El obispo de Almería preside en Los Gallardos una emotiva misa por las víctimas del incendio
"Él estaba en las manos de los sanitarios, porque también Él curó a los enfermos y alivió el sufrimiento de los desterrados; Él estaba en las manos de nuestros bomberos, de los militares y pilotos de los hidroaviones y helicópteros, guardias civiles y policías que se han jugado la vida luchando en primera línea, porque también Él se enfrentó cara a cara al mal para protegernos y cuidarnos."
La parroquia de San José de Los Gallardos vivió este miércoles una celebración marcada por el dolor y la esperanza. La tradicional Eucaristía en honor de la patrona del municipio se celebró este año como funeral por las trece personas fallecidas en el trágico incendio que ha golpeado a la comarca del Levante almeriense y como acción de gracias por la entrega de todos los que participaron en las labores de extinción y atención a los afectados.
La Santa Misa estuvo presidida por el obispo de Almería, D. Antonio Gómez Cantero, quien quiso acompañar a los vecinos en este momento de duelo y expresar personalmente su cercanía y gratitud a cuantos han trabajado durante la emergencia: Guardia Civil, Policías Locales, Protección Civil, servicios sanitarios, Bomberos del Levante, efectivos del INFOCA, Cruz Roja, Unidad Militar de Emergencias, La Legión y voluntarios, además de saludar a las autoridades civiles presentes.
Entre los asistentes se encontraban el subdelegado del Gobierno en Almería, José María Martín Fernández; la delegada del Gobierno de la Junta de Andalucía en Almería, Aránzazu Martín Moya; el presidente de la Diputación Provincial, así como los alcaldes de Los Gallardos y Bédar y otros representantes institucionales.
Una vez más este pueblo, el pueblo español, ha demostrado que está esperando una voz de mando, una orden que lo llame a obedecer hasta dar la vida. Cuando la catástrofe se cierne en cualquier punto de nuestra nación o del extranjero, la reacción es inmediata: ¿cuándo nos vamos? ¿qué hay que hacer? No importa quién esté sufriendo, no importa lo doloroso del momento
Durante su estancia en la comarca, el obispo ha querido hacerse cercano a las comunidades afectadas por esta tragedia. Tras esta celebración en Los Gallardos, en los próximos días visitará también las parroquias de Garrucha y Bédar para acompañar a los fieles y compartir con ellos un mensaje de consuelo y esperanza.
A continuación reproducimos íntegramente la homilía pronunciada por el párroco de Los Gallardos, D. Víctor Fernández Maldonado.
Homilía de D. Víctor Fernández Maldonado
«Lo demandó el honor y obedecieron» (Oración por los caídos)
Queridos vecinos y feligreses de Los Gallardos y pueblos vecinos, miembros del Cuerpo de Bomberos del Levante y del Infoca, de la Guardia Civil, Unidad Militar de Emergencias y La Legión, Protección Civil, Servicios sanitarios, representantes de los Gobiernos central y autonómico, Sr. Presidente de la Diputación, queridos Sr. Alcalde y concejales de Los Gallardos y municipios vecinos, queridos policías locales:
Una vez más este pueblo, el pueblo español, ha demostrado que está esperando una voz de mando, una orden que lo llame a obedecer hasta dar la vida. Cuando la catástrofe se cierne en cualquier punto de nuestra nación o del extranjero, la reacción es inmediata: ¿cuándo nos vamos? ¿qué hay que hacer? No importa quién esté sufriendo, no importa lo doloroso del momento. Hay que estar en disposición de ayudar al que sufre y atender al que va a primera línea de batalla, sea el fuego o la inundación, el accidente o el terremoto. Siempre hay un grupo de españoles dispuestos a dejarlo todo para auxiliar al prójimo. Este pueblo, aparentemente apático y dejado, ha demostrado a lo largo de su Historia que es un pueblo entregado y valiente, dispuesto a cumplir con su deber sin que nadie lo llame porque sale del corazón, de ese ADN forjado a lo largo de los siglos en el que el amor al prójimo ha sido transmitido por nuestra santa fe católica. Una vez más hemos aprendido que «la unión hace la fuerza» y cuando nuestros gobernantes han trabajado unidos por encima de ideologías hemos comprobado que nuestra nación es grande en humanidad, en fortaleza y esperanza. La orquesta ha tocado muy bien; dos notas desafinadas pretendieron destrozar el orden y el concierto, pero han sido acalladas por el resto de los músicos y la sinfonía sonó, finalmente, espléndida.
