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Siempre hemos querido encerrar a Dios y Dios anda suelto por ahí
Jesús sacó la religión del templo y se la trajo a la vida diaria. Siempre hemos querido encerrar a Dios, no era un problema de Israel en esos tiempos, es un problema de todo el mundo en todos los tiempos: queremos guardar a Dios, aprisionarlo en nuestros esquemas, atraparlo en nuestros ritos, encerrarlo en las iglesias.... y Dios, anda suelto por ahí, en todas partes. Jesús se encontraba con Dios allá donde Dios ama estarse, en la cotidianidad, en lo de todos los días. El altar es todo el universo y los sagrarios son los estadios, las prisiones, los campos de refugiados, las discotecas, los mercados, las casas de la verdad, los laboratorios de las vacunas, las universidades, los mares en que se ahogan los migrantes, las zonas de invasión, las calles de las ciudades, debajo de los puentes, las escuelas la intimidad de cualquier casa; las custodias son los pobres y los desvalidos, los prisioneros y los confundidos, los desplazados y ninguneados, los adictos y los traficados, los abusados, los últimos.
¿Y entonces los templos, siguen teniendo sentido si Dios no se deja encerrar en ellos? Claro que sí y más que nunca, son signos, como la rosa de los vientos, y tendrían que ser de puertas siempre abiertas, sin tanto miedo a los robos y a los sacrilegios; algo así como estaciones de servicio, para buscar combustible y fuerza para la misión, para mirar mapas y rutas que nos lleven a los márgenes y fronteras, para descansar del mucho caminar y alistar nuevos cansancios y sobre todo para darle espacio, también físico, a los agradecimientos y a los sí.
¿Y los sacerdotes? ¿todavía hacen falta? Claro que sí, pero eso sí, tendrían que ser más, más “gente”, más "papás" y menos reverendos, más hondos en el corazón de la gente y menos en las rúbricas y morales; más atentos al dolor y menos a los ornamentos y a su prestigio; más preparados para el amor, que para mandar y ponerse en el centro de todo; oficiando, no sólo en los ritos, sino en los gozos y las esperanzas, las alegrías y las tristezas, las victorias y las luchas de Jesús que sigue muriendo y resucitando en la humanidad.
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