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En un ejemplo supremo de miopía institucional y necia rigidez, las autoridades educativas regionales han decidido empeorar las condiciones de vida de los estudiantes más vulnerables… con el fin de cumplir las nuevas leyes. Como Iglesia creo que hubiéramos merecido más diálogo, consideración y reconocimiento.

Residencia estudiantil "Madre Angélica" desierta | César Caro

En el río Putumayo profundo y lejano tenemos, desde hace más de sesenta años, un internado para jóvenes. Bueno… teníamos, porque el Estado nos lo ha quitado, en un ejemplo supremo de miopía institucional y necia rigidez. Resulta que las autoridades han empeorado las condiciones de vida de los estudiantes más vulnerables… con el fin de cumplir las nuevas leyes educativas.

Las Misioneras Parroquiales del Niño Jesús de Praga, brava congregación de las primeras que llegaron al Vicariato, en 1959, son las dueñas de la Residencia Estudiantil “Madre Angélica”, nuestro querido “internado” ahora desierto. En aquella época simplemente no existía la educación en estos territorios casi ignotos, el Estado no había llegado; fue la Iglesia la fundadora de escuelas, colegios y por supuesto, el internado.

Esta institución fue concebida desde su inicio como la oportunidad de cursar estudios para chicos y chicas de las comunidades lejanas. El Putumayo supera los 1300 kilómetros de longitud en territorio peruano, marcando la frontera con Colombia, y las distancias son tan enormes, que la única manera de que los alumnos de las comunidades pudieran proseguir en secundaria y soñar con una formación superior era venir a Estrecho a vivir en el internado.

Acá se les proporcionaba casa, manutención y, lo más importante, una segunda familia. Los papás y mamás dejaban a sus hijos “con las hermanas”, seguros de que, más allá del aspecto académico, en el internado recibirían una buena educación en valores. Las religiosas se entregaron con amor y delicadeza a los chicos y chicas; durante décadas les cuidaron, aconsejaron, recibieron sus lágrimas, escucharon las crisis adolescentes como auténticas madres. Siempre había un jaboncillo, unas sandalias, un cuaderno o una ropita para quien no recibía de sus papás porque la pobreza arreciaba.

Y así se han formado cuatro generaciones de jóvenes, con la figura de referencia de la hermana Guadalupe Filiberto, auténtica alma de este proyecto al que dedicó 50 años de su vida, que es historia de la misión en este río. Ella me contaba cuántas noches se quedaba vigilando la valla del internado con un palo en la mano para disuadir a los pretendientes de las chicas que intentaban ingresar furtivamente. Lupita falleció el pasado 19 de marzo… felizmente no ha tenido que asistir a este despropósito inaceptable.

Con el tiempo, el colegio primario, el secundario, el tecnológico y el resto de la educación en Estrecho fueron pasando de la Iglesia al Estado; solo quedó el internado, pero funcionando en convenio con la Dirección Regional de Educación, que proveía de profesionales y ayudaba con la alimentación. El resto lo seguían aportando las Misioneras Parroquiales y el Vicariato, incluyendo el mantenimiento de las instalaciones, la construcción de nuevos ambientes y el equipamiento.

En el año 2021, una resolución ministerial instauró la modalidad colegio-residencia, que permite a estudiantes de zonas rurales e indígenas vivir e internarse en su centro de estudios. Un año después, el Congreso priorizó por ley este modelo: determinados colegios debían incluir la residencia en sus instalaciones, y el personal debía ser único. Acá empezaron los problemas. En Estrecho, el colegio y la residencia eran desde hace años dos entes independientes, pero ahora de pronto tenían que organizarse para trabajar coordinadamente, sobre todo en lo referente a los promotores de bienestar, gestores educativos, trabajadores de cocina, guardianía, etc.

La UGEL (Unidad de Gestión Educativa Local) empezó a pelotear a las hermanas a la hora de renovar el convenio. En mis estancias navideñas yo mismo fui testigo, varios años, de los retrasos, observaciones, trabas, silencios administrativos… Y todo para firmar convenios anuales que después ellos incumplían sistemáticamente: profesores que debían de repente reubicarse en el colegio, obstáculos para que la Congregación pudiera participar en el proceso de contratación, partidas de alimentos no recibidas… De todo. Las hermanas estaban ya cansadas.

(Continúa en la próxima entrada)

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