Jesús Fernández: "En Adamuz, Dios se hizo presente en tantos corazones y manos que levantaron a los heridos"
Al obispo de Córdoba no se le borra el ambiente de "indescriptible tristeza" que vivió acompañando desde el primer momento –junto con sus sacerdotes– a las víctimas y familiares del accidente en Adamuz. En medio de la tragedia, percibió también un "fuerte impacto espiritual". Este domingo, a las 11, presidirá una misa funeral en Adamuz
"Podría decir, sin exagerar, que nunca había percibido tanto dolor concentrado en tan poco espacio". Jesús Fernández, obispo de Córdoba, ha estado estos días, juntos con otros sacerdotes y miembros de la Iglesia local, como la Cáritas parroquial, en el epicentro de la tragedia en que se convirtió la localidad de Adamuz, tras el brutal accidente de trenes del pasado día 18, que ha costado la vida a 45 personas y dejado decenas de heridos.
Desde el primer momento, la Iglesia diocesana se hizo presencia. Sosteniendo, acompañando, consolando, escuchando, llorando con la gente. En medio de aquella tristeza, que el obispo califica de "indescriptible", monseñor Fernández y sus sacerdotes se vieron también impresionados por otros sentimientos que vivieron in situ: el de la solidaridad, especialmente de los vecinos, pero también el de "un profundo sentido de fe" que palparon entre las víctimas y sus familiares, como señala en entrevista con Religión Digital.
Pregunta. Ha estado en la zona cero de esta catástrofe. ¿Cómo la recuerda?
Respuesta. Mi contacto lo establecí principalmente con los familiares de las víctimas no rescatadas ni identificadas. El ambiente era de una ansiedad, una tensión y una tristeza indescriptibles. Podría decir, sin exagerar, que nunca había percibido tanto dolor concentrado en tan poco espacio.
P. Allí se ha hecho presente desde los primeros instantes la diócesis de Córdoba a través de sus sacerdotes. ¿Cómo valora esta cercanía?
R. Efectivamente, cuando me enteré de la noticia, al regreso de una visita pastoral, llamé al párroco de la parroquia de Adamuz y me confirmó que ya estaba en marcha el plan de emergencia: la iglesia y los locales parroquiales abiertos y con calefacción, la Cáritas parroquial había abierto sus puertas para ofrecer alimento, bebida, mantas… Por otra parte, una vez trasladados los familiares a la ciudad de Córdoba, también nos hicimos presentes en el centro cívico donde estaban para ponernos a su disposición, ayudarlos, consolarlos, apoyarlos también espiritualmente. Lo mismo en el Centro Hospitalario Reina Sofía, donde se prestaron los correspondientes auxilios.
P. ¿Qué le transmiten sus sacerdotes?
R. Están muy impresionados, como todos, por la solidaridad mostrada especialmente por el pueblo de Adamuz. Además, están impresionados porque, a pesar del dolor sufrido tanto en la espera como en la confirmación de las peores noticias, la gente ha mostrado serenidad y, en muchos casos, un profundo sentido de fe. Este trágico suceso ha producido un fuerte impacto espiritual. Los que han resultado ilesos o con heridas leves se muestran agradecidos a Dios, mientras que algunos que no han corrido la misma suerte.
P. Ha ido usted a ver a los heridos al hospital. ¿Cómo los ha encontrado? ¿Qué le cuentan?
R. En el Hospital Reina Sofía he visitado especialmente a los niños. Gracias a Dios, en el accidente no falleció ningún niño, pero alguno sufrió lesiones. Los que tuve la oportunidad de visitar estaban aparentemente tranquilos, incluso con sus juguetes, ignorando que algún familiar ha fallecido. También hablé con el gerente del hospital, que destacó la gran generosidad del personal que acudió en masa e inmediatamente para abrir quirófanos y operar a los más graves. Visité también el Hospital San Juan de Dios. Allí me encontré con algún enfermo ingresado en la UCI y con sus familias que agradecieron mucho mi presencia e incluso pidieron mi bendición. Escuché también palabras cariñosas y de agradecimiento al personal del centro por su magnífica atención.
P. El mensaje del Papa para la Jornada Mundial del Enfermo de este año habla de la compasión del Samaritano y de cargar con el dolor del prójimo. ¿No es esto lo que hemos visto estos días en la actuación de los vecinos de Adamuz?
R. Completamente de acuerdo. Ante estas situaciones, brota lo mejor del ser humano y se dejan al margen las diferencias de cultura, de ideología, de adscripción política y religiosa para dedicarse con empeño a atender a los que nos necesitan. Estos sucesos nos ayudan a tomar conciencia de nuestra fragilidad y de la necesidad que tenemos de contar con redes de apoyo. Incluso ofrecen una oportunidad para demostrar que Dios sólo aparentemente está ausente, pues se hace presente en tantos corazones y manos generosas que levantan y sostienen al herido.
P. ¿Qué nos dice este ejemplo en unos tiempos donde el embrutecimiento parece que gana enteros en muchos comportamientos políticos y colectivos, donde precisamente el otro, el distinto, es convertido en objeto de odio?
R. Efectivamente, este comportamiento supone una clara denuncia de esos comportamientos agresivos y excluyentes. En este sentido, me gustaría destacar la frase que su Majestad el Rey Felipe VI le dijo a Julio, joven de dieciséis años que ha dado un gran ejemplo de arrojo y generosidad en la atención a los heridos. Su Majestad le dijo que en él veía reflejada la juventud española. Ojalá sea así porque, entonces, España tiene futuro.
P. ¿Cómo va a seguir acompañando la diócesis de Córdoba a las víctimas?
R. Además del acompañamiento personal a las personas implicadas, que son muy pocas de esta Diócesis, presidiré una misa funeral el próximo domingo a las once horas en el pueblo de Adamuz. Posteriormente, la próxima semana celebraré otra en la Catedral. Y, por supuesto, las seguimos acompañando con nuestra oración.
