha echado al viento como una invitación a la verdad” toda una vida. Pero tampoco faltaban las ocasiones en las que matizaba dicha fidelidad comunista indicando que nunca había dejado de ser crítico con determinados colectivos de esta opción política, incapaces de compaginar la centralidad de la solidaridad con el inmenso regalo de la libertad, tambien traída por la modernidad. Confieso que no me extrañaba que cuando se adentraba en este territorio hablara de “la revolución activa”. Ni tampoco que se revolviera -tambien en expresión suya- contra el “odio a los pobres” o que criticara “la deshumanización del prójimo”. Pero sí que me llamaba la atención -y mucho- que en medio del fragor de esta dialéctica apasionada y encendida no descuidara -igualmente en expresión suya- la “devoción en la ternura”. 

Siendo ésta la música de fondo de su existencia, tampoco me extrañaba que fuera un comunista entre los cristianos, bañado de franciscanismo, ni que dedicara tal libro al Papa Bergoglio y “a todos los que sufren”

Sobre la segunda de las fidelidades, la cristiano-católica, manifestaba serlo porque se reconocía como un seguidor del Crucificado, injustamente llevado al calvario en su tiempo. Y porque gracias al seguimiento de lo dicho y hecho por el Nazareno no solo percibía en la relación con los parias de nuestro tiempo la actualización de tamaña injusticia, sino que tambien se auto comprendía como hermano de ellos y a su lado. Unos pocos meses antes de morir recordaba lo siguiente en el último de sus muchos libros (“Un Dios para todos”): “En uno de mis encuentros con el alma, con el objeto de hacer de mi vida algo válido, la voz interior con la que siempre he dialogado, mucho más allá de toda quietud mística, me requirió hacia el franciscanismo como ‘piedra Rosetta’ para entender mi existencia humana”. Reconozco que, siendo ésta la música de fondo de su existencia, tampoco me extrañaba que fuera un comunista entre los cristianos, bañado de franciscanismo, ni que dedicara tal libro al Papa Bergoglio y “a todos los que sufren”. 

Pero, además, de estas dos referencias capitales, también pude apreciar otro interés de última hora: le gustaba hablar -cuando me preguntaba por lo que entonces yo estaba escribiendo- sobre las razones de las conversiones al deísmo y al teísmo de algunos singulares personajes de la segunda mitad del siglo XX e inicios del XXI: el caso, entre otros, del filósofo antiteísta Antony Flew, del protobiólogo Francis S. Collins o del escritor y profesor universitario Clive Staples Lewis. Recuerdo la cara de sorpresa y los silencios cómplices que guardaba (en particular, cuando hablábamos por teléfono) al exponerle las razones de sus respectivas “conversiones”: todos ellos habían transitado de una cosmovisión atea, antiteísta o, incluso, agnóstica e indiferente, a otra creyente porque la explicación deísta o teísta les parecía argumentadamente más consistente que la atea y antiteísta en la que habían militado, fundadas en el materialismo bruto o en el azarismo o casualismo que yo me atrevía a calificar como ociosos desde el punto de vista racional. Y recuerdo, igualmente, la curiosidad y admiración que le provocaba saber que, después del paseo del famoso autobús ateo por las calles de Londres (2008) -apoyado ideológica y financieramente, entre otros, por R. Dawkins- se había puesto en marcha un sorprendente movimiento de opinión que reivindicaba el cristianismo y que, en nuestros días, es reconocido como “ateos por el cristianismo”. 

La brevedad de mi relación con Antonio no me impidió entender su pretensión de tender puentes entre el seguimiento de Jesús de Nazaret y los últimos de nuestro tiempo. Procediendo de esta manera, creo que inscribía su existencia en una tradición y espiritualidad bimilenaria, plena de testimonios admirables; incluso en nuestros días. Tal es el marco de comprensión que refrescó en mí este comunista cristiano o, si se prefiere, este cristiano comunista, llamado Antonio Álvarez-Solís a quien recuerdo con afecto y cercanía; en mi caso, espiritual y teológica, además de personal”.

***

En el transcurso del encuentro hubo otras cuatro intervenciones presenciales. Dos más emotivas: la de Aida Álvarez, la hija pequeña de Antonio y la de Olán Soulé Álvarez, nieto de Antonio. A ellas sucedieron las dos últimas: la del director de Gara, Iñaki Soto, donde publicaba semanalmente Antonio su colaboración y la de la profesora de la UPV/EHU Laura Mintegi, definiendo a Antonio como “poeta de lo cotidiano”.

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