¿O invisible? América Central, la región más transparente

¿Transparente o invisible?
¿Transparente o invisible?

"Una cosa es la transparencia, como una calidad casi mágica, y otra la transparencia que invisibiliza, esta segunda posibilidad, es la que creo, que aplica para la región"

"Nos hemos ido convirtiendo, en el escenario global, en una región invisible. Ni los problemas, ni las virtudes, son noticia. Simplemente no está"

"El drama social, de los más diversos matices, que ha puesto en evidencia o que ha acelerado en sus manifestaciones, se coloca groseramente ante nuestra mirada"

"¿Qué sigue? Nada, por un buen tiempo. Esperar a que la historia misma permita una generación de relevo que la política de otra manera"

En el año 58, Carlos Fuentes escribía su primera novela, a la que justamente titulaba “La región más transparente”; haciendo un uso libre de la expresión, podríamos mirar hoy América Central, y evocar las palabras de Fuentes, para describir una región transparente, en la que no se oculta nada, por un lado, pero que también, por transparente, pareciera tornarse en invisible.

Transparencia de problemas

La política evidencia hoy en la región, dos opciones: impericia, de unos gobernantes que al llegar al poder parece que han alcanzado lo único que querían, pues luego no tienen ni la más remota idea de qué hacer con él (ya lo decía Adriano, en el libro de Yourcenar: “el problema, no es aspirar al poder, sino una vez que se tiene, qué hacer con él”); o las aspiraciones dictatoriales, siempre presentes en una América Central que ha vivido por décadas gobernada por militares o sus amigos, la última versión de ésta forma de gobernar, parece estarse incoando en El Salvador de Bukele, que ha pedido al resto de la comunidad de naciones, no meterse en sus asuntos, porque está “lavando la ropa sucia en casa”.

En Nicaragua mientras tanto, vemos el producto acabado, de lo que está empezando hoy en el El Salvador, el guión es exactamente el mismo, una perdida absolutamente democrática de la democracia, como en Venezuela.

La Iglesia Católica, tal cual veníamos afirmando desde meses atrás, ha venido cayendo en un creciente auto-ostracismo de la realidad: se automargina del escenario social, de la vida pública o incursiona para hablar con vehemencia -nuevamente- de solo temas vinculados con la moral sexual o reproductiva, en tiempos de absoluta necesidad de certezas, de razones para vivir, de iniciativas solidarias, de denuncia permanente ante el caos del orden social, agravado y puesto en evidencia por la pandemia.

El drama social, de los más diversos matices, que ha puesto en evidencia o que ha acelerado en sus manifestaciones, se coloca groseramente ante nuestra mirada: desempleo de niveles nunca antes vistos (especialmente entre jóvenes y mujeres), migraciones, crisis sanitaria imposible de atender, cientos de miles de niños marginados por segundo año de la educación (la virtualidad en nuestros países, es una enorme mentira, para quienes careces por completo de equipo y conectividad) estos pequeños arrastrarán las consecuencias de esto durante toda su vida. Además del profundísimo impacto sicológico que ha producido y produce la pandemia, en todas las clases sociales y en todos los segmentos etáreos.

Transparencia como invisibilidad

Una cosa es la transparencia, como una calidad casi mágica, y otra la transparencia que invisibiliza, esta segunda posibilidad, es la que creo, que aplica para la región. Nos hemos ido convirtiendo, en el escenario global, en una región invisible.

Ni los problemas, ni las virtudes, son noticia. Simplemente no está. Lo anterior, podría tener múltiples explicaciones, sin embargo, tengo la impresión de que la lógica del sistema, es invisibilizar a quienes no aportan a la dinámica de la producción y del consumo, y si a ello le añadimos una dinámica social interna, llena de impericia, malas prácticas y una generación de liderazgos absolutamente mediocres (también en el eclesial, salvo contadas excepciones), tenemos entonces como resultado, esa presencia invisible de la región en los tiempos actuales.

Invisible

¿Qué sigue?

Nada, por un buen tiempo. Esperar a que la historia misma permita una generación de relevo, que sea capaz de aspirar nuevamente a ser protagonistas, a no conformarse con lo que ven diariamente, a entender la política de otra manera, a comprender que la dinámica del servicio eclesial y su razón de ser, tiene que ver con la vida, no con dos o tres obsesiones monotemáticas, como el poder (que cada vez se tiene menos), el dinero (que cada vez se tiene menos) o el sexo (que a nadie le importa cada vez más, lo que están diciendo).

Da la impresión, que de ninguno de los actores antes mencionados, vendrá el cambio, sino de la sociedad, de la gente de a pie, que empieza a construir una forma de vida paralela, en la que la institucionalidad cada vez pesa menos, porque ha sido incapaz de responder a sus anhelos más fundamentales de bienestar.

Por una Iglesia mejor informada
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