Marta Sanmamed: "Pasear entre tumbas no me ha vuelto más triste. Me ha vuelto más impaciente con lo que importa"

De los 17.000 cementerios que hay en España, esta artista polifacética los ha recorrido casi todos. Muchos de ellos aparecen en las páginas de De tumba en tumba. Ruta misteriosa por los cementerios de España, un libro que le ha enseñado que "un cementerio es el único archivo que no se puede manipular del todo".

Marta Sanmamed, en la Feria del Libro de Madrid
Marta Sanmamed, en la Feria del Libro de Madrid | Cedida

"En España se entierra bien. Lo que hacemos peor es cuidar lo que ya está enterrado". Lo afirma Marta Sanmamed, reconocida artista multifacética que se ha paseado por los cementerios del país y ha plasmado esa vivencia –sí, vivencia– en De tumba en tumba. Ruta misteriosa por los cementerios de España, un libro que le ha enseñado que "un cementerio es el único archivo que no se puede manipular del todo".

De los 17.000 cementerios que hay en España, Sanmamed los ha recorrido casi todos. "Los cementerios me dan paz. Lo que sí me inquieta es el abandono: llegar a un cementerio con la puerta abierta, nichos rotos, huesos a la vista y nadie que se haga cargo... Ese silencio sí da miedo, porque no es el de los muertos, es el del olvido". Y para que no nos olvidemos de ellos, ha escrito este libro, páginas donde hay apuntes sobre arte, historia, amor o el creciente auge del necroturismo. "Quien visita un cementerio busca historias, claro. Busca belleza, también. Pero, sobre todo, busca un lugar donde pensar en la muerte sin que nadie le meta prisa. Eso hoy escasea".

Pregunta. Hay una célebre frase de un político español que aseguraba que “en España se entierra muy bien”. Llevando esta cuestión al tema de su libro, ¿los cementerios españoles están a la altura? En general, ¿qué ha encontrado usted en su investigación?

Respuesta. La frase es de Rubalcaba y, en su contexto, era ironía política: hablamos muy bien de los muertos cuando ya no molestan. Pero tomada al pie de la letra también funciona. En España se entierra bien. Lo que hacemos peor es cuidar lo que ya está enterrado.

R. En mi libro he encontrado cementerios del XIX que son museos de escultura al aire libre, con firmas como Llimona o Benlliure. Y a diez metros, panteones con la cancela oxidada y la lápida partida, porque la familia se extinguió y ya no hay quien pague el mantenimiento.

R. Hay ciudades que lo han entendido. Barcelona, Málaga o A Coruña cuidan sus cementerios como patrimonio y los enseñan. En otras todavía se ven como un servicio municipal más, algo que hay que limpiar y poco más. Material tenemos de sobra. La gestión es muy desigual.

P. París o Praga pueden presumir (y de hecho lo hacen) de algunos de sus cementerios. ¿Podríamos hacer lo mismo en España? ¿Cuáles serían los top 5?

R. Podríamos, y no tenemos nada que envidiar. Lo que nos falta es creérnoslo. Mis cinco:

R. 1. San Isidro, en Madrid. Es la sacramental más antigua de la ciudad y tiene uno de los conjuntos de panteones más ricos de Europa. Allí estuvo enterrado Goya antes de su traslado a San Antonio de la Florida.

R. 2. Poblenou, en Barcelona. Por 'El beso de la muerte', esa escultura de 1930 en la que un esqueleto alado besa a un muchacho. Quien la ve una vez no la olvida.

R. 3. El Cementerio Inglés de Málaga. El primer cementerio protestante de España, de 1831. Antes de que existiera, a los protestantes se les enterraba en la playa, de noche. Hoy descansan allí Gerald Brenan y Jorge Guillén, entre buganvillas.

R. 4. Comillas. Un cementerio levantado entre las ruinas de una iglesia gótica, rematado por Domènech i Montaner y vigilado desde lo alto del muro por el ángel de Llimona, que mira al pueblo. El mar detrás.

