¿Los pastores nos tomamos suficientemente en serio la "infalibilidad del pueblo de Dios en la fe", la "inteligencia del corazón que Jesús encontró sobre todo en los pequeños"?
¿Reñir, enseñar, aprender del pueblo?
¿Los pastores nos tomamos suficientemente en serio la "infalibilidad del pueblo de Dios en la fe", la "inteligencia del corazón que Jesús encontró sobre todo en los pequeños"?
El Papa defendió en la audiencia del Jubileo de los Catequistas la existencia del sensus fidei, un “sexto sentido de las personas sencillas para las cosas de Dios”. Hasta habló de “una infalibilidad del pueblo de Dios en la fe, de la cual la infalibilidad del Papa es expresión y servicio”. Me pregunto si los pastores nos tomamos esto suficientemente en serio.
Y lo digo por cosas que veo y escucho, talantes, palabras, gestos en el día a día y también en el mundo “virtual”, ya que de un tiempo a esta parte no puedo evitar que me salten en la pantalla videos de sacerdotes en acción enseñando a la gente o dirigiéndose a los espectadores. Y la mayoría me dejan estupefacto y avergonzado.
Justamente “enseñar” y “guiar” fueron los verbos que más salieron el otro día en clase, cuando, después de un semestre de antropología, pedí a los seminaristas reflexionar acerca de cuáles serían las actitudes de un presbítero diocesano que quisiera situarse como un buen pastor en la Amazonía del Perú. Instruir, orientar… claro. “Cuidado no vayan a querer aleccionar a una pareja que se casa acerca de la paternidad o la vida común, ¿eh?”, les bromeé.
Es como si la unción divina nos hiciera maestros de todo, cuando la realidad es que no tenemos experiencia de multitud de dimensiones de la vida, por mucho que estudiemos. El deber de enseñar, como no lo enmarques en la sinodalidad y lo adereces con la modestia, se te puede subir a la cabeza y colocarte por encima del pueblo, que continúa siendo para ti iglesia discente por muchos Vaticanos II que hayan sido.
Se nos olvida con frecuencia que para ser pastores según el corazón de Dios los sacerdotes debemos permanecer en medio del rebaño, "bajando hasta los bordes de la realidad" como dice el Papa Francisco; para cuidar y acompañar, pero sobre todo para aprender experimentando lo que vive la gente, conociendo el nudo de la tormenta humana, tocando “la carne sufriente” de los demás.
Cuando nos empeñamos en ir únicamente delante del rebaño, nos incapacitamos para observar por cuáles caminos nos lleva su olfato, su intuición, esa “inteligencia del corazón que Jesús encontró sobre todo en los pequeños, es decir, en las personas de alma humilde”, dijo León. No puede haber discernimiento si no escuchamos y solo parloteamos; y hablamos tantas veces al vacío…
Lo advierto y lo sufro en discursos de una petulancia repelente, que destilan desprecio por las formas, las creencias y las expresiones de fe populares. Ese afán por corregir lo que se hace mal, especialmente en la liturgia; esas riñas porque la gente no sabe el verdadero sentido de poner velas, o que tales ofrendas son “bobadas”, o que este canto resulta incorrecto, o qué es eso de aplaudir en la iglesia.
Se suelen recubrir estas perlas homiléticas con términos teológicos extraños (“los fines impetratorio, latréutico y propiciatorio de la santa misa”, por ejemplo), de todo punto incomprensibles y casi esotéricos para el público, que me figuro que asistirá embobado a esos alardes de suprema sabiduría del padrecito. En fin. Arrogancia y vanidad. Y con latinajos como guinda.
El otro día, recién llegado a Estrecho para la Confirmación, pregunté qué había programado. “Nada” – me dijeron. Guau, pensé, ¡tengo la tarde libre! Y me dediqué a observar a la gente en la faena de preparar y decorar la iglesia para la celebración. Me resultó fascinante cómo se organizaban, compartían las tareas según sus cualidades, con qué creatividad y paciencia. Dedicaron horas a armar unos arcos de hojas de palmera, unos murales y unos adornos florales que francamente estarían fuera de mis capacidades artísticas. Y solo para un rato, igual que los tikuna elaboran durante semanas las máscaras y vestimentas para la última noche de la pelazón y después todo se quema.
Hay que probar a dejarse impactar por la sensibilidad del pueblo menudo, y para ello hace falta silencio y contemplación. Parar de dar lecciones y escuchar. Sintiéndonos de verdad parte del rebaño, dejarnos llevar con fe en su intuición infalible, aprendiendo y amándolo tal y como es, sin pretender enmendarlo. Mas bien orgullosos y privilegiados de servir como presbíteros a nuestro pueblo lindo.
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