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Hay cosas que no podemos controlar, que se nos escapan, que se nos caen, que nos empujan, que nos matan. Y ahí estamos nosotros que queremos orden y diques y talanqueras, que nos gusta domesticar y traérnoslo todo para la casa. Y es una lucha de toche contra guayaba, y es que estas cosas están fuera de todo poder, de nuestro poder. Creo que Dios es así y que estas cosas lo describen bien.
Dios es salvaje y no hay forma de llamarlo a filas y estrecharlo en nuestros conceptos. Y es por esto que todo creyente, en el fondo, es un salvaje; es alguien movido por el viento del Espíritu que no se sabe de dónde viene ni adónde va. Cuando la Iglesia se deja domesticar y domestica, cuando está controlada y controla, ya ha perdido su sentido, ya no inspira, ya no tiene fe. Una Iglesia zona de confort, con versiones oficiales de la realidad, es una contradicción, una aporía, ya no dice, ya no revela. La experiencia de Dios sucede casi siempre donde no hay control, donde hay que rendirse, donde ya no se puede, donde se está muriendo. La teología no se hace en párrafos cuidados, se escribe en vida expuesta y en el peligro. No sirven los dogmas y los depósitos de verdades para transmitir el misterio de Dios; sirve, en definitiva, la cruz de un Dios que no se puede bajar de ella y que clavado en ella revienta todo lo que plácidamente creíamos de Él.
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