Luis Argüello: "En Cuaresma, dos síes y un no"
"El Miércoles de Ceniza nos introduce en la Cuaresma. Este tiempo nos da la oportunidad de decir con nuestra vida dos síes y también poder afirmar —valga la contradicción— un no. Ánimo, amigos, renovemos la respuesta a esta llamada"
El Miércoles de Ceniza nos introduce en la Cuaresma. Nos abre a este tiempo de renovación de la vida cristiana que alcanzará su punto culminante en la Noche Santa de la Pascua, donde actualizaremos nuestro Bautismo; nuestra condición de hijos de Dios, nuestra pertenencia a la Iglesia como cuerpo de Cristo. Renovaremos esa unción del Espíritu Santo que nos encomienda la misma misión de Jesús de anunciar el Evangelio y sembrar en la historia signos del reino que en Cristo resucitado ha dado ya comienzo.
Este tiempo de Cuaresma nos da la oportunidad de decir con nuestra vida dos síes y también poder afirmar —valga la contradicción— un no. Ya desde el Miércoles de Ceniza, recordando las palabras de Jesús en el Sermón de la Montaña, la Iglesia nos propone las prácticas penitenciales de la oración, el ayuno y la limosna.
Con la oración decimos sí a Dios. El sí de la oración ha de ser especialmente cultivado en este tiempo para ponernos ante el propio Señor, experimentar su presencia, que consuela, y su amor, que es misericordia. Este sí a Dios para escuchar la Palabra que poco a poco va transformando, convirtiendo nuestra mentalidad. Decir sí a Dios para poner ante Él los diversos rostros, situaciones, momentos de nuestra existencia. Decir sí a Dios y su poder de misericordia. Por eso, este sí tiene varias expresiones: la oración silenciosa; la práctica de la oración comunitaria, que en este tiempo de Cuaresma nos va a dar la oportunidad de realizar el ejercicio del Viacrucis o tomar parte en diversos novenarios, triduos o quinarios que las diversas cofradías penitenciales organizan. Decir sí a Dios, celebrando el Sacramento del Perdón de una forma muy especial en este tiempo de Cuaresma.
Además del sí a Dios, estamos llamados a decir sí a los hermanos. El Señor y la Iglesia nos proponen en tiempo de Cuaresma, pero, como en el caso de la oración, también en toda nuestra vida cristiana, el ejercicio de la limosna. Limosna, a través de la cual compartimos nuestros bienes. Limosna por la que decimos sí a los hermanos, especialmente aquellos que están más necesitados. Hay un bien que nos constituye a todos: el tiempo. La vida es tiempo. Estamos también llamados a ejercer la limosna entregando nuestro tiempo, ofreciendo nuestra vida en la cercanía a aquellos hermanos que quizás estén más solos, aquellos con los que quizás hayamos podido tener un conflicto, una dificultad u otros a los que tengamos olvidados y por los cuales deberíamos de tener una solicitud. La Iglesia nos da la oportunidad de ejercer la limosna a través de su propia vida caritativa: los grupos de Cáritas, que en tantas de nuestras parroquias existen; la colaboración económica que, especialmente, los primeros domingos de mes realizamos, dedicando esa colecta de la Eucaristía dominical a Cáritas Diocesana. También el ejercicio de la caridad, la limosna, nos permite colaborar con otras organizaciones, como Manos Unidas o Ayuda a la Iglesia Necesitada.
Qué buena ocasión esta Cuaresma para decir sí a los hermanos, a través de este ejercicio de la limosna en la que compartimos bienes y tiempo y pensar en el paso adelante que cada año nos propone el Señor en este tiempo de Cuaresma y Pascua, quizás dar un paso en nuestro servicio, en nuestro compromiso, en los grupos eclesiales de acción social, en la pastoral de enfermos, en el cuidado a las personas mayores, en el ejercicio del voluntariado, en Cáritas, en Manos Unidas, en Ayuda a la Iglesia Necesitada o en otras organizaciones o a través del testimonio sencillo de nuestra vida con nuestros propios vecinos. La limosna, que es proclamar la justicia en nombre de Dios, pide también de nosotros el cultivo de la formación en la Doctrina Social de la Iglesia para realizar también un ejercicio de entrega de la vida en la militancia cristiana.
Para decir sí a Dios en la oración, para decir sí a los hermanos en la limosna, la Iglesia nos recuerda que el Señor en el Sermón de la Montaña nos propone decir no. Decir no a todo aquello que nos aparta de Dios, decir no a todo aquello que dificulta nuestra relación con los hermanos. El no de la Cuaresma lo llamamos ayuno, este ejercicio concreto, carnal, corporal, del ayuno y de la abstinencia en el que renunciamos a algo legítimo: comer carne los viernes o reducir nuestra alimentación, por otra parte, imprescindible para subsistir. Estar dispuestos al sacrificio del ayuno en algunos días de este tiempo de Cuaresma, precisamente para disponer el corazón al sí al Señor, al sí a los hermanos.
No cabe duda de que para poder redecir sí a Dios necesitamos ayunar o abstenernos de dedicar el tiempo a otras cosas. Necesitamos disminuir el tiempo que dedicamos a ver la televisión o a estar entretenidos con las redes sociales o a cualquier otra actividad para dedicar todos los días un tiempo especialmente a Dios. Para decir sí a los hermanos, para dedicarles tiempo, para compartir nuestros bienes estamos llamados a una renuncia, a un sacrificio, a disminuir nuestros gastos en otras cosas, no solo de lo superfluo, incluso de lo necesario para vivir, a la hora de compartir con nuestros hermanos más necesitados. Y para ofrecer tiempo hace falta renunciar a eso que llamamos tiempo libre, para que nuestra libertad quiera ofrecer el tiempo en el servicio, en la ayuda a otros.
Esta disposición del corazón a través de la abstinencia y del ayuno se hace algo muy sencillo, muy concreto que, a veces, decimos: va, no tiene importancia, ¡qué igual da que guardemos la abstinencia de la carne los viernes de Cuaresma o no! Cuidemos los pequeños detalles, demos testimonio en nuestras propias familias, en el bocadillo que preparamos para los chavales cuando van al colegio, porque es a través de estos pequeños detalles como recordamos lo esencial, lo que quieren decir como indicadores de una práctica penitencial.
Ánimo, amigos, vivamos este tiempo de Cuaresma como una oportunidad para hacer un exceso en la oración, en la limosna, en el ayuno y, así, disponer el corazón y renovar en la Noche Santa de Pascua nuestro Bautismo y, con la fuerza del Espíritu Santo, poder hacer una oración más intensa que termine diciendo: Señor, qué quieres de mí; y ofrecer nuestra vida como vocación para poder decir a los hermanos aquí estoy, para reconocerte como signo de la presencia de Jesús. El Espíritu nos da la fortaleza que, a veces, no tenemos para cortar y renunciar y abrir nuestras manos para que se levanten a Dios y abracen a los hermanos, siendo un signo de que somos la Iglesia llamada a la santidad.
Renovemos la respuesta a esta llamada, llevando hasta sus últimas consecuencias la oración, la limosna y el ayuno. Dos síes y un no para vivir la Cuaresma.
