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Ahora que estamos implementando los acuerdos de paz en nuestro país, Colombia, creo oportuno hablarles de un proceso de reconciliación que tuvo lugar hace ya muchos años por estos lados de Kenia. Dos pueblos se tenían por enemigos, los luo y los masai. Mucha sangre había ya mojado la tierra y un día, después de mucho pelear, de mucho sufrir y de mucho negociar, se decidieron por la paz. Se reunieron multitudes de uno y otro lado y empezaron un ritual para expresar más allá de las palabras los deseos hondos de ser familia y de encontrarse, esos deseos indelebles de amistad que a todos nos habitan, incluso cuando estamos armados hasta los dientes, deseos que ningún rencor por grande que sea puede borrar del corazón humano.
Pusieron pues, como signo de la vieja violencia, una barrera de plantas venenosas entre ellos; después sacrificaron un animal y lo partieron en dos, tiraron una parte al lado de los luo y otra parte al lado de los masai: se decían con esto que la paz que venía era sagrada como la vida misma, y que al que repitiera los odios, se le iría la vida como a ese animal y quedaría partido para siempre, porque la violencia, se los había enseñado la guerra, hiere más a los que la hacen que a los que la sufren. Hecho esto, tumbaron la barrera venenosa y vino un momento emocionante: todas las mamás, de uno y otro bando, que tenían pequeños para amamantar, se intercambiaron los hijos por un momento, las luo daban leche a los niños masai, las masai daban leche a los niños luo…. Y ese rito, obró lo que significaba, es que un rito cuando sale de la vida y no de las rúbricas siempre es efectivo: la paz llovió como la lluvia después de la sequía.
Llega la navidad y el 2021 está llamando a la puerta, todavía podemos darle oportunidades a la paz. Esa paz no se hará solo con discusiones y acuerdos, necesitamos ritos que nos eleven, o mejor, que nos hundan en las profundidades de nuestra humanidad, allí donde somos habitados por la paz misma que es Dios; precisamos tumbar la barrera venenosa de la vieja violencia diciéndonos la verdad y poniéndola de frente a nosotros sin ocultarla y sin negarnos nada; requerimos algo así como ese animal sacrificado y partido, un signo chocante que nos diga que no podemos repetir el odio que nos ha dejado y nos deja en pedazos; necesitamos algo así como “amamantar” los niños de los que llamábamos enemigos, un gesto tremendo en que aseguremos que reconocemos que los otros, sean víctimas o victimarios, son seres humanos, y que sus pequeños tienen derecho a vivir en un mundo solidario y bueno.
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