Las cosas deben seguir cambiando

Releyendo un viejo librito de Bernhard Häring

Son una especie de confesiones personales que publicó ya al final de su vida, en su tono leal y a la vez crítico. Algunas de sus intuiciones proféticas son impresionantes. A pesar de que hay que continuar con las reformas, estoy convencido de que en los últimos treinta años hemos avanzado como Iglesia más humana, fraterna y abierta.

Las cosas deben cambiar. Bernhard Häring
Las cosas deben cambiar. Bernhard Häring

Pasar las vacaciones en casa me permite reencontrarme con mis libros. La mayoría viejos, de las épocas de estudiante, otros más actuales. Miro, paso páginas, muchas subrayadas, descubro dedicatorias, compruebo fechas… Me doy cuenta de que para releer prefiero espontáneamente la espiritualidad, antes incluso que la antropología. Pero no me pude resistir a un librito de Bernhard Häring, célebre moralista del que fui fan, titulado “Las cosas deben cambiar. Una confesión valiente”. Son una especie de confesiones personales que publicó ya al final de su vida.

En ellas, en su tono leal y a la vez crítico, acuña un concepto, “conducta ostentosa sacralizada”, que me ha acompañado siempre como advertencia y criterio de autoevaluación. Me doy cuenta de que, más de treinta años después, y reconociendo los pasos dados, las cosas deben seguir cambiando:

“Jesús desenmascaró y fustigó la funesta tendencia de los sacerdotes, los doctores de la ley y otros a poner la religión e incluso el nombre mismo de Dios al servicio de su deseo de poder y de ostentación” (p. 19).

“Es justamente esta conducta ostentosa de los especialistas de la religión lo que Jesús desenmascara en su misma raíz. Los solemnes ropajes, las filacterias, la exhibición pública de religiosidad, las oraciones a la vista de todo el mundo, la ostentación incluso en la misma presencia de Dios en el templo con plegarias como “Te doy gracias porque no soy como los demás hombres” (Lc 18, 11)” (p. 40).

“Jesús se denomina a sí mismo con la sencilla expresión “hijo del hombre” cuya mejor traducción podría ser “uno de vosotros”. Prohíbe a los suyos los títulos de padre o de maestro (…). No hay nada que nos oculte tanto a Dios y a su misterio como el comportamiento ostentoso” (p. 41).

“La sacralización de conductas ostentosas y el ejercicio autoritario del poder son cosas diametralmente opuestas al mensaje salvífico y a la misión de sanar” (p. 58).

“Uno de los más graves peligros a que ha estado y sigue estando expuesta la Iglesia: que al aliarse con los ricos, se imbuye a los pobres la falsa conciencia de que las desigualdades entre ricos y pobres son algo querido por Dios” (p. 62).

“La conducta ostentosa como método de autoimposición y como medio para situarse por encima de los demás resulta ser infinitamente más peligrosa para la autenticidad de la religión que la vanidad femenina” (p. 66).

“Las conductas ostentosas propias de los sistemas mundanos tienden siempre a la autoexaltación y a la acentuación de la autoridad. De hecho, prácticamente todos los sistemas de dominio basados en el poder procuraron históricamente sacralizar sus comportamientos ostentosos e impositivos (…). Santos como Francisco de Asís y Felipe Neri supieron ver este juego, acertando a ridiculizarlo, merced a un sentido cristiano del humor (…)” (p. 67).

“(…) La gran mayoría de nuestros obispos han advertido el juego y aman la sencillez evangélica” (p. 73).

A pesar de las limitaciones, estoy convencido de que hemos avanzado como Iglesia más humana, fraterna y abierta. Son impresionantes algunas de las intuiciones proféticas de Häring recogidas en este texto. Por ejemplo, cuando dice:

“Las funciones de los sínodos episcopales, que deben celebrarse a plazos regulares, no son meramente asesoras. El Papa debe asumir sus conclusiones y, por principio, confirmarlas” (p. 132).

Pues así ha sido en el Sínodo de la sinodalidad, que sigue en proceso. El Espíritu está actuando, a pesar de resistencias e inercias, sumando voluntades, inspirando sueños y alineando las miradas hacia el futuro.

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