Mientras los equipos de emergencia miraban cara a cara a las llamas, muchas personas volvían su mirada, con incertidumbre, miedo y confianza, a nuestra Madre, la Virgen María. En Ella pusimos nuestra confianza, le pedimos que volviera sus ojos a esta tierra mariana, que intercediera por todos ante su divino Hijo y que extendiera su manto protector, manto que se extendió el sábado, día por excelencia de la Virgen María, en forma de nubes y humedad sobre el fuego que ayudó a reducir su virulencia. Así la fe y la ciencia se unieron, una vez más, para luchar contra el enemigo exterminador.
Se cumplió la Palabra de Dios que acabamos de oír: «Se asociarán al Señor pueblos sin número; y Él habitará en medio de nosotros». Desde el primer momento de la evangelización en el siglo I después de Cristo se establecieron pequeñas comunidades cristianas en esta comarca. Desde aquel momento se ha ido transmitiendo la fe ininterrumpidamente hasta nuestros días, y se ha demostrado en esa fortaleza que habéis manifestado al dejarlo todo, al no ceder al cansancio y poner vuestras manos y corazón al servicio de las personas desalojadas de sus hogares y de los valientes y humildes servidores públicos en su lucha contra el fuego. La fe en Cristo nos ha reunido aquí hoy, sin ganas de fiesta, pero con muchas ganas de encontrarnos con la Madre de Dios y Madre nuestra.
La Eucaristía es la conmemoración del sacrificio de Cristo en la Cruz. Por eso, en estos momentos es más necesario que nunca celebrar esta Misa. Jesucristo nos precede en el sufrimiento para aliviar el nuestro, carga con la Cruz para hacernos más llevadero el peso del dolor vivido. También pedimos a nuestro Señor que su sacrificio redentor alivie el dolor de los familiares de los que han fallecido y, por intercesión de nuestra Madre del Carmen, conceda el eterno descanso a las almas de quienes han muerto víctimas del trágico incendio.
La Misa es también la verdadera acción de gracias a Dios por su entrega para salvarnos, pero también por todas y cada una de las personas que han arriesgado su vida para salvar hogares y personas, aunque en trece trágicos casos no ha podido ser. Con gran dolor hoy rezamos por todos ellos, y os agradecemos de todo corazón el esfuerzo y la entrega incondicional, imitando a Cristo crucificado, para cumplir con vuestra labor más allá del deber.
Me preguntaban estos días atrás: «¿Dónde está Dios?». Dios ha estado evacuado con vosotros, porque también Él fue desalojado cuando tuvo que huir a Egipto siendo un recién nacido; Él estaba muriendo con nuestros vecinos, porque también Él murió antes de tiempo en la Cruz; Él estaba en las manos de los sanitarios, porque también Él curó a los enfermos y alivió el sufrimiento de los desterrados; Él estaba en las manos de nuestros bomberos, de los militares y pilotos de los hidroaviones y helicópteros, guardias civiles y policías que se han jugado la vida luchando en primera línea, porque también Él se enfrentó cara a cara al mal para protegernos y cuidarnos. Él estaba en las manos de las personas que han dejado todo para preparar comida, bebida y medicación para quienes lo necesitaron, porque también Él dio el alimento y nos ha dejado su Cuerpo como alimento para el cuerpo y el alma. Él estaba en cada uno de vosotros, porque no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que tomó la condición de esclavo y se puso a nuestro servicio.
Todo lo acontecido, todo lo vivido, desde la pandemia a este terrible fuego pasando por todas las catástrofes, debe ayudarnos a arrepentirnos de nuestros pecados, a dejar atrás rencillas y peleas familiares, vecinales y políticas para seguir caminando juntos. Los cristianos no nos quedamos en la muerte de Cristo, sino que creemos en la Resurrección. El Señor venció a la muerte y, con su ayuda y protección, venceremos también a la muerte que nos ha traído el fuego para ser verdaderos testigos de la fe y la esperanza.
Cristo responde en el Evangelio: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». Y nos dice: vosotros sois mi madre y mis hermanos, porque habéis hecho la voluntad de Dios, aunque no os hayáis dado cuenta. Dios actúa en el silencio y nos llama a estar con Él. ¡A Él sea siempre la gloria!
La Virgen lleva en su mano izquierda al Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo; y en la mano derecha, además del escapulario, el rosario o el cetro, según las advocaciones, os lleva a cada uno de vosotros. Como Madre está orgullosa de todos y os llama a descansar en sus manos.
Gracias, Madre nuestra, por poner tu morada en esta tierra; gracias por extender tu manto sobre tus hijos; gracias por llamar a las almas al Cielo; gracias por estos magníficos feligreses, vecinos y amigos; gracias porque podemos volver a casa y decir: «¡Sin novedad! ¡Misión cumplida!».