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No hay nombre que no sea un evangelio
No lo dejes ir anónimo. Míralo, pregúntale quién es, de qué familia y de qué pueblo. No lo dejes ir sin nombre, ninguniado, acércate. No permitas que sea sólo uno que por suerte de azar estuvo a tu lado mientras viajabas o ibas por la calle, cuando fuiste al taller, al almacén o al cine. No consientas que sea uno más, sácale de su corazón con tu corazón lo que tiene de propio, no lo dejes pasar sin que el retrato de su alma, la luz de sus ojos, la sonrisa de sus labios, el dolor de su rostro, las luchas de sus manos, la búsqueda de sus pies, se queden hechas color en la galería de tu memoria.
No lo dejes ir anónimo, escucha la Buena Nueva que lo habita, su primicia, pregúntale su nombre, no hay nombre que no sea un evangelio, cada nombre es historia del amor, un relato de salvación, una página del libro sagrado de Dios. No lo “invisibilices”, aprecia su consistencia, date cuenta del espacio que ocupa, del deseo que lo empuja, habita su utopía, déjate estrechar por los muros de su angustia. No lo dejes ir anónimo, ¡no seas tú anónimo!
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