La Diócesis de Santander celebra a sus nuevos beatos: "No pertenecen al pasado, nos siguen marcando el camino de la felicidad", dice Semeraro
El prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, que presidió la ceremonia en representación del Papa, recordó que el misterio de la Cruz “es la fidelidad de un amor que ni siquiera la muerte logra romper”
(Loli Gamazo / Diócesis de Santander).- Francisco González de Córdova y 79 compañeros mártires del siglo XX de la Diócesis de Santander ya son beatos. Un momento emocionante e histórico tanto para la Diócesis como para las familias de los 80 beatos que han asistido a la solemne Eucaristía celebrada esta mañana en la Catedral de la Asunción de la capital cántabra.
Cerca de veinte cardenales, arzobispos y obispos, entre ellos el obispo diocesano, monseñor Arturo Ros, y más de 160 sacerdotes han concelebrado con el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, en representación del Santo Padre.
A la ceremonia han asistido la presidenta del Gobierno, María José Saénz de Buruaga, la presidenta del Parlamento, María José González Revuelta, la alcaldesa de Santander, Gema Igual, el vicepresidente del Parlamento de Cantabria, Alejandro Liz, y la candidata popular al Congreso, Isabel Urrutia, además de numerosas autoridades civiles y militares.
El momento más emocionante ha sido el rito de beatificación, que ha tenido lugar al comienzo de la Misa. Monseñor Ros se ha dirigido al representante del Papa solicitando que los mártires sean inscritos en el libro de los santos. El delegado para las Causas de los Santos, y postulador de la fase diocesana, ha hecho una breve semblanza de los mártires. Y, a continuación, el cardenal Semeraro ha leído las Letras Apostólicas por las que los mártires han sido elevados a los altares.
Una aclamación jubilosa, acompañada por el Coro A Capella, que ha cantado durante la Misa, seguida de un repique de campanas, ha acompañado estos instantes, en los que se ha procedido al descubrimiento del cuadro de los ya beatos, obra de Indalecio Sobrino, mientras las reliquias eran llevadas en procesión hasta el altar en una arqueta que ha sido colocada debajo del cuadro, e incensada.
Misterio de la Cruz
En su homilía, el cardenal Semeraro ha aludido al Evangelio proclamado, centrándose en el pasaje en el que Jesús exclama: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Para el purpurado, «Jesús no pronuncia palabras de condena, sino una oración de perdón. La violencia que sufre no apaga su amor; la injusticia de la que es víctima no le lleva al odio. Jesús permanece fiel al Padre y sigue amando incluso a quienes le hacen sufrir. El misterio de la Cruz es este: la fidelidad de un amor que ni siquiera la muerte logra romper».
En este sentido, se ha referido a la paradoja de la cruz, explicando que, «cuando el odio parece haber alcanzado su triunfo, Jesús manifiesta que el mal no tiene el poder de extinguir la misericordia de Dios, porque su amor es más fuerte».
A su juicio, «es aquí donde la palabra del Evangelio se encuentra con el testimonio de los mártires: de todos los mártires y, hoy, de los ochenta hermanos que la Iglesia ha declarado beatos», remarcando que «son muchos, pero cada uno de ellos tiene un rostro, una historia, una vocación».
Amigos del Señor
El cardenal Semeraro ha mencionado las palabras pronunciadas por el Santo Padre en la audiencia general del pasado miércoles, en las que recordó que «estos nuevos Beatos hacen visible una nueva pieza de la “multitud inmensa” de los amigos del Señor». «¡Es especialmente hermosa, ante todo, la palabra amigos!», ha exclamado. «Ella nos dice que, estos hermanos nuestros, tocados por el amor de Cristo, se han hecho capaces de permanecerle fieles incluso en la hora de la prueba».
Misa Beatificaciones
«El testimonio del mártir –ha proseguido- debe entenderse precisamente a partir del de Cristo, que en la cruz oró por sus perseguidores. Su historia nos muestra cómo la palabra del Crucificado puede hacerse carne en la vida de sus discípulos».
«La santidad –ha asegurado- no es un fenómeno circunscrito a una época, a un lugar o a una condición de vida concreta: es una realidad que atraviesa la historia y que, en la historia, sigue manifestándose». Así, se ha referido a la ceremonia que presidió hace poco en Ibiza, o a la que celebrará a final de mes en Madrid, para mostrar que «la multitud de amigos del Señor sigue creciendo y haciéndose visible a través de hombres y mujeres que, en circunstancias diversas, han acogido su llamada».
Santidad, vocación común
«La santidad -ha continuado- no es privilegio de unos pocos, ni está ligada a una forma particular de consagración: es la vocación común de todos los bautizados». Como los ya nuevos beatos de la diócesis de Santander, a quienes «la persecución los alcanzó en situaciones diferentes, pero todos encontraron en la pertenencia a Cristo la razón última de su fidelidad».
Por eso, una beatificación «nos permite reconocer, en el seno de esa misma historia, la presencia activa de la gracia; nos devuelve el recuerdo de un testimonio y, al mismo tiempo, nos lo confía como responsabilidad. Los nuevos Beatos no pertenecen solo al pasado: entran en la vida de la Iglesia como amigos del Señor y como testigos que siguen indicándonos el camino de la fidelidad».
«Los nuevos Beatos -ha insistido- nos recuerdan que la santidad no es solo una meta que admirar en los demás, sino una vocación que hay que acoger personalmente», ya que su testimonio «nos interpela y nos invita a vivir, en las circunstancias de nuestra existencia, la misma fidelidad a Cristo».
Testimonio de Cristo Salvador
Tras la comunión, el obispo de la diócesis ha tomado la palabra para expresar su agradecimiento. «Jesús nos enseña a entregarnos. Nos descubre que la Eucaristía es el acto supremo de la caridad que transforma nuestro corazón para hacer de nuestra existencia un acto de amor a ti y a los hermanos».
Para monseñor Ros, «es necesario que aprendamos a ponernos amorosa y espontáneamente en las manos de Dios, en un abandono ciego en su providencia». En este sentido, ha indicado que «nuestros mártires fueron experiencia de la fuerza del amor que les empujaba a ofrecerse, pues habían plantado el árbol de la cruz en el centro de su corazón. Ellos habían aceptado compartir su cáliz y quisieron ir hasta el extremo del don de sí mismos, como Jesús».
Además, ha dado las gracias a Dios «por los beatos Francisco González de Córdoba y compañeros mártires. Ellos son testimonio de Cristo Salvador. Lo muestran con su vida. Ellos no quisieron ser héroes ni sabios ni tan siquiera llamar la atención. Ellos quisieron ser santos, es decir, apasionados de Jesucristo, desconcertados por la locura de la Cruz», porque «el verdadero conocimiento de la Cruz culmina en la voluntad de sacrificio y entrega, pues Dios es esencialmente amor y don».
Ha extendido su agradecimiento «al Papa León por habernos concedido este hermoso regalo», al cardenal Semeraro «por presidir esta solemne beatificación», a todos los concelebrantes, con una mención especial a los tres últimos obispos de Santander, y a todos los familiares y fieles que habían seguido la ceremonia.
«Pidamos a nuestros mártires -ha invitado- que intercedan por nosotros para que seamos sembradores de semillas del reino, de concordia, de reconciliación, de paz y que anunciemos con nuestra vida la alegría del Evangelio. Beato Francisco González de Córdoba y compañeros mártires, rogad por nosotros», ha concluido.