R. 5. San Amaro, en A Coruña. Asomado al Atlántico, a un paseo de la Torre de Hércules. Pocos sitios explican mejor la relación de Galicia con la muerte y con el mar

P. ¿A qué cree que se debe el auge del necroturismo? ¿Qué va buscando quien lo practica?

R. Creo que hay dos motivos. El primero es práctico: un cementerio decimonónico es un museo gratuito, abierto todo el año, con escultura, arquitectura e historia local en cada calle.

R. El segundo es más profundo. Durante unas décadas sacamos la muerte de casa. Se dejó de velar en el salón, llegaron los tanatorios y los niños dejaron de ver a sus abuelos de cuerpo presente. La muerte se volvió algo que se gestiona deprisa y en otro sitio. Y lo que se esconde acaba despertando curiosidad.

R. Quien visita un cementerio busca historias, claro. Busca belleza, también. Pero sobre todo busca un lugar donde pensar en la muerte sin que nadie le meta prisa. Eso hoy escasea.

P. ¿Cómo se conjuga el respeto y recogimiento que se supone que ha de presidir una visita a un cementerio con la ‘espectacularización’ de los camposantos?

R. Con normas sencillas y sentido común. El cementerio no es un decorado: es el sitio al que un doliente va a cambiar las flores. Esas personas mandan más que cualquier visitante.

R. Cuando creé la Ruta de las Velas, en la sacramental de San Isidro, lo tuve muy presente. Se puede contar una historia emocionante en voz baja. Se puede hacer de noche y con velas sin convertirlo en una atracción de feria.

R. El problema llega cuando el cementerio se usa como escenario de terror, con disfraces y sustos. Eso ya es otra cosa y no la defiendo.

Los verdaderos malditos de nuestros cementerios no salen en las leyendas. Son los que se quedaron al otro lado de la tapia: los suicidas, los protestantes, los niños sin bautizar, los librepensadores. Para ellos se levantaron los cementerios civiles

P. ¿Cuál es el cementerio que le ha dado más miedo?

R. Ninguno, de verdad. Los cementerios me dan paz. Lo que sí me inquieta es el abandono: llegar a un cementerio con la puerta abierta, nichos rotos, huesos a la vista y nadie que se haga cargo... Ese silencio sí da miedo, porque no es el de los muertos, es el del olvido.

P. ¿Y el que más le ha gustado?

R. Vuelvo a San Isidro, en Madrid. Lo he recorrido tantas veces y lo he mapeado tan a fondo que ya es un poco mío. En cada visita encuentro algo que se me había pasado: una inscripción, un apellido, una fecha que no cuadra...

P. ¿A cuál no volvería?

R. Volvería a todos, pero me cuesta volver a los que han sustituido los viejos panteones por bloques de nichos de hormigón. No es una cuestión de dinero. Es que dejan de contar nada.

Tumba de Teresa, en el cementerio civil de Bausen
Tumba de Teresa, en el cementerio civil de Bausen | Funeral Natural

P. ¿En dónde encontró la historia más conmovedora?

R. La deTeresa en Bausen, el cementario más pequeño de españa. Está recogido en uno de mis libros

P. ¿Hay una ruta de los cementerios, por así decir, malditos, con leyendas?

R. Haberla, hayla. Pero propondría darle una vuelta a la palabra «malditos». Los verdaderos malditos de nuestros cementerios no salen en las leyendas. Son los que se quedaron al otro lado de la tapia: los suicidas, los protestantes, los niños sin bautizar, los librepensadores. Para ellos se levantaron los cementerios civiles. El de Madrid, con Pío Baroja o Pablo Iglesias, debería estar en cualquier ruta. Esa es la historia que de verdad pone los pelos de punta.

P. ¿Qué le ha enseñado este viaje por los cementerios de España?

R. Muchísimo. Me ha enseñado que un cementerio es el único archivo que no se puede manipular del todo. En las lápidas está quién murió joven, quién tuvo dinero, a quién se quiso y a quién se dejó fuera.

R. Y me ha enseñado algo más personal. Pasear entre tumbas no me ha vuelto más triste. Me ha vuelto más impaciente con lo que importa. Nadie ha escrito nunca en una lápida que trabajó mucho.

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